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Educación

La peligrosa vida contrarreloj de los niños hiperocupados: "Para muchos padres, el ocio es sinónimo de perder el tiempo"

La ultraproductividad en la infancia para garantizar el éxito futuro es un problema que ya se cuela en las consultas y las aulas. "Se traduce en menor iniciativa, mayor perfeccionismo y miedo a defraudar", alertan los expertos

La peligrosa vida contrarreloj de los niños hiperocupados: "Para muchos padres, el ocio es sinónimo de perder el tiempo"
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De lunes a viernes, muchos niños y adolescentes tienen agendas que harían palidecer a más de un adulto. Colegio por la mañana, comedor, inglés, piano, fútbol, deberes, ducha y cena a contrarreloj. El tiempo libre queda relegado a los márgenes, si es que aparece. Aburrirse o simplemente no hacer nada se ha convertido casi en una rareza. No es una anécdota, sino un patrón cada vez más extendido que empieza a tener nombre. El llamado hurried child syndrome -el síndrome del niño apresurado- describe a menores que crecen sometidos a una presión constante por rendir, avanzar y aprovechar el tiempo como si la infancia fuera una carrera con hitos que cumplir cuanto antes. Tras este concepto se encuentra el psicólogo infantil David Elkind, quien aborda en su libro The Hurried Child: Growing Up Too Fast «la presión de los padres sobre sus hijos para que tengan éxito académico y su pretensión de que se comporten y reaccionen como adultos en miniatura».

«Nuestra sociedad prioriza valores relacionados con el sistema económico y social, como la individualidad, la competitividad o la independencia forzada en la infancia. Queremos resultados a corto plazo, a cualquier precio. Vivimos en una cultura profundamente capacitista, que valora a los niños solo por sus resultados», resume María José Garrido, doctora en Antropología y especialista en Etnopediatría.

No se trata únicamente de sobrecargar la agenda, sino de una forma de entender el desarrollo infantil bajo la lógica de la productividad. Según el doctor Elkind, «nuestra sociedad está regulada por el tiempo, se da más importancia a los frutos inmediatos». El problema es que el cuerpo y la mente no siempre acompañan ese ritmo.

«Cuando la rutina diaria de los niños y adolescentes se llena de obligaciones, el primer aspecto que suele verse afectado es el sueño. Dormir menos de lo necesario no solo implica estar cansado al día siguiente, sino que tiene un impacto directo en el funcionamiento cerebral», explica el equipo de Neuropsicología infantil de Avanta Mynd.

En España, los expertos llevan tiempo alertando de una saturación silenciosa. Según estimaciones de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), alrededor del 15% de los menores presenta síntomas de estrés crónico. La cifra aumenta en la adolescencia, donde distintos estudios apuntan a que hasta un 30% de los jóvenes sufre trastornos del sueño. No hablamos de casos aislados, sino de un malestar que se cuela en las consultas pediátricas y en las aulas.

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«Los pacientes suelen verbalizar sentirse desbordados. En edades de 8 a 10 años, observamos un aumento progresivo de las dificultades de concentración en el colegio, irritabilidad y quejas somáticas frecuentes. Algunos de ellos se muestran muy autoexigentes, con pensamientos rígidos del tipo: 'Si me equivoco, van a pensar que soy un perdedor'», detallan varias psicólogas de Avanta Mynd. «En edades algo más avanzadas, además de acentuar pensamientos complejos relacionados con la exigencia, nos encontramos con frecuentes anulaciones por la sensación de no tener tiempo para nada más».

«Lo que más se nota dentro de la jornada escolar es la ausencia de tiempo para hacer los deberes o estudiar. Una agenda llena de actividades anula la necesidad de descanso y ocio que tenemos todos, y más aún los niños», coincide Javier Carballo, profesor de Pedagogía Terapéutica en el colegio Santa Teresa de Jesús, en Ourense. El docente lleva más de 10 años trabajando con menores y destaca que, en muchos casos, el cómputo global de horas diarias excede la jornada laboral de un adulto en cualquier país de Europa: «Esto hace que su día de trabajo sea demasiado largo y baje su productividad y atención, lo que implica que aprovechan menos las clases».

