No han dado aún las once de la mañana y Manuel del Pino (él prefiere que le llamemos Manolo) ya está frente a la verja que separa La Línea de la Concepción y Gibraltar. Bajo la alargada sombra del peñón su coche enfila el control fronterizo en el que ha empezado a formarse una cola que amenaza con convertirse en tapón. No entra a trabajar hasta la una de la tarde, pero cada día, desde hace 20 años, sale de su casa, en la cercana localidad de Algeciras, dos horas antes. Por si acaso. Porque lo de las colas en la frontera es una lotería imposible de predecir, aunque hay alguna certeza, como que a las horas punta de entrada y salida del trabajo el atasco está asegurado.
Manolo es camarero en Gibraltar desde hace dos décadas y desde hace dos años sirve las mesas en The Tunnel, en uno de los restaurantes que se apiñan en Casemates Square, la plaza principal de la colonia. Él es uno de los aproximadamente 15.000 trabajadores (contabilizados en un registro del gobierno gibraltareño) que cada día cruzan la verja para trabajar en el peñón, la mayoría, unos 11.000, desde La Línea de la Concepción, un municipio unido a Gibraltar por el cordón umbilical de la economía y, al mismo tiempo, el que más sufre el efecto de la separación que representa la reja metálica clavada en mitad de la lengua de tierra por la que se pasa de España a territorio bajo la Union Jack.
Hasta seis ha tardado alguna vez Manolo en cruzar esa frontera que espera que algún día desaparezca. No sabe si será pronto merced a un acuerdo entre el Reino Unido y España y la Unión Europea que en los despachos a uno y otro lado del Canal de la Mancha se ve próximo, cerca como nunca antes lo había estado desde aquel amargo despertar del referéndum del Brexit en 2016. «No me fío nada de los políticos», dice este camarero poco o nada interesado en la alta política que se cuece en Madrid, Londres o Bruselas. Lo que le preocupa es que pueda llegar a su puesto de trabajo a tiempo cada mañana y lo que le empieza a quitar el sueño es su cada vez más cercana jubilación. A sus 61 años acaricia el retiro y, al mismo tiempo, una ruina económica, ya que cobraría una pensión de poco más de 200 euros si no se arregla, en esos despachos, la desigualdad de los españoles que trabajan en Gibraltar, que no reciben el complemento del gobierno gibraltareño con el que los llanitos (los habitantes de la roca) alcanzan una paga digna.
A Manolo aún le quedan unos años, dos al menos, para enfrentarse a ese problema pero, cuenta, sentado en la terraza del bar donde trabaja, que a un compañero suyo, ya retirado, le ha quedado una paga que no llega ni a los 200 euros y que, encima, le ingresan cada tres meses. «Eso me preocupa, después de estar trabajando desde los 14 años y con dos hijas que tengo», apunta.
Éste es uno de los flecos que tienen que quedar atados en el acuerdo post Brexit que desde hace años se discute en una negociación que ha discurrido a trancas y barrancas, con acelerones, frenazos bruscos, largos períodos de parálisis y que se ha asomado, más de una vez, al abismo del no deal, el no acuerdo. Y siempre, como no se cansa de criticar el alcalde de La Línea de la Concepción, Juan Franco, en el oscurantismo más completo.
Quejas de oscurantismo
«No sabemos nada», se lamenta, pese a que los linenses se la juegan, como nadie, en la mesa de negociación a la que no están invitados. Precisamente, tras mucho pedirlo, Franco y los otros alcaldes de la comarca, además de un representante de la Junta de Andalucía, han sido convocados el próximo lunes por el ministro Albares para, se supone, conocer por dónde va la negociación.
En la Línea de la Concepción tienen marcado a fuego en la memoria y en la piel lo que significa un cierre total de la frontera. Desde 1969 hasta finales de 1982, la verja que les separa de Gibraltar estuvo cerrada a cal y canto y eso, recuerda su alcalde, hundió a la población. No solo en términos económicos, sino incluso demográficos. Antes del cerrojazo La Línea tenía 75.000 habitantes (más una población flotante de 15.000) y ni siquiera ahora ha recuperado esos niveles, con algo más de 63.000 vecinos censados más otros 8.000 flotantes. La abuela de Franco, costurera en Gibraltar, se quedó sin trabajo, aunque en la colonia también se sintió el terremoto. Se quedaron sin mecánicos y hasta sin panaderos, tuvieron que importar el pan y mano de obra marroquí.
