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Txell Feixas, autora de 'Aliadas': "Las revoluciones feministas también ocurren en espacios cerrados"

La periodista Txell Feixas ha publicado el libro 'Aliadas', en el que narra la formación de un equipo de baloncesto femenino en el campo de refugiados de Shatila, en el Líbano.

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Txell Feixas, autora de 'Aliadas'.
Txell Feixas, autora de 'Aliadas'.ORIOL ANDRÉS GALLART

En el corazón del campo de refugiados palestinos de Shatila -en las afueras de Beirut- donde la historia se escribe con sombras y las calles estrechas apenas dejan pasar la luz, la periodista y escritora Txell Feixas (1979) ha encontrado un hilo de esperanza.

En su libro Aliadas (Capitán Swing, 2025), narra la lucha cotidiana de niñas y mujeres atrapadas en un destino impuesto por el patriarcado y el conflicto, que logran crear un espacio para pensar en su futuro a través del deporte.

Es Majdi, un palestino que sobrevivió a las masacres de 1982, un pintor que fundó un equipo de baloncesto femenino para proteger a las más pequeñas de un futuro que parecía marcado. Feixas logra contar estas alianzas improbables, entre madres e hijas, entre viudas resilientes y hombres que rompen moldes, construyendo una crónica que desafía el dolor, con sororidad y resistencia.

