¿Qué fue de los bultos? ¿De las fachadas imposibles de describir, de los edificios con forma de patata, de oruga, de nube, de ballena, de rizoma...? ¿De las geometrías informales, de los pliegues infinitos y de la blolitechture, o sea, la arquitectura moho? Hace 25 años, las ciudades de Europa se llenaron de objetos así: el Kunsthaus de Graz; el estadio del Bayern de Múnich, el Selfridges de Birmingham, las Setas de Sevilla y, por supuesto, el Guggenheim de Bilbao. Y después, desaparecieron o, al menos, desaparecieron en Europa. El mes pasado se murió Frank O. Gehry y el mundo se dio cuenta de que sus grandes y bulbosos proyectos son obras extremadamente populares, que sus museos y auditorios han sido habitados con inmensa alegría por públicos amplísimos, interesados o no en la arquitectura contemporánea... Pero que, a la vez, ya parecen piezas de otro tiempo, inconcebibles en 2025.
«En Asia se sigue construyendo mucho bulto», dice Ángel Martínez, comisario de la Bienal de Arquitectura Española de 2023 y profesor de Proyectos de la Universidad de Sevilla. «Y a los alumnos les sigue encantando. Los alumnos aprenden a manejar programas como Rhino, descubren que son capaces de generar formas complejas y se fascinan». Su colega María Hurtado de Mendoza, profesora en el Instituto Tecnológico de Nueva Jersey, cuenta algo parecido. «Los alumnos se encuentran un juguete que les da posibilidades infinitas, pero en clase hay que recordarles que tienen que aprender a caminar antes que a correr. Una cosa es generar formas y otra es que esas formas se puedan construir y habitar».
«En el fondo, la arquitectura va de una pulsión de orden, de ceñirse a arquitecturas controlables y de hacer lo máximo con lo mínimo. Ese es el pensamiento de la inmensa mayoría de los arquitectos», añade Enrique Encabo, arquitecto, crítico y profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. «La posibilidad de salirse de esa lógica siempre ha existido pero ocurrió que, en un momento muy concreto, fue posible por el desarrollo de la tecnología y se hizo muy tentador. Luego, descubrimos que hubo consecuencias indeseadas».
«Yo era estudiante cuando se construía el Guggenheim de Bilbao», continúa Hurtado de Mendoza. «Y me acuerdo que la actitud general era de escepticismo, casi le diría que todo el mundo deseaba en secreto que el Guggenheim fuera un fracaso. Pero luego le pasaba a todo el mundo lo mismo: los profesores conseguían una visita a las obras y volvían deslumbrados. A los pocos años, mi socio [César Jiménez de Tejada] hizo su máster en Columbia en esa época y volvió contando que todo el trabajo había sido computación, computación y computación. De repente había una tecnología nueva y todos pensábamos: ¿por qué no?».
Hubo un libro que se convirtió en el sustento intelectual y en el gran banco de imágenes de esa época: Informal, de Cecil Balmond (2003). La crítica de la revista Arquitectura Viva de aquel libro lo explicaba así: «Balmond tiene unas ideas muy personales sobre el papel de la ingeniería en este nuevo siglo. Frente al tradicional reparto de funciones (arquitecto idealista e ingeniero realista), Balmond propone dejar a un lado la mentalidad racional y lineal de sus colegas, y aplicar a los proyectos un nuevo paradigma que ha bautizado como informal. Este paradigma tiene tres características principales: lo local, lo híbrido y la yuxtaposición. Además, incluye tanto la geometría euclidiana como la post-einsteiniana, y provoca la ambigüedad. Para Balmond, 'esto significa interpretación y experimento como circunstancias naturales'».
Suena un poco difícil todo, ¿no? ¿Qué sabe la gente, incluidos los profesionales, de la geometría euclidiana y de la post-einsteiniana?
El primer problema que dio la arquitecta informal fue construir. «Podíamos diseñar 50 vigas que fueran diferentes entre ellas, podíamos codificarlas con relativa facilidad. Dibujar no es gratis, tiene un coste, pero hacer las 50 vigas diferentes no tenía tanto impacto en el presupuesto de las obras. Si se hacían por fascinación... El kilo de hierro costaba lo mismo, de modo que ese no era el problema», continúa Hurtado de Mendoza. «El problema estaba en la obra, porque hacía falta juntar muchos conocimientos. Era posible, hay ejemplos de arquitectura informal muy bien construida. Estoy pensando en el Palacio de Congresos de Plasencia, de SelgasCano, por poner un ejemplo en España. Pero el esfuerzo por racionalizar lo que aparenta ser caprichoso. Ahora estoy pensando en el Guggenheim. En lo que parece aleatorio hay un rigor geométrico tremendo».
«En el fondo, hay algo que va contra la razón constructiva», continúa Ángel Martínez. «Las grúas, los forjados, los pilares, todo funciona en horizontal y vertical. ¿Es posible desafiar esa razón? Sí, como elemento expresivo es una posibilidad interesante. A mí no me parece justo ese uso de la palabra formalista como un reproche... Pero hay que ser consciente de los problemas que va a plantearnos. ¿Quieres hacer una envolvente irregular para un edificio? Muy bien, pero cómo vas a resolver el encuentro de esa piel irregular con un suelo horizontal de manera que no sea una chapuza? No es fácil».
