HISTORIAS
EL MUNDO en 2026

Donald Trump y el Choque de Civilizaciones en el siglo XXI: "Su visión del mundo se basa en la raza, el cristianismo y el nacionalismo"

El nuevo orden mundial pasa ineludiblemente por la cosmovisión trumpista. Civilización, poder, victoria, decadencia y hasta el Imperio Romano conforman sus bases

Donald Trump y el Choque de Civilizaciones en el siglo XXI: "Su visión del mundo se basa en la raza, el cristianismo y el nacionalismo"
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l 4 de mayo de 1898, el primer ministro británico, Lord Salisbury, pronunció un discurso memorable en el Royal Albert Hall de Londres, lleno hasta la bandera de simpatizantes de la Primrose League, una de las principales organizaciones conservadoras. Haciéndose eco de las primeras noticias de la guerra en Cuba entre el naciente imperio estadounidense y España, Lord Salisbury atribuyó la crisis finisecular en las relaciones internacionales a un cambio casi biológico. Los estados claramente débiles, explicó, estaban apagándose, mientras que los fuertes se estaban volviendo mucho más poderosos. En las palabras lapidarias que pasarían a la historia: «Las naciones de la Tierra pueden dividirse en dos clases: las que viven y las que mueren».

Un periódico recogió el espíritu de su intervención: «Las semillas del conflicto, declaró, son inseparables de una nación en decadencia. La contienda es inevitable en comunidades donde tanto el gobierno como la población están en declive. Tampoco las naciones fuertes pueden permanecer al margen de estos conflictos cuando la lucha se acerca a sus fronteras. A medida que la decadencia avanza y los disturbios civiles entre las naciones en declive aumentan, las potencias vivas y en crecimiento deben asumir necesariamente una mayor responsabilidad en el gobierno del mundo».

Las palabras y cosmovisión del político decimonónico están de sorprendente actualidad con las riendas de Estados Unidos en manos de Donald Trump, un presidente nacionalista, con pocos e inexactos conocimientos históricos, profundas filias y fobias y, sobre todo, una visión de suma cero de la política exterior, una que hereda algunos elementos de otro legendario británico, Lord Palmerstone, quien unas décadas antes había resumido así su filosofía: «Afirmo que es una política miope suponer que este o aquel país deba ser considerado el aliado eterno o el enemigo perpetuo de Inglaterra. No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y permanentes, y es nuestro deber velar por esos intereses».

Donald Trump ha revolucionado tanto el planeta que politólogos, economistas, sociólogos e historiadores buscan desesperadamente el mejor concepto para resumir el caos generado y dar sentido a la nueva realidad. Los expertos en relaciones internacionales desempolvan los principios del orden westfaliano, en referencia al acuerdo de 1648 que acabó con la Guerra de los 30 años y sentó las bases de la gobernanza europea en los siglos siguientes partiendo de la soberanía nacional y los equilibrios estatales. Se habla de una Internacional Iliberal, de la eclosión de los Insurgentes, del fin del Siglo XX o de Bretton Woods. De la muerte del orden internacional basado en reglas, de un neomonarquismo, de una Pax Geriátrica. O, simplemente, de Zeitenwende, un punto de inflexión histórico, cuando un mundo se desintegra y otro todavía no acaba de formarse.

Todas las etiquetas mencionadas parecen pertinentes, pero hay otras menos habituales que se ajustan a este nuevo orden cargado de historia, geopolítica, religión, ideología, demografía y disputas morales: el Choque de Civilizaciones o el nacionalismo civilizatorio. Lo hace en un sentido diferente y más amplio que el evocado a mediados de los 90 por Samuel P. Huntington, y que se redujo, a menudo, a un enfrentamiento entre Occidente y el Islam. En realidad, Huntington siempre partió de la idea de que «toda civilización se ve a sí misma como el centro del mundo y escribe su historia como el drama central de la historia humana» y predijo que los estados se reorganizarían en bloques civilizacionales. Y nadie se ve más en el centro del universo que el presidente de Estados Unidos ni tiene más ganas de sacudir los bloques del pasado.

La cosmovisión trumpista tiene todo que ver con las ideas de poder, de victoria, de civilización y de decadencia. A principios de diciembre, la Casa Blanca publicó su Estrategia de Seguridad Nacional 2025, un documento demoledor que Europa recibió como una puñalada en la espalda. No había casi nada en sus páginas que el presidente estadounidense, su familia, sus socios o gurús no hubieran dicho antes [en abril, el Departamento de Estado había publicado un texto sobre «la necesidad de aliados civilizacionales en Europa»], pero reflejaba institucionalmente un giro por el que el Viejo Continente no es ya para Washington el aliado permanente e indispensable que una vez fue, sino un rival no sólo económico, regulatorio y comercial, sino también, y más importante, desde el punto de vista filosófico.

