HISTORIAS
Historias

Dentro de la consulta del filósofo Omar Linares: "Una crisis existencial no es un trastorno"

Hace una década que este granadino conversa y acompaña a personas que están viviendo situaciones críticas. Su terapia filosófica no aspira a quitar el sitio a la tradicional, sino que la complementa. Lo cuenta en su nuevo libro, 'La consulta del filósofo' (Ed. Temas de Hoy)

El consultor filosófico Omar Linares en Granada.
El consultor filosófico Omar Linares en Granada.
Actualizado

Son pocos pero bastantes y cada día son más. Desperdigados por el mundo, se convierten en consultores filosóficos tras un examen profundo de su vocación, que consiguen entrelazar con sus intenciones vitales. Los que acuden a ellos reciben el nombre de consultantes, pero no se llevan del encuentro recetas en forma de libro y mucho menos escuchan «usted lo que tiene que hacer es leer a Kant». Antes de continuar, trate de olvidar por un instante su propia relación con el pensamiento filosófico (especialmente si guarda mal recuerdo de las clases de filosofía del colegio): ir a la consulta del filósofo ni exige ni provoca erudición. En cambio, entraña lo más simple y, a la vez, más profundo: hallar la filosofía personal. El sentido de la vida, si quisiéramos -ejem- ponernos filosóficos.

Nadie le va a preguntar si leyó la crítica de la razón pura ni la crítica de la razón práctica. En la consulta del filósofo, como en la del terapeuta tradicional -cognitivo-conductual, psicoanálisis, EMDR, da igual- usted va a hablar de su libro, como le decía Francisco Umbral a Mercedes Milá en aquel programa de televisión de los 90. Cada encuentro es un tiempo preciado, cuesta esfuerzo pagarlo, a veces dolerá y, otras, le pondrá en órbita sideral pero, por encima de todas las cosas, le permitirá conocerse mejor, el porqué de lo que hace, el porqué de lo que no hace y cómo sentirse más cómodo consigo mismo.

O al menos mucho más a gusto con su crisis existencial. Ése es el objetivo del granadino Omar Linares, un hombre que desde niño tuvo un par de cosas claras: la dolorosa presencia del sinsentido y la necesidad de que su vida se estructurara sobre la ayuda a los demás a través de la conversación. Por eso, al principio quiso ser psicólogo. Sólo que también amaba la filosofía y pensó que un año de carrera no le vendría mal para el futuro. Luego conoció el philosophical counseling y ya no pudo parar hasta convertirse en doctor en la cuestión.

Esta semana ha publicado La consulta del filósofo. Manual de instrucciones para crisis existenciales (Temas de Hoy), un ensayo que empezó a escribir a los pocos días de que naciera su hija, Aurora, a la que se lo dedica, además de a la madre y a sus consultantes. Hace 10 años que Linares escucha lo más íntimo y también lo más problemático de personas que tienen «entre 20 y 70 años», que provienen de diversos lugares del mundo (España, Estados Unidos, Inglaerra, Alemania, Francia, Latinoamérica), que quizá ya hicieron terapia psicológica y, al descubrir el asesoramiento filosófico, creen que les puede ayudar.

«Es cierto que trabajo mucho las crisis existenciales, pero no es la única manera de entrar», advierte Linares en una videollamada de Zoom que continuará después en conversación a través de correo electrónico. «Uno puede llegar a la consulta filosófica por una razón más profana, pero sí que hay algo constante: el deseo de tomar conciencia de que algo falla en mi forma de comprender y el deseo de integrar ciertas experiencias», continúa. Para este doctor en filosofía, lo que sucede entre consultante y consejero «no es un intento por edulcorar la vida sino el de afinar nuestra capacidad para percibirla y conectar con ella». Lo que se suele llamar vida plena.

De alguna manera, a este tipo de sesiones terapéuticas «hay que llegar maduro», consciente de que la propia filosofía «es un acto existencial» y que «la reflexión sólo sirve si es capaz de impactar en nuestra vida y cambiarla». «Seamos capaces de captar y aceptar la realidad en un único acto», anima Linares en su ensayo. Más sencillo aún: hagámonos cargo. De quién somos, del papel del que jugamos y del que queremos jugar. Como Marco o Julia, dos de los consultantes cuyas batallas acompañan La consulta del filósofo. Cada uno de los capítulos -son muchos pero la narración es sencilla- termina con una historia en nombre propio: aquel que se atrevió a abrir la caja de pandora de su -diría un filósofo- unicidad. Personas que un día tocaron la puerta del despacho de Linares confíando en salir mejores de él pasado un tiempo. Un momento, un momento, rectifiquemos: mejores no, más conscientes sí, más alineados también. Más uno mismo que nunca.

