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Su vida se había frenado en seco dos semanas atrás. El miedo había tomado las riendas e invadía su cuerpo y su mente desde que su hijo intentó suicidarse. El profesional que la atendía le hablaba, le explicaba la importancia de crear un plan de seguridad, pero ella estaba aún en shock, ausente, reviviendo una y otra vez una de las experiencias más traumáticas que una madre puede sufrir.
"No me hacía caso y entonces llega un momento en que le pregunto, "¿pero tú estás bien?. Y me dice, "¿Pero cómo quieres que esté?"... Quien la escuchaba es José Eduardo Rodríguez Otero, psicólogo clínico de la Unidad Intensiva de Conducta Suicida que nació hace cinco años en Vigo. Desde entonces ha atendido a 700 personas en riesgo de suicidio y a sus familiares. Ésta es una de las escasas puertas de entrada que existen en España a un espacio seguro donde también se ofrece apoyo especializado a familiares para que puedan comprenden mejor las crisis por conducta suicida, aprender a acompañar a sus seres queridos y donde son atendidas sus propias necesidades para que no se sientan desbordados y desamparados, como ocurre en la mayoría de hogares que conviven con el dolor y la desesperanza más profunda.
El código postal en España condiciona la atención que recibe tras una crisis tanto la persona en riesgo como su entorno más cercano. Galicia puso en marcha en 2009 en Ourense la primera unidad especializada de la región y posteriormente, en 2021, ese modelo de trabajo se fue extendiendo al resto de provincias hasta abarcar las siete áreas sanitarias. En Andalucía nació en 2017 la Unidad Cicerón de la Costa del Sol (Málaga), hasta ahora la única que existe. Su impulsor, el psicólogo clínico Miguel Guerrero, actual coordinador del plan de prevención del suicidio autonómico, trabaja para ampliar esa red de detección, intervención y posvención a toda la comunidad autónoma. Ese mismo camino ha emprendido La Rioja, cuyo Gobierno ha impulsado, con fondos autonómicos y del Plan de Acción estatal, la creación en 2026 del centro ConectaSuic, que atenderá las necesidades psicológicas y sociales de personas en situación de vulnerabilidad y también a sus familias.
Estos recursos, especializados y que ofrecen una atención integral a los pacientes, son aún excepcionales en España pese a haber demostrado su eficacia. En el caso de Vigo acceden a él personas mayores de 16 años derivadas por un profesional de Urgencias o de las Unidades de Salud Metal de un hospital o las hospitalizaciones psiquiátricas o de otra especialidad. La enfermera realiza el triaje en un plazo máximo de quince días y si la persona cumple con los criterios de acceso se le da una primera cita en dos semanas habitualmente. La intervención dura de media seis meses con sesiones que empiezan siendo semanales pero se van espaciando cuando la situación mejora. En caso de crisis se vuelve a atender con mayor regularidad.
"En España, los familiares de personas en riesgo suicida no están recibiendo un apoyo adecuado ni suficiente"
En Cicerón, proyecto de colaboración entre la Unidad de Gestión Clínica de Salud Mental del Hospital Universitario Virgen de la Victoria (HUVV) y el Hospital Universitario Costa del Sol (HUCS), son atendidas personas adultas que han intentado quitarse la vida, que lo han pensado y supervivientes, familiares en duelo por suicidio, un colectivo especialmente vulnerable. En un plazo de entre 48 y 72 horas desde la atención en Urgencias se contacta con el paciente y en una semana se da cita con el psicólogo especializado. El trabajo, que se desarrolla durante un año, está orientado a los usuarios y a sus familias para que cada paso y cada decisión perciban que es su vida y necesidades las que están en el centro, que son vistos desde una dimensión humana y su dolor importa. En ocho años se ha atendido a 748 pacientes de alto riesgo de suicidio.
"En España, los familiares de personas en riesgo suicida no están recibiendo un apoyo adecuado ni suficiente. No se trata de falta de voluntad por parte de los profesionales, sino de un sistema que sigue pensado para apagar incendios en lugar de acompañar procesos largos, complejos y emocionalmente devastadores. Las familias llegan tarde, agotadas, confundidas y muchas veces culpabilizadas, sin una orientación clara y sin un espacio donde puedan comprender qué está ocurriendo y qué pueden hacer sin poner más peso del que ya llevan", lamenta Guerrero.
"El problema es esencialmente estructural", advierte, porque "no existe un circuito asistencial reconocible para ellas, no hay una puerta de entrada accesible ni dispositivos estables donde puedan recibir apoyo y formación básica". La responsabilidad del acompañamiento acaba quedando en manos de su propia capacidad para sostener situaciones que "ninguna familia debería afrontar en soledad" y supone una "delegación tácita del cuidado ineficaz, injusta y éticamente inaceptable".
Acompañar a las familias es esencial para sostener el proceso de recuperación tras una crisis suicida. Desde el primer contacto se les ofrece un "espacio seguro donde puedan ordenar lo vivido, entender qué significa una conducta suicida y adquirir herramientas básicas para acompañar sin sentirse desbordadas". La intervención es flexible y se adapta a cada situación, combinando sesiones individuales "cuando se necesita intimidad" y sesiones conjuntas cuando es importante "reconstruir la comunicación interna de la familia, siempre con un enfoque claro de alivio, orientación y contención". "El objetivo final es que la familia salga menos sola, más informada y con un camino claro que dé continuidad al cuidado tras la crisis", explica.