El documento contiene un profundo desprecio, mucha condescendencia y sonoras advertencias. «Si las tendencias actuales continúan, el continente será irreconocible en 20 años o menos. Por lo tanto, no es nada evidente si ciertos países europeos tendrán economías y ejércitos lo suficientemente fuertes como para seguir siendo aliados fiables», se lee. «Es más que posible que, como máximo en unas décadas, algunos miembros de la OTAN pasen a tener una mayoría no europea. Por lo tanto, es incierto si percibirán su lugar en el mundo, o su alianza con Estados Unidos, de la misma manera que quienes firmaron la Carta de la OTAN».

La Estrategia de Seguridad estadounidense es «un modelo para un orden internacional antiliberal», en palabras de Tom Wright, de la Brookings Institution. «Ve a China casi exclusivamente a través de una lente económica, guarda silencio sobre la amenaza rusa y dedica la mayor parte de su energía a perseguir a los aliados europeos».

Y no es casualidad. Mucho se ha escrito sobre el texto, sus motivaciones y sus consecuencias. Lo más interesante, sin embargo, es cómo mezcla esa visión neodarwinista y biológica sobre el ciclo de las naciones, el cambio de prioridades de EEUU (que parece haber dejado de ver a Rusia como el rival o enemigo principal y que, incluso, parece prestar mucha menos atención de la habitual a Pekín) y especialmente el factor civilizatorio.

Éste es el verdadero eje sobre el que pivotan la presidencia de Donald Trump y las políticas de la Casa Blanca. Para ellos, el «declive económico» europeo se ve «eclipsado por la perspectiva real y más cruda de un borrado civilizatorio». «Los problemas más importantes a los que se enfrenta Europa incluyen las actividades de la UE y otros organismos transnacionales que socavan la libertad y la soberanía políticas, las políticas migratorias que están transformando el continente y creando conflictos, la censura de la libertad de expresióny la supresión de la oposición política, la caída en picado de las tasas de natalidad y la pérdida de identidades nacionales y de confianza en sí mismas», recalca el documento.

Siete meses antes, el equipo del secretario de Estado, Marco Rubio, acusaba abiertamente en su blog a los gobiernos europeos de traicionar a Occidente al abrazar el multiculturalismo y el secularismo, y lamentaba cómo las instituciones europeas, el derecho internacional y una gobernanza pluralista se habían convertido en armas de una campaña «contra la propia civilización». Europa y no el resto del mundo, quedaba entonces ya muy claro, era la principal amenaza para la supervivencia de Occidente.

"La visión de la administración Trump sobre la civilización occidental se basa en la raza, el cristianismo y el nacionalismo"

Gideon Rachman

En la misma línea, Gideon Rachman, analista de referencia en materia internacional del Financial Times, apuntaba recientemente que lo que la Estrategia de Seguridad Nacional deja claro que se está librando una batalla entre dos visiones diferentes, no sólo de las Relaciones Internacionales, de la libertad, de la democracia o del poder, sino de Occidente. «La visión de la administración Trump sobre la civilización occidental se basa en la raza, el cristianismo y el nacionalismo. La versión europea es una visión liberal fundamentada en la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, incluido el derecho internacional».

Uno de los autores intelectuales del documento y de lo que hay detrás es Michael Anton, hasta hace poco director de Planificación de Políticas en el Departamento de Estado. La mayor notoriedad de Anton hasta ahora provenía de un artículo que escribió en 2016 titulado La elección del vuelo 93, en el que sostenía que impedir la elección de Hillary Clinton era una cuestión de supervivencia nacional para Estados Unidos, que necesitaba elegir a Trump para evitar «la importación incesante de extranjeros del tercer mundo». En 2016, argumentó que la tolerancia hacia la inmigración masiva era la señal de «una civilización que quiere morir». «¿Les suena familiar?», recuerda Rachman.

«Para mí, ese es el trasfondo profundo de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump. No le interesa revivir la Guerra Fría para defender y expandir las fronteras de la democracia. En mi opinión, le interesa librar una guerra de civilizaciones sobre qué constituye el hogar estadounidense y qué el hogar europeo, con énfasis en la raza y la fe judeocristiana, y quién es un aliado en esa guerra y quién no», suscribía días después Thomas L. Friedman, uno de los más célebres columnistas de The New York Times.

