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James Cook, el Hernán Cortés de los ingleses con el que ajusta cuentas el anticolonialismo: "Han elegido al tipo equivocado"

El historiador Hampton Sides revisa en 'El ancho ancho mar' el tercer viaje del explorador que mapeó el Pacífico, visto hoy como un autoritario violento. "Temía encontrarse con un galeón español", confirma el autor

Retrato de James Cook de 1775 expuesto en el Museo Marítimo Nacional británico.
Retrato de James Cook de 1775 expuesto en el Museo Marítimo Nacional británico.
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Si fuéramos un oficial británico del siglo XIX y nos encontráramos en un club victoriano de Londres, probablemente tendríamos en la mano una copa de Oporto, de Madeira o un Brandy, y perfectamente podríamos mantener una discusión sobre quién ha sido el capitán más grande de la historia de la Marina Real Británica: Nelson, Drake o Cook.

Los partidarios de Nelson sacarían a la luz la batalla de Trafalgar, cómo no. Los de Drake subrayarían su victoria sobre la Armada Invencible. Y los de Cook rescatarían al explorador ilustrado que ha dejado su nombre grabado en los libros de Historia Universal, Geografía, Cartografía, Astronomía, Navegación y Antropología. Sin embargo, en el siglo XXI, Cook perdería por goleada ante Drake y Nelson, tras convertirse en la versión inglesa de Hernán Cortes como símbolo de los horrores del colonialismo.

Cook también es el favorito del historiador estadounidense Hampton Sides, al que dedica su último libro, El ancho ancho mar (Capitán Swing) en el que detalla su tercer y fatídico viaje, en el que acabó asesinado tras tratar de secuestrar personalmente al rey de Hawái. «No lo glorifico, ni lo demonizo, ni lo defiendo. Simplemente he intentado describir lo que ocurrió», explica.

Para cuando arranca el libro, Cook ya había dado dos vueltas al mundo y era una celebridad surgida de la nada o, lo que es lo mismo, de una familia de campesinos de Middlesbrough. A ojos del siglo XVII, también un anciano de 48 años.

Para saber más

En su primer viaje (1768-1771), la Royal Society lo contrató para viajar al Pacífico y documentar el tránsito de Venus sobre el Sol, para así calcular las distancias de todos planetas conocidos. También tenía que buscar señales de Terra Australis. La Royal Society ignoraba su existencia, pero creían que con la ayuda de mapas españoles sustraídos durante la ocupación de Manila y los consejos de un tahitiano podían encontrarla. Cook la encontró y se convirtió en el segundo europeo en llegar hasta Nueva Zelanda.

Es por entonces cuando nace la leyenda urbana de su contacto con la tribu Guugu Yimithirr, a los que preguntó por el nombre de un animal, y estos le respondieron kangaroo, que presuntamente se traducía por «No entiendo».

Preguntamos a Hampton Sides.

¿Es eso cierto?
No tenía ni idea. Pero una de las cosas geniales de Cook es que siempre intentaba usar la palabra indígena, y que a veces se equivocaba. En la Columbia Británica hay una isla que se llama Nootka Sound. Cook pensó que los nativos le decían que el nombre era Nutka, nutka, pero en realidad le decían, «Rodéala, rodéala». En sus viajes conseguimos algunas de las primeras descripciones de muchísimas cosas: el surf, el baile hula, la haka, los tatuajes... y muchas palabras, como tabú, que viene del polinesio tapu, que significa sagrado o prohibido. Al principio se trataba de conquistar y explotar, pero luego llegó el momento de aprender, documentar y medir. Fue durante un periodo muy corto, quizá de unos 100 años. España también tuvo exploradores así, seguro que de los 10 más grandes la mitad son españoles. Sin duda, Cook pertenece a ese panteón.

En su segundo viaje (1772-1775), Cook se convirtió en uno de los primeros hombres en cruzar el Círculo Polar Antártico. Se aseguró de que su tripulación tuviera cítricos, vegetales y brotes de semillas en su dieta para controlar el escorbuto, una enfermedad bastante común en este tipo de viajes, causada por la falta de vitamina C, lo que revolucionó para siempre la Medicina Naval.

En julio de 1976, cuando apenas llevaba seis meses en casa, se embarcó en su tercer y último viaje para encontrar el esquivo Paso del Noroeste. Otra vez. Y como tantos otros. Una expedición de 180 hombres repartidos en dos barcos de madera, el HMS Resolution, al mando del propio Cook, y el HMS Discovery.

