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La tele, las revistas y desde hace unos años las redes sociales han creado una imagen idealizada del postparto. Las famosas posan con sus bebés recién nacidos con el maquillaje perfecto, el pelo brillante, guapísimas y con tipazo. Las influencers suben vídeos amamantando felizmente a sus retoños como si en un abrir y cerrar de ojos sus tetas se convirtiesen en dos cartones de leche, haciendo sentadillas desde que salen del hospital con unos leggins minúsculos y la barriga plana.
El postparto en mi cabeza era una de las famosas imágenes de Pilar Rubio con uno de sus retoños en brazos, recién parida pero tan perfecta como cualquier noche en la tele.
Mi realidad
Sin embargo, yo me miraba al espejo pocas horas después de salir del paritorio y me contemplaba con unas bragas-faja de rejilla, una compresa del tamaño del continente africano, la barriga vacía que iba bajando poco a poco hasta convertirse en un colgajo y los pezones en carne viva que asomaban por unos agujeros que me hicieron en un top para colocarme el sacaleches.
Recordaba el parto, largo pero emocionante. Miraba a mi bebé dormido, más bonito de lo que nunca habría imaginado, por fin tranquilo después de una buena sesión de lloros de bienvenida. Volvía a mirarme en el espejo agotada, perdida, y me preguntaba por qué la naturaleza no podía hacer un último esfuerzo y prolongar unas semanas más los encantos que concede durante el embarazo. ¿Dónde tenía yo esa oxitocina de la que todas las expertas en el tema hablan? Me hice una foto de esa guisa y la tengo bien guardada por si me planteo tener un segundo hijo.
La lactancia ¿una pesadilla?
Cada mujer vive en ese momento su propia pesadilla (o no, y me dan envidia las que cuentan que para ellas fue un paraíso). La mía fue la lactancia. Las comadronas venían cada hora y media a asegurarse de que me ponía el bebé en la teta, me subían y me bajaban la cama, me estrujaban el pecho como si fuese una ubre y yo me quejaba de mi combo de dolor de mastitis, puntos y hemorroides (tetas, chirri, culo, lo llamaba coloquialmente).
Me cambiaban de posición, ahora tumbada, ahora sentada, ahora la postura del rugby, la de la cuna, la del koala... y de ahí no salía nada. El 'kamasutra' de la lactancia, rezaba el póster que tenía enfrente de la cama, con dibujos de una mujer haciendo posturas imposibles con un bebé colgando del pezón.
Finalmente cedieron a mis súplicas, pero antes de darme un tarrito de leche artificial me hicieron ver a una consultora de lactancia que me amenazó con denunciarme a Unicef y a la OMS, y a una psicóloga que, en vez de ayudarme con el sentimiento de culpa, me intentó vender una terapia de pareja. Esto sólo era el principio de todas las miradas acusadoras y los comentarios hirientes que me esperaban. Meses después todavía me siento una delincuente cuando saco un biberón en público.
Visitas y fotos
Llegaban las visitas, todo el mundo cogía al niño, todo el mundo me daba consejos, todo el mundo opinaba y sabía más que yo. Se hacían fotos con él, se hacían fotos conmigo, me mandaban el resultado y me veía ojerosa, apagada, con un bebé en brazos que para mí seguía siendo un auténtico misterio.
Y no te quejes, porque eso es algo por lo que tienes que pasar como han hecho todas las madres del mundo. "Yo recibía a la gente de rodillas en una banqueta porque no podía sentarme de los dolores que tenía, y aguanté", me decía la mía. Pero eso era antes. Por qué entre las batallas ganadas por el feminismo no incluimos la de dejar descansar a las madres recién estrenadas. Un bebé da la misma ternura con dos días que con dos semanas. Consintamos que la nueva familia se acostumbre a esta nueva etapa, dejemos a la nueva madre que recupere la dignidad y acabemos con la retahíla de "aprovecha que pasa muy rápido", "duerme cuando el bebé duerma" o "el mío nunca ha usado chupete".
Vuelta al gimnasio
Unas semanas más tarde, cuando me iba sintiendo algo segura y el bebé me dejaba descansar los brazos un par de horas al día, intentaba encontrar una excusa para quitarme el pijama de una vez por todas y salir a la calle. "Tienes que relacionarte con mujeres que estén en tu misma situación", me aconsejaron. Y eso hice. Encontré un club de gimnasia para madres en postparto muy exclusivo al que podías ir con tu bebé y pagué un dineral por experiencias cercanas al ahogamiento.
Allí descubrí la tortura de los hipopresivos: "meted tripa, abrid costillas, soltad aire y dejad de respirar", nos decían. Nosotras apretábamos nuestros vientres flácidos, contraíamos el suelo pélvico y aguantábamos hasta alcanzar un color morado. Yo hacía todo lo que podía por integrarme y hacer amigas, pero con esa falta de aire no era capaz de hablar.
Un día escuché que planeaban salir de fiesta y dije, ésta es la mía, en un bar con un par de copas será más fácil compartir penas y socializar. Pregunté a una de las organizadoras y me dijo que tenía toda la información en el grupo de Whatsapp. Le rogué que por favor me metiese, la maternidad es tan solitaria que un grupo de Whatsapp no suena a castigo sino a planazo, y me contestó que costaba 50 euros entrar. Decidí dejar el club. Una cosa es darse un capricho y otra aceptar un atraco a mano armada.
Ahora, el suelo pélvico...
Continué la recuperación con una fisioterapeuta. Yo creía que con la revisión ginecológica del postparto se habían acabado los tocamientos. Me equivocaba, me quedaba el suelo pélvico. Nadie me había contado que iba a tener que contraer durante horas todos los músculos de alrededor de la vagina con los dedos de una desconocida dentro. "Ahora meto uno, ahora meto dos, ahora los abro y tú haces fuerza y me los cierras", me indicaba la especialista.
Una vez que tuvimos los dedos bajo control pasamos a la etapa superior. Con una sonda inalámbrica ahí metida y conectada a un móvil entrenábamos con videojuegos. El más duro era el de mover apretando bien la sonda un muñequito que tenía que descargar un camión. Descargaba una silla, descargaba una cocina pero por mucha fuerza vaginal/anal que hiciese se me caía la nevera a mitad de camino.
Hacía los ejercicios viendo la tele, en el transporte público o en la cola del supermercado. Ahí donde tuviese dos segundos yo iba apretando el suelo pélvico, cambiando de intensidad, intercalando intervalos... La gente que me rodeaba no sabía el esfuerzo sobrehumano que yo estaba haciendo con todos los músculos de ahí abajo durante mis actividades cotidianas.
Un final feliz
Con mucho esfuerzo conseguí un suelo pélvico de hierro, algunas víctimas con las que tomar cafés que escuchaban mis ansiedades y controlar esos llantos provocados por los cólicos (los del bebé y los míos, porque solíamos llorar juntos). Con el tiempo aprendí a conducir un carrito de bebé en la selva urbana, a dar biberones y cambiar pañales en cualquier sitio, a imponerme una rutina diaria.
Dejé de comprar manuales para ser la madre perfecta y me dejé llevar por mi propia experiencia. Me di tiempo para asumir los cambios y me consentí ciertos caprichos para hacerlos más llevaderos. Pero esto no lo aprendí en ningún curso, ni siquiera en los de pago que me vendieron por Instagram. En el postparto he sido muchas cosas, pero sobre todo autodidacta.