El Choque de Civilizaciones del siglo XXI va, sin embargo, más allá. Hay una dimensión interna sobre Occidente y su futuro que es la que impulsa a Trump y su equipo a apoyar a todos los líderes iliberales, euroescépticos, patriotas y partidarios o de destruir la UE o de desmontarla casi a mínimos dando todo el protagonismo a los gobiernos nacionales como antaño. «Históricamente, en la mentalidad estadounidense, Europa se presentaba al otro lado del océano como un lugar de homogeneidad atemporal, donde la población blanca nativa siempre había estado y siempre permanecería», apunta el economista Noah Smith. Sin embargo, «en la década de 2010, los estadounidenses se dieron cuenta de que esta imagen idealizada de Europa ya no se correspondía con la realidad. Con una población activa en declive, los países europeos acogieron a millones de refugiados musulmanes y otros inmigrantes de Oriente Medio y Asia Central y Meridional, muchos de los cuales no se integraron tan bien como sus pares en EEUU. Se oían comentarios como 'París ya no es París'». Así se explica por qué a Trump y al universo MAGA les resultan simpáticos Putin y Rusia mientras recelan de la UE, de Europa o de la OTAN.

Pero hay una segunda derivada importantísima que en España apenas se percibe. El politólogo estadounidense Michael Kimmage, director del Kennan Institute, ha explicado cómo el tablero global es ahora, de nuevo, un pulso entre los líderes más poderosos y autoritarios del mundo. Y cómo el concepto de civilización está en el centro del discurso de todos ellos. En la Convención Nacional Republicana de 2020, Trump fue presentado entre aplausos como «el guardaespaldas de la civilización occidental». Vladimir Putin es un defensor a ultranza de la idea de que la civilización rusa es autónoma y única, un «estado-civilización». La semana pasada, en una intervención ante las cámaras, fue muy contundente: «Inmediatamente después del colapso de la Unión Soviética, nos pareció que muy pronto nos convertiríamos en miembros de la llamada familia civilizada de naciones europeas, del mundo occidental civilizado en general. Hoy, sin embargo, resulta que allí no hay civilización alguna, solo degradación absoluta».

El primer ministro indio, Narendra Modi, en la Cumbre de la Democracia de 2024, describió la democracia como «el alma de la civilización india». Xi Jinping, en un Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino este año, calificó a la civilización china como «la única gran civilización continua que aún existe en forma de Estado». E incluso Recep Tayyip Erdoan, abogando por un neoottomanismo, ha afirmado que la turca «es una civilización de conquista».

Cambio de las placas con el nombre del Departamento de Guerra, recuperado por el gobierno Trump, que sustituye al de Defensa.
Cambio de las placas con el nombre del Departamento de Guerra, recuperado por el gobierno Trump, que sustituye al de Defensa.AIKO BONGOLADoW PHOTO

«Políticos de todo el mundo han adoptado lo que Blake Stewart ha llamado 'una ontología de bloques civilizacionales'. Es tentador asumir que este tipo de civilizacionalismo es una consecuencia del iliberalismo o del populismo y, por lo tanto, se limita a la extrema derecha occidental y a figuras como Modi, Putin y Erdogan. Pero centristas liberales y antipopulistas como Macron también han utilizado el lenguaje civilizacional a su manera», matizan los profesores Hans Kundnani y Srirupa Roy. «A pesar de todas las diferencias entre ellos, todos los casos de civilizacionalismo en todo el mundo surgen en un contexto en el que la distinción entre autoritarismo y democracia es cada vez más difusa. Tanto dentro como fuera de Occidente, las democracias muestran tendencias autoritarias y dan lugar a regímenes híbridos. Por el contrario, incluso estados autoritarios como China sienten la necesidad de recurrir a la retórica democrática para legitimarse. Por ello, el concepto de civilización resulta tan útil para las élites políticas como fuente de legitimidad».

Los expertos lo llaman «nacionalismo civilizacional», una forma de nacionalismo cultural que invoca y evoca una imaginaria edad de oro imperial caracterizada por pureza religiosa y racial. En el último lustro, muchos especialistas han empezado a concluir que, a diferencia de lo que pensaban en los años 90, la idea de civilización no es sólo una alternativa al nacionalismo, sino que se ha convertido «en un recurso que los nacionalistas utilizan para legitimar el autoritarismo, las fronteras territoriales y para crear endogrupos y exogrupos internos». «Sobre todo, la civilización se fusiona con el nacionalismo, y el nacionalismo civilizacional resultante es una herramienta utilizada por los regímenes para desafiar lo que, según ellos, son las normas y leyes liberales impuestas por Occidente que garantizan la supremacía occidental en los asuntos globales. (...) Es fácil encontrar nacionalismo civilizacional en el discurso y las políticas de algunas de las naciones más grandes, poderosas y pobladas del mundo, como China e India, entre populistas de derecha y liberales desfavorecidos en Estados Unidos y Europa, y en Turquía. Este discurso supone un serio desafío a la democracia liberal y a las normas y leyes liberales que han ayudado a definir la política internacional y las relaciones entre los Estados desde el fin de la Guerra Fría», apunta Nicholas Morieson, fellow del Alfred Deakin Institute for Citizenship and Globalisation de la Universidad de Deakin.