"Todo el mundo deseaba en secreto que el Guggenheim fuera un fracaso. Pero luego todos volvían deslumbrados"
Martínez nombra los otros dos problemas de las arquitecturas informales. Uno: que son sospechosas de ineficiencia energética y, por tanto, suenan a culpables del peor pecado que se puede atribuir a un edificio en 2025. Y dos: que cuando en un proyecto es antes la forma que la planta, va a ser muy difícil que el edificio funcione bien de puertas para adentro, que se habite con comodidad y que envejezca bien. «En los últimos años, la arquitectura que vemos recoge una pulsión de orden extrema», continúa Enrique Encabo. «Todas las imágenes que vemos son de edificios tremendamente modulares, hechos con la máxima rigidez posible, cuanta más rigidez mejor. Vemos habitaciones en enfilada [viviendas más o menos iguales a las que se accede desde un pasillo lineal], que es algo que parecía olvidado pero que funciona bien ante las necesidades de nuestro mundo».
También hay paradojas sobre el género de orden cultural, más que práctico. «Cuando apareció esta arquitectura el mundo la puso en la estela del informalismo y de la deconstrucción, junto a otras líneas de investigación que renovaban la arquitectura. El interés por lo matérico, por ejemplo. Todo eso estuvo en mi formación en los años 90», cuenta Martínez.
La Fundación March tiene publicado un vídeo muy interesante que recoge una conferencia de Luis Fernández-Galiano sobre Frank Gehry en el que se explica que ese lenguaje de la irregularidad nació como una forma de expresionismo. Que Gehry, entre otros, venía del arte de la segunda mitad del siglo XX, de Matta-Clark y del pop art más oscuro, y de los libros del filósofo Paul Virilio, y que, como ellos, reflejaba el dolor del mundo a través de formas rotas. En la conferencia de la Fundación March, Fernández-Galiano recordaba el caso de la sede de Vital Kutxa en Vitoria. Un día hubo un atentado de ETA ante su fachada y cuando las fotografías del bombazo empezaron a circular, todos los periódicos interpretaron que ETA había destrozado la fachada. Fue una confusión. El atentado no había tenido éxito y la fachada estaba intacta. Parecía bombardeada porque así fue proyectada y construida.
La paradoja es que esa arquitectura barroca y atormentada ha sido muy popular y ha recibido la significación contraria. Que lo sigue siendo a pesar de su aparente obsolescencia. «En Sevilla, las Setas son extremadamente populares. Entre los turistas pero también entre los sevillanos», dice Ángel Martínez. «Si vamos al Guggenheim, si somos un poco rigurosos con el proyecto, vemos que no es perfecto, que hay piezas que no encajan bien», continúa Enrique Encabo. «Pero eso no importa tanto. Lo que importa es que el Guggenheim ha funcionado como una celebración del hedonismo, que ha sido un edificio que a la gente le ha dado una alegría absoluta y eso incluye a los arquitectos y a los no arquitectos».
"En los últimos años, la arquitectura que vemos recoge una pulsión de orden extrema. Todo con la máxima rigidez posible, cuanta más rigidez mejor"
¿Por qué los bultos de Gehry en el Guggenheim son famosos y populares, y los del edificio del Macba en Barcelona, de Richard Meier, no lo son? El Macba es blanco y claro en sus formas, mientras que el Guggenheim está hecho con materiales fríos y oscuros y sus espacios son confusos, pero todo el mundo recuerda su visita al Guggenheim de Bilbao mientras que el Macba ha perdido peso en la imagen de Barcelona. Y algo más: Meier, que sigue vivo, es un personaje tan carismático y divertido como lo fue Gehry. «Pero fue Gehry el que salió en Los Simpson, no Meier», recuerda Encabo. «El Guggenheim dio a la gente una felicidad no intelectualizada. El demasiado discurso puede ir en contra de la arquitectura».
La arquitectura informal sigue existiendo. El estudio que fundó Zaha Hadid ha sobrevivido a su fundadora y tiene muchísimo trabajo en economías emergentes, más que en Europa. Bjarke Ingels se ha convertido en lo más parecido a un arquitecto estrella de 2025 a base de piezas extravagantes. «Y Steven Holl construye mucho en China. Mi opinión es que su trabajo tenía más interés cuando era investigación que cuando ha construido, pero está claro que hay una demanda. Hay clientes privados para los que esa arquitectura tiene un valor comercial».
«¿Estamos ante otro cambio tecnológico que permita que una inteligencia artificial genere formas complejas y lo haga desde la lógica funcional de una planta? No lo sé, quizá sí», dice María Hurtado de Mendoza. Cuando sea así, la tentación del bulto volverá a nuestro mundo porque la demanda de arquitecturas excepcionales, fuera de la rutina «siempre ha existido, en el siglo XV igual que hoy».
Una prueba: el diseño de muebles de los últimos años se ha llenado de piezas informales, de sofás con forma de bulbo y de filos redondeados. Por algo será.




