BELÉN LÓPEZ
Espectáculo: Estreno en Andalucía de 'Latidos', de la Compañía de Belén López / Baile: Belén López, Dani Caballero, Nerea Carrasco y Rapico / Cante: Rafita de Madrid, Eleazar Cerreduela, El Calli y Juañarito / Guitarra: Jerónimo Maya y Carlos Jiménez / Percusión: Rafael Jiménez alias El Chispas / Flauta y saxo: Jesús Montoya / / Dirección: Belén López / Colaboración especial al baile: Sandra Jiménez / Voz en off: Mona Martínez / Producción ejecutiva: IFI Jerez / Lugar y fecha: Teatro Villamarta. 1 de marzo de 2026
CALIFICACIÓN: *
Nuevo desembarco de montajes ya estrenados en los Teatros del Canal, de Madrid, concretamente el de la Compañía Belén López, que lo dio a conocer el 6 de abril de 2024 y que, con casi dos años de retraso, hace tierra en Jerez con 'Latidos', donde la bailaora tarraconense se enfrenta al miedo como una de las emociones humanas más primitivas para desembocar en la luz de la esperanza.
La liberación del miedo desde lo que no podemos ver o comprender, es introducirnos en el ser o no ser y, por tanto, en una disciplina filosófica que se llama metafísica. O si se prefiere, se invita al espectador al imaginario escénico y que éste se postule cómo la relación con la abstracción permite una lectura personal y particular del acto dancístico, es decir, que sea el público el que interprete y, por tanto, interiorice la obra.
Difícil envite para un formato que nos retrotrae a las puestas en escena del Joaquín Cortés de los años noventa del pasado siglo. Y todo para explorar una forma de expresión y de representación de la realidad que se llama baile flamenco, que como arte ha de terminar con la representación del cante o la instrumentación, mantenerse lo más cerca posible del dinamismo vital, y no someter al público a los golpes de miocardio.
Despojados de toda metafísica cardíaca, 'Latidos' pone al descubierto a una bailaora de primera a la que le sobran libretos y liberarse, por tanto, de las exigencias teatrales contemporáneas y del ensordecedor potencial sonoro del atrás, al menos si quiere que el espectador disfrute de su baile al máximo, porque ella es el baile mismo, una flamenca de marcados contrastes, muy apreciada por su virilidad y recursos, pero con un argumentario de escaso resultado.
Verbigracia. Desde la presentación, todo es efectismo puro para el aplauso fácil, y da lo mismo que sean bulerías, zapateado, seguiriya o la milonga a ritmo de Nerea Carrasco. Así que hubo que esperar al taranto de la protagonista, en el que sí mostró que es una expansiva proyección del cante, abordado con buen criterio dramatúrgico, y con una viva articulación rítmica, o el ritmo por seguiriya que imprimió Rapico a la tonada y el romance portuense, que los ejecutó con replantes perfectos, pero de amplias tendencias al zapateado atronador y a esos cortes tan abusivos que restan rango a la propuesta.
López meditó, además, sobre la danza clásica en un paso a dos con relieves suaves y gestos reducidos, pero involucrando cada parte del cuerpo, por lo que su expresión denota el elevado nivel técnico, conociendo las secuencias desde la memorización de la música, que no desde la rigidez, con gestos muy controlados, de escuadra y cartabón, y cayendo, por tanto, en lo plano y estilizado.
Resalto, mismamente, los chasquidos con los dedos de Dani Caballero, pero sucumbe en el paso a dos con zapatazos, cuando el baile ha de concebirse en tono apacible, resaltando los diálogos con el compañero o con el grupo acompañante, conformando, como cuando quisieron imitar a Mario Maya y El Güito en Torres Bermeja, una encrucijada entre lo apolíneo y la percepción de lo imaginario, y describiendo la crisolada atracción por la música y su traducción del ritmo, el virtuosismo y el colorido escénico.
Hay versatilidad también en los guiños, como cuando López, en el paso a dos por farruca con Sandra Jiménez, remeda a Blanca del Rey en el manejo del mantón, antesala de un paso a tres que demanda revisión coreográfica, dado que en nada favorece al arco escénico que proyecta el montaje, donde las disposiciones y concentraciones cambiantes entretejen un fluido torrente de bailes, pero de escaso rango narrativo.
Y vuelta al sonido extremadamente intenso en otro paso a tres a ritmo de seguiriyas por bulerías, o el enmarcado de los tangos, conjunto que nos lleva a pensar que se diseñan unas palpitaciones que no nos llevan a la emoción natural del miedo, sino al temor de que así es imposible que el espectador amante del baile pueda atisbar los matices y sutiles detalles de las tensiones que le provoca la luz del optimismo, la esperanza.
Obvio es señalar, a modo de conclusión, que para poder crecer y formar parte de la programación teatral de este tiempo convulso, hay que imaginar y descubrir nuevos mundos, todos ficticios, pero eso no incluye la pérdida de la identidad. El miedo es la incertidumbre que surge al cuestionar lo que realmente somos, una emoción adquirida que no puede al artista caer en el proceso cognitivo que le cuestione la propia existencia.
Y decimos esto porque la bailaora del tarraconense barrio de Buenavista, aunque formada en Madrid, no necesita de libretos para llenar la escena, pues su baile es el mejor catalizador para hablarnos de tú a tú y romper la pared de los miedos.