El síndrome del niño apresurado no figura como diagnóstico clínico oficial, pero sí aparece cada vez con más frecuencia en la literatura médica y psicológica. Numerosas investigaciones advierten de patrones repetidos, como cambios sutiles pero persistentes en la conducta, el estado de ánimo o el funcionamiento diario. También una pérdida progresiva del interés por actividades que antes resultaban placenteras.

Una de las claves está en la normalización de la hiperocupación. Las actividades extraacadémicas nacieron como complemento educativo y espacio de socialización, pero en muchos casos se han convertido en una prolongación del rendimiento escolar. Para Elkind, existen «tres dinámicas principales de la prisa»: los padres, las escuelas y los medios de comunicación que las amplifican.

«Toda la preparación de nuestros hijos no garantiza nada. El modelo educativo tiende a desestimar la creatividad, la improvisación y la autonomía a favor de la memoria y la repetición de conocimientos, características alejadas de lo que la sociedad del conocimiento requiere. Lo más probable es que nuestros hijos tengan trabajos que no existen todavía», opina Garrido.

Según la antropóloga, lo fundamental es que en el proceso de generar inquietudes y curiosidad por nuevas áreas, «la criatura sea la protagonista, la que pueda elegir sus intereses o decidir si quiere hacer o no una actividad. Es esencial para un adecuado desarrollo neurológico y afectivo que les permita autorregularse en el futuro».

"Nuestra sociedad está regulada por el tiempo, se da más importancia a los frutos inmediatos"

David Elkind, autor de 'The Hurried Child: Growing Up Too Fast'

El impacto se hace especialmente visible en la adolescencia. El cansancio acumulado durante años, unido a las exigencias académicas y a la presión social, pasa factura y aparecen síntomas de agotamiento emocional. No es casual que muchos adolescentes lleguen exhaustos a una etapa vital que debería ser, precisamente, de exploración y descubrimiento. «El exceso de cortisol por estrés puede derivar en problemas en el futuro: afecta al aprendizaje, la memoria y la resiliencia en la edad adulta. El 70% de las enfermedades psiquiátricas comienzan también en la infancia y la preadolescencia», recuerda Garrido.

Emma Higuera es una veinteañera que, como su hermano pequeño, vivió de primera mano la sobrecarga extraescolar. De Infantil a Bachillerato, se vio inmersa en una espiral cronopática: clases de inglés, francés y alemán, mecanografía, ajedrez, baile, patinaje, equitación, tenis, baloncesto, natación, pádel, pilates y catequesis. A diario, entre semana, solía estar ocupada de cuatro a siete y media de la tarde. También algunos sábados por la mañana: «No acababa realmente cansada porque estaba acostumbrada a ese ritmo de vida tan frenético, a ir de un lado a otro, a estar en forma», cuenta. «Lo peor empezó quizá en el instituto, cuando había muchos exámenes y tenía deberes hasta la hora de cenar».

Aquí surge una paradoja: ¿hasta qué punto el colegio se ha convertido en un lugar donde algunos niños descansan de un ritmo demasiado intenso fuera del aula? «El sistema educativo se ha visto forzado a cambiar, los niños son cada vez más susceptibles y frágiles, se ven más superados y necesitan más tiempo para asimilar. Se dejan de dar contenidos teóricos que antes sí se enseñaban para pasar a un tono más lúdico y dinámico, más atractivo para el alumnado. El colegio necesita bajar el listón para no sobresaturarles», afirma Carballo.

Desde Avanta Mynd subrayan que el principal problema es la acumulación de tareas y la falta de tiempo no estructurado: «En un mundo que corre deprisa, permitir a los niños y niñas aburrirse puede ser, paradójicamente, el mayor regalo que podemos ofrecerles». El juego libre -ese que no persigue objetivos, notas ni medallas- cumple una función esencial en el desarrollo cognitivo y emocional. Cuando desaparece, también lo hace parte de la creatividad y de la capacidad de autorregulación.

Porque el aburrimiento, tan demonizado, es en realidad un terreno fértil para la imaginación. A principios de los años 30, Walt Disney diseñó un entorno antiestrés en sus estudios para fomentar la creatividad entre los trabajadores mediante el efecto zona de juego. La neurociencia moderna, con nombres como Arne Dietrich, demostró tiempo después que, bloqueando el cortisol, el cerebro de los artistas y creadores funciona mucho mejor.