Cook viajó a Tenerife, Sudáfrica, Sudamérica, Australia, Nueva Zelanda, Polinesia, Hawái, Alaska y más allá, para finalmente regresar a Hawái. Una travesía de tormentas oceánicas, nieblas tan densas que impedían ver la popa desde la proa, semanas con el barco atrapado en el hielo y plagas. Cuando Cook llegó a Moorea, a 19 kilómetros de Tahití, construyó un puente colgante con cuerdas para atraer a tierra firme a las ratas que invadían su barco, introduciendo la especie en la isla.

Hampton Sides hace notar que entonces Cook ya está mayor, cansado y ha perdido la paciencia. La figura emblemática de la Ilustración, que transportaba naturalistas por todo el mundo y entabló amistad con los nativos, se convierte de pronto en un autoritario violento. Tras una serie de pequeños hurtos por parte de nativos de Tonga, ordenó azotarles siguiendo las normas de la Marina, pero improvisó que a algunos les cortaran las orejas. Por el robo de una cabra, a un vecino de Moorea (Polinesia) le quemó su aldea, sus tierras de cultivo y sus canoas.

Sides insinúa que la «fuerza siniestra que atormentaba su psique y su alma» también era la creciente convicción de Cook de que barcos españoles exploraban sus mismos territorios.

Vamos, que la culpa de la crueldad inglesa también era de los españoles...
El colonialismo fue un juego brutal en el que participaron todas las potencias europeas. Durante todo el viaje Cook temía encontrarse un galeón español. No iba muy bien armado. No podía defenderse contra un galeón. Los españoles eran una preocupación genuina. Había competencia. Fue una partida de ajedrez no sólo para reclamar islas, sino también para influir en ellas. El rey Jorge mandaba llevar animales para mostrar a los tahitianos lo buenos que eran los ingleses. España había hecho algo parecido. Les habían dejado un toro y una vaca. Cada país competía por los corazones, las mentes y las almas de estos habitantes para decir: «Mirad, somos mejores que los ingleses, o que los franceses, o que los españoles». Es una locura pensar cómo hacían esto mientras iban de isla en isla.

Un racismo sutil ha hecho que el Imperio Británico no goce de mucha popularidad en el panorama político actual. Su gloria ha quedado eclipsada por la cultura de la corrección política y social. Los ojos del siglo XXI tratan de ponerse en la piel de una Europa que descubría nuevos e insondables mundos, con diferencias culturales abismales y fenómenos naturales que les resultaban aterradores y misteriosos.

Se parte de la premisa de que los británicos fueron opresores; los pueblos originarios, oprimidos, y sus pecados, imperdonables: hambruna, enfermedades, limpieza étnica, desplazamiento de población, trata de esclavos, trabajos forzados, destrucción cultural, creación arbitraria de fronteras, explotación de recursos sin compensación o acuerdos comerciales injustos. A cambio construyeron ferrocarriles, puertos, puentes y sistemas de comunicación. Les legaron la democracia, principios jurídicos, educación e instituciones financieras. El inglés se convirtió en la lengua global. Modernizaron prácticas comerciales y sentaron las bases del mundo moderno, en el que muchos siguen bajo el paraguas de la Commonwealth.

A ojos del revisionismo, ¿Occidente debería haber visitado los sitios, saludar y largarse?
Esta es una gran pregunta, una pregunta moral, supongo. En las universidades de todo el mundo, especialmente aquí en EEUU, estamos reevaluando moralmente el colonialismo de forma drástica, llamándolo malvado o abominación, y hay un ajuste de cuentas. ¿Deberían haber hecho eso? Pero también puedes preguntar: ¿era inevitable? En el ADN de los seres humanos está profundamente incrustada la exploración, la curiosidad, el querer saber qué hay al otro lado de la cordillera, más allá del horizonte en el océano. No creo que hubiera forma de detenerlo. Todo lo bueno y lo malo de nosotros está incrustado en esa curiosidad. La modernidad, de una forma u otra, iba a llegar. Aunque también me gusta pensar en un escenario alternativo. ¿Y si una sociedad náutica muy avanzada como la polinesia hubiera llegado primero a España, a Inglaterra, a Francia? ¿Y si nos hubieran descubierto ellos? ¿Habría cambiado la Historia? Yo no lo sé.