«En cierto modo, estos líderes y sus visiones evocan el choque de civilizaciones que Huntington, a principios de la década de 1990, imaginó que impulsaría el conflicto global tras la Guerra Fría. Pero lo hacen de una manera a menudo perfor-mativa y flexible, en lugar de categórica y excesivamente entusiasta. Es el choque de civilizaciones light: una serie de gestos y un estilo de liderazgo que pueden reconfigurar la competencia (y la cooperación) por intereses económicos y geopolíticos como una contienda entre estados-civilización en cruzada», coincide Kimmage. «Occidente conquistó el mundo no por la superioridad de sus ideas, valores o religión (...), sino por su superioridad en el uso de la violencia organizada. Los occidentales a menudo olvidan este hecho; los no occidentales, nunca», avisó Huntington.

Para Washington, ahora mismo, el choque es esencialmente cultural aunque se disfrace de gasto militar, aranceles y tenga inevitablemente enormes consecuencias diplomáticas y estratégicas: «Replantea a los aliados como adversarios, reemplaza la cooperación con la condicionalidad y redefine la diplomacia basada en valores como refuerzo cultural. (...) Es evidente que Trump ve a las democracias liberales europeas no como socios, sino como adversarios en un conflicto de civilizaciones», avisaba en agosto Chris Hermann, del European Council of Foreign Relations, en un ensayo sobre cómo el ataque de Trump a la democracia europea se articulaba en torno a «dos ejes que se refuerzan mutuamente, pero son distintos»: «El primero es la apropiación por parte de su administración de la Antigüedad Clásica, en particular, del Imperio Romano, para redefinir Occidente como una civilización basada en el poder, la disciplina y la jerarquía. Desde la publicación de memes de gladiadores hasta los discursos que ensalzan las virtudes masculinas, el mensaje es contundente: la modernidad ha terminado. Es hora de volver a la antigüedad. Estas referencias no son ornamentales; los atributos fundamentales del Imperio Romano (autoridad centralizada, masculinidad militarizada, homogeneidad cultural) constituyen la columna vertebral ideológica de la visión trumpista».

"Plantea una guerra entre el 'hogar' estadounidense y el 'hogar' europeo y establece aliados para cada bando"

Thomas L. Friedman

El segundo eje, sigue Hermann, es la redefinición de Occidente en términos explícitamente espirituales, con una ideología basada en los valores judeocristianos. «En esta visión, la administración Trump presenta a Estados Unidos no como una república liberal, sino como una nación de alianza que defiende un orden moral divinamente ordenado. Occidente ya no es un proyecto político compartido basado en los ideales de la Ilustración, sino una construcción teológica arraigada en la autoridad judeocristiana», concluye.

Las dos visiones son irreconciliables e incompatibles. Mientras que el liberalismo europeo enfatiza el multiculturalismo y la separación de la Iglesia y el Estado, el trumpismo se centra en los absolutos morales, la religión y la «pureza civilizatoria». Trump lo expresó así en un discurso en Polonia en 2017: «La pregunta fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir. ¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier precio? ¿Tenemos el respeto suficiente por nuestros ciudadanos para proteger nuestras fronteras? ¿Tenemos el deseo y el coraje de preservar nuestra civilización frente a quienes la subvertirían y destruirían?».

La gran característica del trumpismo no es quizás su carácter revolucionario, caótico, transformador, avasallador, sino que, además de cambiar EEUU y aspirar a deconstruir su sociedad, inevitablemente altera todo lo demás y a todos los demás. El ejemplo más evidente, e irónico, lo tenemos en casa: de golpe, los partidos y movimientos de la derecha radical, dura, euroescéptica, eurófoba y sin duda nacionalista han pasado criticar y atacar a la UE por suponer una amenaza existencial a su cosmovisión y considerarla antidemocrática a lanzarse a seguir al trumpismo en un movimiento transnacional que abraza y promueve ese nacionalismo civilizatorio. Y como reacción, los partidos de siempre, los proeuropeos a los que antes despreciaban calificándolos como globalistas, se empiezan a perfilar como los nuevos soberanistas, los que defienden la dignidad nacional y europea frente a la amenaza exterior. Los históricos atlantistas, de Dinamarca a Alemania, pasando por Reino Unido, se vuelven los más activos. El resultado de esa pugna caótica determinará el destino de Occidente en la próxima década, pero en 2026 se librará la próxima gran batalla.