El libro parte de una historia que ocurre en el campo de refugiados palestino de Shatila. ¿Se trata de un contexto muy concreto de este campo o crees que sus historias reflejan la situación de mujeres y niñas también en Líbano?
Shatila acaba siendo un personaje en este libro, porque los lugares explican a las personas, las violencias que sufren y la resistencia con la que se sobreponen a ello. En Shatila me encuentro con este equipo de baloncesto femenino, que fue el primero que se creó en el Líbano hace más de 10 años, y veo una serie de dinámicas que se generan, de violencias estructurales. A primera vista parece un milagro dentro del campo, donde impera un machismo recalcitrante, pero no muy lejos hay un equipo de críquet donde juegan niñas sirias y las dinámicas son muy similares. Por eso creo que Shatila retrata de alguna manera las infancias y adolescencias de niñas de la región y todas las violencias que sufren: el matrimonio infantil, el fracaso escolar, drogas, aislamiento... son las situaciones que sufren las mujeres en toda la región.
¿Y cómo te llegó la historia de un equipo de baloncesto femenino en un campo de refugiados?
Me enteré cando estaba de corresponsal. Recuerdo que me impactó mucho que en un campo de refugiados que yo asociaba con genocidio, con muerte, con terror, me hablaran de una historia de resistencia, además femenina y feminista. Cuando puse un pie allí, al principio me pareció un lugar muy difícil, muy hostil. Pero volví -que es lo bueno de ser corresponsal- y entonces vi que, detrás de aquel equipo pionero de niñas, había unas historias personales que lo hacían aún más potente y transformador.
¿Un libro le da todo ese espacio y profundidad que no tiene la noticia diaria en televisión?
Sí. Pensé que las crónicas de radio y televisión me habían quedado muy cortas y no les había hecho justicia. Cuando trabajas en formato informativo hay un nivel de producción muy grande que no te permite ir más allá en muchas historias. Te sientes muy frustrada porque no puedes encajarlo de ninguna manera en el formato informativo. Aliadas nace primero para hacer justicia a Magdi y a todas las jugadoras, a todas las vecinas del campo de refugiados que generosamente me habían confiado su historia y que yo había despachado con unos minutos de televisión o radio. Después, creo que la lectura de una historia hace que entre de una manera mucho más profunda que una crónica en un espacio de televisión o radio.
Un aspecto que llama la atención de tu libro es que esta historia feminista parte de un hombre joven que quiere un futuro mejor para las niñas y mujeres que lo rodean. ¿Cómo recibió el entorno de Magdi la propuesta feminista de crear un equipo de baloncesto?
Cuando conocí a Magdi ya llevaban cinco años con el equipo y han pasado más de cinco desde entonces. O sea, los conocí a mitad del proyecto, y por suerte todo ha evolucionado para bien. Cuando él propone esta iniciativa -para nosotros tan normal como crear un equipo de baloncesto de niñas-, tiene que ir puerta por puerta para convencer a los padres de las amigas de su hija para que las dejen participar, aunque sea un rato, para que prueben eso de botar una pelota. Pero no se queda sólo en eso: luego tiene que reclutarlas casa por casa y custodiarlas hasta el quinto piso de un edificio, porque en el trayecto, vestidas con chándal y con una pelota, pueden ser escupidas, insultadas, incluso agredidas.
Así que, al principio, una parte de la comunidad -no toda, porque sería injusto generalizar- rechazaba totalmente la iniciativa e incluso lo amenazó de muerte a él y a su familia. Pero con los años, lo más potente y transformador para mí es que Magdi se erige como un agente de cambio en esa sociedad, y no sólo él: incluso las familias que antes lo intimidaban, negándose a dejar participar a sus hijas, acaban emocionándose cuando una de esas niñas encesta una pelota. Creo que empezó siendo un hombre muy odiado, y ahora, cuando voy al campo, es queridísimo por las niñas, obviamente, pero también ves ese cariño en toda la comunidad que lo rodea.
Shatila no se asemeja a la idea que mucha gente tiene de un campo de refugiados, es más bien como una ciudad. ¿Cómo se relaciona Shatila con Líbano, viven de espaldas al país?
Sí, yo siempre digo que Shatila no es en absoluto el tipo de campo de refugiados que tenemos en mente: un descampado con montones de tiendas de lona blanca más o menos estructuradas y ordenadas. Al contrario, es una pequeña ciudad dentro de una gran ciudad. Shatila, en los suburbios de Beirut, son al final dos realidades que no se miran ni se quieren ver, pero que Magdi y el baloncesto consiguen conectar. Para mí hay tres paisajes en Shatila: uno es el físico, que es impactante porque es poco más de un kilómetro cuadrado en un espacio que estaba diseñado para acoger a 3.000 refugiados palestinos que huían en 1948 de la creación del estado de Israel, y que ha terminado acogiendo a más de 30.000. Como no puede crecer en amplitud, crece de forma vertical, en lo que parecen favelas, es como una prisión al aire libre laberíntica; el paisaje físico es muy chocante. Pero luego está el paisaje humano, que es insalubre porque no hay agua potable, el agua es salada, porque no hay luz, porque hay poco trabajo y a menudo poca comida. En este hervidero de gente no hay mujeres. Esto también te impacta mucho: ¿dónde están ellas? Las mujeres de Shatila, si no tienen el permiso de los hombres, generalmente no pueden pisar la calle. Pero también hay un paisaje que pesa mucho: el emocional de un campo donde respiras la injusticia, donde durante décadas se ha permitido el genocidio, donde no se han rendido cuentas ni se ha hecho justicia en esta comunidad. Todo esto hace que sea un lugar muy especial, donde el pasado y el presente explican mucho las situaciones que allí se viven.
Otro aspecto que llama la atención de tu libro es que es muy complicado explicar una realidad tan negativa y a la vez extraer de ella una visión positiva de seguir adelante, de apertura. ¿Te has encontrado con este problema durante tu trabajo?
Mucha gente me ha dicho que ve luz en medio de tanta oscuridad, y a veces me insinúan que he querido edulcorarlo, pero para nada. Creo que hay que saber y querer mirar. La primera sensación cuando llegué a Shatila fue que allí no podía nacer nada, sólo hay muerte, destrucción; de hecho, pensé que no volvería. Durante años he visto muchos campos de refugiados, y creo que seguiría diciendo, años después, que para mí es uno de los más duros que he visitado. Pero puedes quedarte sólo con eso, y es lo que han hecho muchos medios de comunicación, desgraciadamente, y me incluyo.
Hay determinadas zonas del mundo, y esta es una de ellas, donde lo que más vemos es el drama y las noticias violentas, y lo que más cuesta es ir, volver y querer ver también la vida que ocurre dentro de ese lugar. Porque es un lugar inevitable, no se puede evitar, pero la dignidad que pone la comunidad que está ahí... Y cuando miras, empiezas a ver luces en todas las ventanas. Eso fue lo que me atrapó de Shatila: que el primer milagro que vi en esa quinta planta, donde había un intento de cancha de baloncesto, se replicaba a pocos metros con un equipo femenino, también de niñas muy valientes, jugando al críquet. O que, en otro piso, unos metros más arriba, había un grupo de viudas cuyo desafío era tejer compresas de tela, a pesar de las amenazas que sufrían por parte de algunas personas del campo, que pensaban que eso era un pecado.
¿Cree que el deporte puede ser una herramienta feminista?
El baloncesto es una herramienta para que las niñas puedan ser lo que quieran, para que puedan elegir las mujeres que sueñan ser, con lo que sueñan en convertirse. Y al final, acaba convirtiendo la cancha en un lugar de liberación, en un espacio seguro donde triunfar. Y eso, que parece tan básico, a mí me fascinó. Una de las escenas que más me impactó fue ver cómo, en una quinta planta, conseguían que las más pequeñas, las que se incorporaban al proyecto, aprendieran a jugar porque no sabían. En su espacio abierto no pueden hacerlo, y ver cómo juntas descubren que hay una dinámica que todas deberíamos saber, pero que allí no conocen, y que hay que ponerlas en un lugar para que experimenten qué es eso. Y a partir de ahí, socializar, confiar, hacer tribu, hacer amigas, compartir... Lo encontré brutal.
Al final, las revoluciones feministas también ocurren en espacios cerrados, entre fogones, quizá, cuando ya son adultas, y en este caso, en canchas de baloncesto cerradas cuando son niñas.
¿Cómo notaba el cambio de actitud en las niñas que jugaban?
Recuerdo una niña llamada Afaf. Se me quedó grabada porque me lo decía con los ojos brillantes con una pelota entre las manos: "Antes de tocar esta pelota, mi sueño -porque era el de mi casa- era ser una gran esposa y una mejor madre. Pero una vez que empecé a practicar este deporte, conocí a mis compañeras, que ahora son mis amigas. Lo que quiero es estudiar y, si puedo, salir de esto". Y claro, me dejó impresionada. Es decir, ¡qué poder transformador! Porque hay un detalle que no es menor: Magdi les propone entrenar, pero con la condición de que no dejen de estudiar.
¿Cómo se vive la guerra de Gaza en un campo de refugiados palestinos en medio de Líbano?
Con Magdi he ido hablando, y es durísimo ver cómo les afecta el tema de Gaza. Porque al final Shatila sufrió la masacre -ellos dicen: "Lo que nosotros vivimos en 1982 es lo que Gaza está viviendo ahora a diario"- e Israel sigue masacrándolos. Lo hizo en el 48, expulsando a Magdi, que era hijo y nieto de una familia que huyó de Israel con la creación del Estado y fue a parar a Shatila. Él logró escapar por poco de ser asesinado en la masacre de 1982, y ahora ve cómo Israel bombardea de nuevo, invadiendo el Líbano. Así que es una pesadilla recurrente, hasta el punto de que también te das cuenta de cómo, en Shatila, la masacre que sufrieron es contradictoria, pero es un motor de vida... o de no morir. Porque Magdi, para resumirlo en una frase, decía: "No tenemos justicia, pero tenemos memoria".

'Aliadas' (Capitán Swing)

Txell Feixas 152 páginas

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