Además de los 11.000 vecinos que cobran su sueldo, directamente, de Gibraltar, un tercio de las ventas de las empresas del pueblo las hacen al otro lado de la frontera. La dependencia es aún mayor si se tiene en cuenta que en apenas unos metros el PIB pasa de los 25.168 euros por habitantes en La Línea a casi 80.000 en la colonia, en el tercer puesto mundial en riqueza. Mientras en Gibraltar el desempleo es un mito, en La Línea el paro supera el 29%.
De las abismales diferencias económicas según el lado de la frontera en el que se esté sabe mucho Carlos Fenoy, como presidente de la Cámara de Comercio del Campo de Gibraltar y, además, como empresario. Tiene una empresa de muebles en Algeciras y desde que el Brexit se consumó prácticamente no ha vendido ni una silla en zona gibraltareña. No es que, explica, antes tuviese mucho negocio en la colonia, pero la salida de la Unión Europea del Reino Unido ha lastrado definitivamente lo poco que había.
Fenoy cuenta que vender un mueble a un vecino de Gibraltar es, en todos los sentidos, una exportación y que el sofá (o lo que sea) pueda acabar convirtiéndose en una pesadilla si, por poner un ejemplo, llega con algún desperfecto y hay que proceder a su devolución.
Esos escollos podrían relajarse, dice, si sale adelante un acuerdo completo que acabe con la aduana comercial y permitiese que la economía gibraltareña, con toda su pujanza, se integrase en la comarca. «Se eliminarían los recelos de Gibraltar para invertir», apunta.
En cualquier caso, Fenoy tiene muy claro que la enorme distancia económica que les separa de Gibraltar (la física es ridícula) es consecuencia directa, sobre todo, del abandono histórico que ha sufrido el Campo de Gibraltar por parte de los sucesivos gobiernos nacionales. La zona, se lamenta, es «estratégica» pero «carece de un soporte mínimo» en forma de inversiones o infraestructura. Sobre la posibilidad de que el acuerdo, esta vez sí, se consume, es tan escéptico como el que más y advierte de que, en contra de lo que sostienen en el peñón, allí tienen más que perder. «Sería peor para ellos», señala rotundo.
Da la impresión de que en ninguno de los dos lados han calado los mensajes optimistas lanzados en las últimas semanas tanto por el ministro de Exteriores español, José Manuel Albares, como por el ministro principal de la colonia, Fabián Picardo, tras la última reunión con la Comisión Europea en Bruselas. Éste llegó a afirmar que el pacto estaba a la distancia «de un beso», pero ni siquiera sus paisanos llanitos se lo terminan de creer.
En inglés, en español o en llanito (el spanglish que se puede escuchar en la colonia), la desconfianza y el recelo tiene un significado común.
«Estamos todos un poco hartos de estar esperando tanto tiempo», se queja John Isola, presidente de la Cámara de Comercio de Gibraltar, quien pone especial énfasis en los beneficios que tendría un pacto global que incluya, entre otros aspectos, una potenciación del aeropuerto gibraltareño, uno de los principales puntos de fricción.
Eso sí, en contra de lo que dice su colega del otro lado de la verja, sostiene que Gibraltar, con un Brexit duro, tiene menos que perder que la comarca a la que da nombre. Se basa, entre otras cosas, en un informe encargado en 2015 por la Cámara que preside y que cifraba el impacto económico de la colonia en la comarca en un 25%.
El tratado, dice el empresario gibraltareño William Aninidjar Serfaty, "es necesario", que añade que "estamos todos esperando noticias". Directivo de un gran concesionario de coches en la colonia, a sus 80 años ha vivido todos los altibajos, desde el cierre total al Brexit pasando por la integración europea y, destaca, Gibraltar "ha sobrevivido". Lo peor, resalta, de todo esto es la incertidumbre, convertida en rutina en el peñón.
Es martes y el Royal Gibraltar Regiment, el destacamento del ejército británico que "defiende" Gibraltar, ha tomado Main Street, la calle principal que comparten las mejores tiendas y las sedes oficiales, pero nada tiene que ver con el Brexit o la frontera. Los soldados gibraltareños recaudan fondos mientras hacen demostraciones a los turistas, una prueba de que incluso se aprende a vivir con la incertidumbre.
En Jury's, uno de los restaurantes de la calle, cerca ya del despacho oficial de Picardo, Álex, su manager, cuenta que los empleados "hablamos del acuerdo, nos preocupa", pero no les quita el sueño.
Tras ocho años, en la colonia casi se han acostumbrado a vivir en un limbo de provisionalidad en el que la opción de un Brexit radical ni se atisba ni se imagina.





