CATALUÑA
Crítica de Flamenco

El cante proteico de Jesús Méndez

El cantaor jerezano actúo el jueves 2 de octubre, acompañado al toque por Pepe del Morao, en la asociación flamenca El Dorado de Barcelona

Jesús Méndes y Pepe del Morao
Jesús Méndes y Pepe del MoraoFoto: El Mundo
Actualizado

Barcelona ofrece raras ocasiones para disfrutar de un buen concierto de flamenco, descartados los múltiples espectáculos, generalmente ramplones, dirigidos al turisteo.

El Dorado constituye uno de los escasos espacios en los que, con periodicidad quinquenal, se ofrece una programación que pretende dar cuenta de lo que el mundo del flamenco puede ofrecer en la actualidad. Y lo que ofrece la actualidad flamenca, si de cante se trata, es cualitativamente poca cosa, a poco que nos paremos a distinguir las voces de los ecos. La noche del pasado jueves gozamos de la rara fortuna de escuchar en directo a una de esas raras -por infrecuentes- voces.

El cante de Jesús Méndez parece ir evolucionando, desde los cantes de esencias netamente jerezanos, hacia una insobornable búsqueda de nuevos caminos expresivos que, sin entrar en contradicción ni con sus herencias familiares (es sobrino de la Paquera de Jerez, a la que ya homenajeó en un disco), ni con sus herencias jerezanas (es un espléndido intérprete de los cantes de la Plazuela y de los cantes festeros de Santiago), ni con lo mucho aprendido de los grandes maestros (Mairena y Caracol, entre otros tantos) demuestra que es posible abrir nuevos caminos en el cante sin necesidad de hacer exhibiciones de hueras iconoclastias levantinas.

Acompañado a la guitarra por el también jerezano Pepe del Morao, Jesús Méndez ofreció una muestra de su personal manera de entender el cante, dentro de una estética que se aleja de las maneras propias de algunas de las figuras legendarias -y algunas no muy lejanas en el tiempo- del cante gitano de Jerez, maneras que podríamos resumir brevemente en una acusada explosividad expresiva en la que la melodía y la afinación quedan subordinadas al quejío, una tendencia exacerbada al "pathos", quizá inevitable consecuencia de la vida bohemia -a veces al filo de la navaja- y un gusto por el llamado cante de inspiración, que, siguiendo el tópico literario del duende, no siempre aparece.

Jesús Méndez, más apolíneo que dionisíaco, ha optado por dotar su cante de una nitidez melódica y de un equilibrio en el que combina con mesura la delicadeza del fraseo con una voz que sabe quebrarse cuando el clímax del cante lo requiere, pero sin abusar de efectismos dramáticos ni excesivos aspavientos. Con ello, el cante se vuelve más rico tanto en cromatismo como en armonía.

Así lo demostró en su recital en el Dorado, tanto en su cante por alegrías, de corte clásico y sabor gaditano, como en los tientos-tangos, en los que la morosidad expresiva de los tientos, sabiamente acompañados por el toque pastueño de Pepe del Morao, dio paso a unos tangos sobrados de compás. Y sobre todo en el cante por bulerías, en el que supo entreverar las clásicas letras de bulerías cortas de Jerez con unos cantes más melódicos y de más largo aliento.

Cabe destacar de estas bulerías el compás y el rasgueo de Pepe del Morao, signo y herencia inconfundible de la saga de los Morao, así como los ligados flamenquísimos del inolvidable Moraíto chico que Pepe consiguió evocar con su toque.

En las dos malagueñas y en las cinco tandas de soleares Jesús Méndez volvió a demostrar que es un cantaor largo, que domina los más diversos estilos en sus diversas variantes, y que posee la madurez y la sabiduría interpretativa para hacerlos suyos y para que nos sigan emocionando.