Cuando Cook llegó a la bahía de Kealakekua en enero de 1778, 10.000 hawaianos salieron a recibirlo. Pero cuando volvió en 1779 la recepción fue hostil. Algunos hawaianos robaron un bote pequeño perteneciente a Cook. Los robos eran comunes en Tahití y otras islas, y se tomaban rehenes hasta que las cosas reaparecían. Pero Cook planeó tomar de rehén al mismísimo rey de Hawái: Kalaniopu'u. Una medida desproporcionada que ocasionó un altercado en el que Cook acabó apuñalado y golpeado hasta la muerte. Tenía 50 años.

¿Podría haber hecho algo que cambiara su suerte?
Lo sorprendente es que no hubiera ocurrido antes. Vivió tantas situaciones, y en tantas islas, que cualquiera podría haber acabado mal. Había tentado demasiado a la suerte. Llegar a una isla desconocida, a menudo desarmado, intentando convencer a la gente de que vienes en son de paz. Esa es una parte. En Hawái podría haber enviado a sus oficiales a tierra para intentar negociar de manera diplomática la devolución del bote. Siempre había demostrado muy buena capacidad de negociación. Tenía habilidades diplomáticas que, ese día, simplemente, perdió. Se fue a tierra e intentó secuestrar personalmente al rey de Hawái. Eso es una locura. El rey era un dios. Tenía un ejército entero. No se dio cuenta de lo que estaba haciendo. La gente que lo conocía del primer y segundo viaje lo veía diferente. Biógrafos e historiadores culpan a parásitos intestinales que, lentamente, habían empezado a privarlo de minerales y vitaminas esenciales. Y eso pudo causar sus comportamientos erráticos.

Entre 2018 y 2021 se celebró el 250 aniversario de su primer viaje. Varios países, entre ellos Australia y Nueva Zelanda, organizaron actos oficiales que dieron lugar a un amplio debate público sobre su legado. Sus monumentos fueron vandalizados, derribados o tirados al mar, como una estatua en Victoria (Columbia Británica, Canadá).

¿El final de este debate es que las tribus y los indios retomen el control de Australia, Nueva Zelanda, Canadá y EEUU?
Cook se ha convertido injustamente en un símbolo del colonialismo. Han elegido al tipo equivocado, porque Cook fue, ante todo, un explorador. Puedes argumentar que la exploración es siempre la primera fase del colonialismo. Cook era muy sofisticado y no lo oyes hablar sobre cuán superiores somos nosotros. No usa la palabra salvaje ni bárbaro. No trata de convertirlos al cristianismo. Y eso es increíble para su época, porque la mayoría de estos capitanes -y esto es cierto para ingleses, franceses, españoles, portugueses: todos- estaban allí para jugar a este juego geopolítico de ganar territorios, de reclamarlos para la Corona y de ganar gloria. Él hizo de eso también, pero no mucho.

Cook da nombre a islas, montañas, estrechos, golfos, cabos, bahías, playas, puntas, accidentes costeros, ciudades, pueblos, distritos, universidades, edificios, museos, barcos... Hasta un cráter lunar y una rosa llevan su nombre. El revisionismo, lo tiene crudo para un borrado.

«Hay otras personas que deberían llevarse la culpa, y cuyas estatuas deberían estar cayendo: militares, balleneros, cazadores de focas o misioneros que llegaban y decían: 'Esto es pecado, esto está mal, tenéis que adorar a nuestro Dios'. Y reiniciaron estas sociedades de arriba abajo. Eso es el colonialismo, y Cook no estaba allí para colonizar», sostiene Hampton Sides. «Cuando sus diarios llegan a Inglaterra los publicaron íntegros. Son unos volúmenes enormes con grabados e ilustraciones preciosas. Y eso también fue extraordinario, porque la mayoría de potencias europeas no querían que esa información estuviera circulando por ahí para la competencia. Sus mapas eran extremadamente precisos, extremadamente hermosos y extremadamente influyentes, porque al fin ubicaba estos lugares en los mapas. Eso era lo que le emocionaba: hacer mapas, describir animales y plantas que nunca habían sido vistas por europeos, comprender la forma y el contorno de continentes e islas. Es un antropólogo describiendo lo que la gente viste, come, cómo adora a sus dioses, de qué están hechas sus canoas, cómo son sus casas. Parece tener curiosidad genuina e incluso simpatía por la gente que se encuentra. Simplemente quería saber cómo es la Tierra».