Así lo explica él: «Las personas que se acercan a este formato son maduras porque requiere madurez el darse cuenta de que uno puede estar enfrentando una cuestión filosófica o existencial, lo cual no significa que uno tenga que saber de filosofía o haber leído mucha filosofía porque no tiene nada que ver, porque al final todos estamos haciendo filosofía en la medida en la que nos preguntamos por la vida y lanzamos una teoría cuando intentamos explicar qué es lo que nos está ocurriendo».

A lo que la consulta filosófica no aspira es a ocupar el sitio de la terapia tradicional. Dice Linares que él nunca iría a terapia con alguien que no hace o no haya hecho terapia también. Él mismo la ha conocido, tanto tradicional como filosófica, esta última con la filósofa Mónica Cavalle, pionera del asunto en España, fundadora de la Escuela de Filosofía Sapiencial y autora de numerosos libros. El último, El coraje de ser. La aventura del autoconocimiento filosófico (Kairós, 2024).

«Es importante que la terapia tradicional y la filosófica no se mezclen», piensa Linares. «Y que no se considere que la presencia de la filosofía en la consulta o en el ámbito del acompañamiento implica una crítica a la psicología porque no se deriva en absoluto. De hecho, mi experiencia es muy buena. Tengo psicólogos en consulta y he colaborado con psicólogos porque he tenido consultantes que estaban en un proceso terapéutico simultáneo y, cuando me planteaban ponerme en contacto, he hablado con esas personas para no pisarnos entre nosotros o establecer un maridaje y siempre me he encontrado con gente muy interesante y con mucha curiosidad por lo que estábamos haciendo, estableciendo buenas relaciones», amplía este autor.

Es más, muchos de los que le consultan sus cuitas han hecho un proceso psicoterapéutico -o varios- antes. «La mayoría viene muy contento, con la sensación de haber hecho un trabajo excelente y que les ayudó muchísimo, pero también de que les falta algo que no es criticable a la psicología sino que tiene que ver, sencillamente, con la complejidad del pensamiento humano». Linares dice haber encontrado toneladas de «honestidad» en los psicólogos que ha tenido como consultantes: «Son personas muy trabajadas que quieren asomarse a otra parte de sí mismos».

Además de alejarla de la terapia común, para Linares es importante también desmarcarse de la idea de que se precisa erudición, como si la consulta fuera «un lugar reservado para unos pocos intelectuales cuando se trata justo de lo contrario». «Uno no llega a la consulta filosófica por leer mucho sino por vivir y por querer hacerlo auténticamente», explica. Y aunque reconoce que «siempre están presentes las grandes preguntas de la existencia humana (el sentido o sinsentido de la vida, la muerte, el sufrimiento) es muy común que uno llegue a esos derroteros a través de experiencias cotidianas como la frustración laboral, las rupturas de pareja o los conflictos familiares, y que sean éstos los que los lleven en primer lugar a la consulta».

¿Dónde queda la filosofía? Descansa en el propio «proceso de conversión» de quien acude a la consulta, que efectúa «un cambio de rumbo consciente, elegido voluntariamente, a través del cual el sujeto deja aflorar su propia esencia, capta todo aquello que pertenece a su ser y se aleja de eso con lo que no se identificaba y que nada tiene que ver con él».

¿Resultado? «El deseo de sabiduría convertido en un ejercicio cotidiano en busca de la ataraxia (la serenidad y la independencia de ánimo) y la autarkeia (la libertad interna)», asegura Linares en su libro. «Es el momento de mirar dentro de ti», dice también en sus páginas, «de que te detengas un momento y observes cómo funciona tu pensamiento, para que logres comprender justo eso, la forma en que comprendes todo». Será inevitable emplear, además de la reflexión, la introspección, aunque este recurso parezca más propio de otras terapias, como el psicoanálisis.