"En un mundo que corre deprisa, permitir a los niños aburrirse es el mayor regalo que podemos hacerles"

«Aquellos pacientes con agendas muy rígidas tienden a depender más de las instrucciones de los adultos, lo que se traduce en menor iniciativa, ansias de perfeccionismo y miedo a defraudar a los demás», advierten las psicólogas. «Muestran frustración intensa cuando no cumplen las expectativas, acompañada de pensamientos recurrentes de 'No puedo fallar', lo que afecta a la autoestima y al autoconcepto».

A este fenómeno se suma un factor cultural más amplio: la idea de que estar siempre ocupado es sinónimo de éxito. Una lógica muy presente en el discurso de la ultraproductividad contemporánea, popularizada por el mundo empresarial y tecnológico. Silicon Valley elevó a mantra la optimización del tiempo, la mejora constante y el no parar nunca, en detrimento del bienestar. Esa filosofía, pensada para adultos, ha ido filtrándose sin querer en la crianza. La pregunta es hasta qué punto estamos preparando a los niños para el futuro o simplemente entrenándolos para no llegar a todo.

«Mis padres nos apuntaban a tantas cosas para mantenernos activos y que no estuviéramos toda la tarde sin salir de casa, sentados delante de la tele y la Nintendo, y también para conocer a gente nueva», dice Higuera. Lo único que no probó fueron las actividades artísticas o creativas. «Creo que es bueno cuando fomentas que tu hijo se mueva, haga deporte o aprenda un idioma, algo que sirva y le motive a largo plazo».

La mayoría de los progenitores actúa desde la mejor de las intenciones. Tradicionalmente, el recurso a las de extraescolares venía derivado de la necesidad de conciliación de muchas familias, que veían en este espacio el momento propicio para hacer las gestiones y recados pendientes. Pero ahora, en un contexto de incertidumbre laboral y competitividad en aumento, llenar la agenda de los hijos se percibe como una forma de darles herramientas para el futuro. Una carrera que empieza cada vez antes.

«La presión parental suele ir acompañada de cierta nostalgia del 'Y si hubiera hecho esto antes...', como haber desarrollado ciertas competencias que ahora me permitirían escalar en el trabajo. Con frecuencia, esta lógica se traslada a los hijos, proyectando en ellos expectativas y deseos no cumplidos», sostienen las psicólogas.

Algunos estudios señalan que los niños sometidos a altos niveles de exigencia temprana pueden mostrar, a medio plazo, mayores niveles de ansiedad. También sufren de incapacidad para relajarse de forma significativa. Es decir, pueden pasar horas en YouTube o haciendo scroll en Instagram, pero las formas tranquilas de relajación, como leer un libro o dar un paseo, les parecen «actividades sin sentido».

«Cuando pude organizarme mi propio horario en la universidad, decidí dejar muchas cosas y me quedé solo con el alemán y el gimnasio. Me volví más vaga», reconoce Higuera. «Antes tampoco tenía mucha elección, había actividades a las que iba por compromiso o forzada, como todos». Aunque no se considera una persona demasiado organizada, cree que su experiencia le ayudó a ser multitarea en los estudios y el trabajo. Eso sí, sacrificando concentración por el camino.

Los especialistas insisten en la importancia de revisar el ritmo. No se trata de eliminar todas las actividades ni de idealizar una infancia sin estímulos, sino de poner límites y escuchar señales. Dormir bien, tener tiempo para el juego espontáneo y ejecutar tareas sin agendar no son lujos, sino necesidades básicas para un desarrollo sano. Menos hacer y más estar.

«El problema es que, para muchos, el ocio es sinónimo de perder el tiempo, cuando en realidad es donde se crean muchos aprendizajes significativos y se desarrollan habilidades sociales y de resolución de conflictos», concluye Carballo. «El tiempo libre, bien utilizado, es una forma muy importante de desconectar del día a día. Es necesario dejar a los niños ser niños, que se diviertan y socialicen sanamente con sus iguales».