YODONA
Actualidad

Una semana diciendo a todo que no. Lo hemos probado. Y mira lo que ha salido

De un tiempo a esta parte muchas entrevistadas, e incluyo a Nicole Kidman, me dicen que son más felices desde que han aprendido a decir no. Pues nada, me digo, vamos a probarlo.

Actualizado
Una semana diciendo a todo que no. Lo hemos probado. Y mira lo que ha salido
GETTY IMAGES

Este artículo me lleva esperando en esta página desde casi la adolescencia, qué cosas. Fue entonces cuando llegó a la biblioteca de mi casa No diga sí cuando quiera decir no, de Herbert Fensterheim y Jean Baer. Yo entonces no le hice el menor caso a la propuesta, claro, entre otras cosas porque aún tenía una imagen pésima del no, gentileza de mi madre (recuerdo como si fuera ayer aquellas orgías dialécticas en plan: "¡Mamá! ¿Pero por qué no?" "¡Pues porque no!"). Hoy, sin embargo, pienso que debería haber aprendido más de su pericia en el noble arte de la negativa inexpugnable. En fin. Volviendo al libro, que a estas alturas se ha reeditado chorrocientas mil veces, habla de la importancia de aprender a ser asertivo para poder vivir con más libertad, autenticidad y bienestar; y eso pasa, claro, por defender los propios derechos, expresar necesidades y poner límites sin culpa, sin ansiedad y sin agresividad. Resumiendo: de decir no cuando haga falta, pero sin el mal rato.

Ya cumplidos los 60, me doy cuenta de que últimamente todo personaje al que entrevisto me cuenta que su gran logro en la vida ha sido aprender a decir no. Me lo dicen Rigoberta Bandini y Nicole Kidman, y se lo leo a Zendaya, a Conchita, a Marc Clotet, a Pilar Rubio, a Michelle Obama, a Lady Gaga, a Meryl Streep... "Pues si a todo el mundo le va tan bien habrá que probarlo, y así igual mi vida alcanza nuevas cotas de perfección", me digo, después de aceptar que en la balanza de pagos de mi existencia los síes han pesado muchísimo más que los noes, dónde va a parar. Así que me pongo el reto de decirle "no" a todo el mundo durante siete días, a ver si me siento como Nicole, más empoderada, más dueña de mí misma, satisfecha, libre...

Llega el lunes y el primer no se lo lleva el perro, Biru, que pretende compartir mi desayuno, después de haberse comido el suyo. Como esto sucede cada día, este no no puntúa, me digo, y sigo adelante, hasta la siguiente casilla. Prueba de fuego: decirle que no a mi compañera Marta durante todo el trayecto de mi casa a la oficina en coche. No te creas que va a ser fácil. Marta y yo solemos estar tan de acuerdo que hace unos años empezamos a confeccionar una lista de las cosas en las que no lo estábamos. Salieron cinco. Como el roce engendra el roce, pasados los años ya vamos teniendo más: la pasta, Todo al mismo tiempo en todas partes, Ojete Calor...

-¿Comemos hoy un poco antes, que tengo médico a las tres?

-Cla... No.

-¿Qué?

"Nada grave", intento tranquilizarla mientras se me acelera el pulso, "es sólo que esta semana estoy probando una cosa nueva: decir que no. A todo". Lo digo con una sonrisa que se pretende serena y sale más bien crispada, como si alguien me estuviera pellizcando los músculos cigomáticos con mala hostia. Marta me mira de reojo, seguro que calcula mentalmente cuántos kilómetros faltan para la oficina y decide no atropellarme.

-¿Pero no porque no te apetece o no porque no puedes?- insiste Marta.

Aquí descubro una de las primeras grietas del método: el no exige matices, y yo no he venido a matizar, esa opción no cabe en mi experimento. Así que, incapacitada para cualquier otra respuesta, repito: "No". Un no que flota unos segundos en el coche como un ambientador pesado. Más en concreto, como un ambientador de ésos que no sabes si huelen a pino o a lejía Conejo.

A partir de ahí la semana no mejora. Al contrario, acaba convertida en una costosa ristra de noes nada gozosos: no a un café rápido en el vending; no a cambiar un texto "que total, ya está requetebién como está", no a hacer un favor pequeño (que en el fondo era enorme); no a una comida familiar que no me apetecía nada, es verdad, pero que me condena a que me retiren la palabra durante un mes; no a quedar cuando tú quieras, así que mejor me quedo en mi casa aburrida perdida; no a Biru, otra vez, y vuelta a empezar... Al final, los noes se amontonan como los restos de un naufragio sobre mi chepa, y entre incomprensiones y culpas, me dejan con la mandíbula apretada, durmiendo fatal y con ganas de desaparecer en una cueva como santa María Egipcíaca. Empiezo a pensar que el no está sobrevalorado...

Al séptimo día, muy lejos ya de Nicole y peligrosamente cerca de convertirme en esa persona a quien nadie vuelve a llamar jamás, digo mi primer sí. Y oye, el alivio es inmediato, más o menos como si me hubiese untado el alma con Hemoal. El saldo del experimento: me he ahorrado dos comidas y unas cañas; a cambio, tres peleas con amigos, cinco discusiones con familiares y dos conflictos con mi jefa. Si esto es el empoderamiento, que viva el agotamiento.

Yo, por si acaso, me voy a sentar.