Apenas cuatro kilómetros separan a María José, linense, de Mari Carmen, llanita. A pie, esa distancia se recorre en aproximadamente veinte minutos y en coche, algo menos. Pero en medio está la verja que desde el siglo pasado impide el ir y venir libremente desde La Línea de la Concepción a Gibraltar.
María José tiene 49 años y desde los 16 trabaja en el Peñón, en la hostelería. Mari Carmen tiene 62 años, es from Gibraltar y sufrió en sus propias carnes el cierre total de la reja que decretó el dictador Francisco Franco en 1969.
María José atraviesa cada día la verja, al menos, dos veces. Una para entrar a Gibraltar y otra para volver a su casa, cuando termina su jornada laboral. Mari Carmen la traspasa lo justo y siempre que no haya colas, aunque la razón última tiene más que ver con el desgarro que para su familia supuso dejar su casa en La Línea -eran gibraltareños pero vivían al otro lado- y el aislamiento forzado en la roca. "Nos cortaron hasta el oxígeno de los hospitales", recuerda aún con dolor.
Pese a la distancia, María José y Mari Carmen coinciden en mostrar sus recelos sobre el acuerdo alcanzado entre la Unión Europea y el Reino Unido, acogido a ambos lados de la verja -que condena a corto plazo- con un optimismo cauteloso, con poco entusiasmo y mucha incertidumbre. "Hay que mirar la letra pequeña", dice la primera. "Hasta que se firme no se puede saber", afirma la segunda.
En La Línea de la Concepción se ha despejado uno de los nubarrones que amenazaban a su población hasta hoy, con la garantía del acuerdo de permitir la libre circulación de personas entre los dos lados de la frontera. Cada día 15.000 trabajadores la cruzan y 11.000 son vecinos de La Línea y de algunos pueblos del entorno. Pero el futuro de esos trabajadores y el presente de quienes lo fueron, la jubilación, preocupa y mucho.
María José calcula que, cuando se jubile, le quedará una paga de alrededor de 250 libras, más una cantidad similar gracias al plan de pensiones que paga, religiosamente, cada mes. Su caso puede servir para ilustrar la situación de la mayoría de quienes trabajan al otro lado de la verja, con una expectativa de jubilación que, de media, no pasa de los mil euros al cambio y siempre que se hayan asegurado algún tipo de complemento, como María José con su plan de pensiones. Por contraposición, un residente en el Peñón cobrará, al menos, un 50% más porque el gobierno de la colonia se encarga de mejorar la paga.
A Mari Carmen no es eso lo que le preocupa porque ella, y su familia, son llanitos con pasaporte británico y los privilegios que eso implica. Lo que teme es "lo que pueda venir" una vez que desaparezca la valla y, con ella, los controles de entrada y salida. A la puerta de la casa de su familia en Main Street -la principal arteria de la colonia- alude a "los tiroteos y ajustes de cuentas" que, dice, se suceden en la cercana Costa del Sol. Su marido, precisamente, es funcionario de Gibraltar y se encarga, al menos por ahora, del control de la frontera.
Tampoco está del todo claro lo que sucederá con la fiscalidad, con diferencias abismales según se esté a uno u otro lado de la frontera. Bhisham, empresario del comercio en Gibraltar, es consciente y aventura "cambios por venir", pero por encima de todo subraya el cambio radical que va a suponer el acuerdo para sus 40 empleados, "el 99% son de La Línea", que ya no tendrán que temer colas de dos y hasta tres horas para llegar al trabajo o a sus casas.
Bhisham, que nació en India pero que lleva en Gibraltar desde que tenía 4 años, incide en que cualquier cambio "trae muchas preguntas" y eso, ahora mismo, añade, al no tener respuestas claras, "trae miedo".
El acuerdo alcanzado por los ministros David Lammy y José Manuel Albares y el comisario europeo Maros Sefcovic -en cuyas negociaciones el gobierno de Gibraltar ha estado presente- no despeja todas las incógnitas, pero estos días se respira un aire algo diferente en torno a la verja. Como más relajado.
Cuando EL MUNDO la cruza, poco antes del mediodía, la circulación es fluida y los controles mas bien escasos, tanto en el punto de vigilancia gibraltareño como en el español. Es lo que tiene, probablemente, saber que las garitas y las alambradas tienen los días contados.
Porque, a pesar de las preguntas sin responder aún, a nadie se le escapa el carácter histórico del momento y el punto de inflexión que puede suponer la desaparición de esa cicatriz cosida al trozo de tierra que une el istmo con el resto de la península. Será, cuando suceda, la caída del último muro interno que queda en Europa y ya hay quien propone que se preserve una parte al menos, como testimonio del pasado como se hizo en Berlín con algunos trozos del hormigonado que dividió, durante décadas, la capital alemana.
Al alcalde de La Línea de la Concepción, Juan Franco, también le preocupa lo que vaya a pasar con las pensiones y, de hecho, era uno de los temas que llevó a la reunión convocada en Madrid este viernes por el ministro de Exteriores Albares. Pero no es lo único que le inquieta.
Que el pacto es positivo no lo pone en duda el regidor linense, pero tampoco echa las campanas al vuelo. "Estábamos en la UCI antes del acuerdo y ahora hemos pasado a planta", resume con una metáfora sanitaria. A Franco le preocupa, entre otras cosas, que el precio de la vivienda en su municipio -con una de las rentas más bajas de España- se dispare cuando caiga la Verja y los llanitos -con un poder adquisitivo muchísimo mayor- puedan comprar donde se les antoje. Como también le preocupa la falta de infraestructuras impida a su pueblo absorber tanto trasiego. O que el plan de ordenación urbanística, que se acaba de aprobar, quede ya desfasado.
"Que piensen en nosotros", dice María José, resumiendo en una sola todas las reivindicaciones y en una respuesta a todas las preguntas.