Patologización de la vida

Según Linares, «en la actualidad existe la tendencia de etiquetar toda crisis personal como un trastorno psicológico». «Asistimos a un fenómeno de patologización de la vida cotidiana, que convierte en enfermedad cualquier síntoma de fricción, impedimento o resistencia ante las circunstancias y que hoy es ya uno de los principales obstáculos para la obtención de una comprensión profunda de la vida». Es decir, que entenderse a uno mismo se ha vuelto más difícil que nunca y, sumergidos en el escenario de la actualidad -tan incierto y hasta sobrecogedor, con sus guerras y sus conatos- cuesta incluso más que antes encontrar el sentido de la vida.

Porque tener «una crisis existencial no tiene nada de patológico» sino que supone una oportunidad para «extraer todo el significado para tu vida». Cree Linares que la consulta filosófica «se adapta a las necesidades existenciales del presente y que no hay mejor espacio para el autoconocimiento que el de la terapia». Sin embargo, como apunta en su ensayo, esto no supone una novedad en sí misma sino un regreso a las primeras manifestaciones de la disciplina. «Desde sus inicios y durante los siglos posteriores la filosofía se entendió a sí misma como un arte de la vida». Y se creía fuertemente en que, «para que una teoría se considerase realmente filosófica debía dar respuesta a las interrogantes existenciales y vitales a las que todo individuo se ve expuesto».

Las de siempre: el amor y el dolor, la muerte, Dios, el sexo, el sufrimiento, la soledad. A menudo desde lo más cotidiano, como decía Linares unas líneas atrás. Como uno de sus consultantes, que tenía un puestazo en una multinacional pero se sentía rodeado de amoralidad, cuestión que le llevó a introducirse en el sindicato mayoritario de la empresa, donde volvió a verse rodeado de lo que consideraba actos maledicentes o poco éticos. Y necesitó ayuda para entender cuál era su lugar en el mundo, esto es, comprenderse a sí mismo, encontrar su propia filosofía de vida: cómo seguir caminando.

La historia personal del propio Linares también sirve para explicar en qué consiste esta aventura de la conversión a través de la filosofía. «Si algo recuerdo de mi infancia es el poso de tristeza y angustia que sentí desde que tuve uso de razón», dice en su ensayo. Y cómo eso no cambió durante la adolescencia: «Aprendí a disimularlo e hice de la comedia una gran arma social». En una época en la que no se hablaba ni de depresión ni de ansiedad, Linares transitó estas experiencias «sin herramientas». «Para mí, lo que estaba mal no eran mis pensamientos o emociones, sino yo mismo», confiesa en su libro.

Hasta que, «fruto de la reflexión», empezó a notar que disfrutaba de «espacios de lucidez» que le permitían «ver las cosas tal y cómo eran». Empezó a leer a intelectuales que consideraba afines, como Friedrich Nietzsche, Albert Camus o los últimos estoicos: «Empapándome de sus formas de ver la vida. Y la renovada fuerza de mi pensamiento me caló en la autoestima hasta mostrarme el error de años de autocrítica y desprecio. Empecé a sentir mi valía, que quizá sí que podría tener un futuro».

Linares reconoce que siente una especial querencia por el estoicismo -siempre la ha sentido-. Al mismo tiempo, se muestra sumamente confundido con la deriva que este pensamiento ha ido tomando en las últimas décadas, especialmente a medida que se iba entrelazando con las redes sociales. «Al principio, empezó a ponerse de moda en tanto que filosofía para tiempos de crisis. Se hablaba de conceptos como la resiliencia, o la aceptación, tan importantes en terapia, y se valoraba el estoicismo como pionero de esas ideas. Después se fue tergiversando, y se confundía la fortaleza estoica (de ánimo, interna) con la fortaleza física, y se utilizaba mucho en vídeos y cuentas de fitness. Se desdibujó, pero solo hacía daño a la filosofía. Sin embargo, ahora la corrupción es total, y es fácil encontrar vídeos de influencers con miles de seguidores que dicen ser estoicos cuando solo hablan de hacer dinero, estar musculados o tratar a las mujeres de forma machista».

Linares apuesta por vivir de forma consciente y coherente hasta llegar, de ser posible, a estar alegre.