Y tú, "¿qué tal estás?"
Pensar en la muerte es un doloroso viaje interior que se suele transitar en silencio. Ni siquiera la familia muchas veces intuye la gravedad de lo que ocurre. El estigma, el miedo a hablar y/o a escuchar sobre suicidio, roba oportunidades para pedir y ofrecer ayuda. Es un intento o un momento de crisis en el que se exprese el deseo de desaparecer lo que hace que el sufrimiento se muestre con toda su crudeza como una onda expansiva que arrastra a todo el entorno. Y entonces los familiares se convierten, mientras luchan contra su propio miedo, vergüenza o culpa, en los pilares que sostienen. Y lo hacen habitualmente sin apoyo profesional que les oriente, sin comprensión social por el tabú que aún existe y sin ayuda psicológica para afrontar una situación traumática que ha quebrado su propia vida.
"Una de las primeras cosas que se hacen con los familiares es entender cómo lo están pasando, cómo se sienten, en qué piensan"
Profesionales como Guerrero o Rodríguez Otero les brindan espacios de cuidado donde reconstruirse para poder proteger. "Una de las primeras cosas que se hacen con los familiares es entender cómo lo están pasando, cómo se sienten, en qué piensan. Le dan muchas vueltas a lo ocurrido", explica José Eduardo Rodríguez Otero. Y ahí suelen estar, omnipresentes sin compasión, el miedo y la culpa. Por eso cuando tiene frente a él a alguno de ellos lo primero que les pregunta es "¿qué tal estás?" y se pone a su disposición para responder a cualquier duda o ofrecerle escucha cuando surja la necesidad.
"Las familias y los amigos no suelen tener recursos para afrontar estas situaciones porque uno no espera que esto le suceda y no está preparado para ello, explica la psicóloga Magdalena Pérez, responsable del proyecto ConectaSuic en La Rioja.
"Las familias y los amigos no suelen tener recursos para afrontar estas situaciones porque uno no espera que esto le suceda"
Esta profesional lleva acompañando más de 20 años a familias que quieren ayudar a un ser querido que piensa en el suicidio a encontrar juntos otra salida a ese sufrimiento extremo. Primero a través del Teléfono de la Esperanza (717 00 37 17), donde ha sido responsable del área de prevención del suicidio hasta hace apenas unos meses y ahora en el ámbito de la administración pública. Es el 'alma mater' de ConectaSuic, el proyecto impulsado por el Gobierno de la Rioja, con fondos autonómicos y del Plan de Acción estatal, con el que se abrirá un espacio integral para cubrir las necesidades psicosociales de una persona que se encuentre en riesgo de suicidio y sus familiares y ampliará su red de apoyo hasta el ámbito comunitario.
Derruir mitos que dificultan la ayuda
La psicoeducación es uno de los primero pasos fundamentales para ofrecer al entorno una mirada diferente, rigurosa y alejada de creencias equivocadas de lo que es la conducta suicida para que así puedan acercarse al sufrimiento desprovistos de mitos y juicios que fomentan la incomprensión y dificultan la petición de ayuda. Es necesario que sepan, por ejemplo, que no siempre una persona que trata de quitarse la vida sufre un trastorno mental, que no es un acto egoísta, ni valiente, ni cobarde sino la expresión extrema de un sufrimiento que se cree insuperable.
Hablar de forma adecuada de suicidio protege, de ahí la enorme importancia de ayudarles a perder el miedo a preguntar sobre ello o a escuchar a un ser querido que quiere quitarse la vida. Lejos de lo que se piensa, hacerlo no solo no da ideas o impulsa al suicidio, sino que ofrece un espacio vital para el desahogo y abre la posibilidad de ofrecer ayuda. No es cierto tampoco que el que "lo dice no lo hace" o el que "lo hace no lo dice" o que es un "impulso que no se puede controlar". A veces, efectivamente lo es en el último momento, pero muchas veces es "algo que se está gestando y que forma parte de un proceso activo desde hace mucho tiempo", subraya Magdalena Pérez. Eso da la oportunidad de tener la mirada atenta a posibles señales y actuar a tiempo frente a una crisis.
"Tienen muchas preguntas: por qué lo hace, cómo funcionan las crisis, qué lo puede frenar...", detalla Rodríguez Otero. Él les suele hablar de los 'picos de sufrimiento' para que puedan comprender mejor el estado por el que atraviesa el familiar en crisis. Explica que se produce una 'visión en túnel', "un estrechamiento atencional" y hay una "obsesión" con el sufrimiento que no permite "ver más allá de eso" a pesar de "pueda haber una vida maravillosa y razones para vivir estupendas" y que al dolor extremo se suma la desesperanza, la 'certeza', equivocada, de que no hay otra salida, de que nada cambiará en el futuro. Ese dolor lo atraviesan sumidos en la ambivalencia, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Un acompañamiento adecuado como el que se realiza en Vigo, de seis meses, o en Málaga, de un año, puede ayudar a dirigir esa mirada hacia otros horizontes donde el dolor no sea la constante y redescubran motivos para seguir adelante. Uno de los más poderosos es el vínculo. Cuando es sano, no solo familiar sino también a nivel comunitario y social, es uno de los factores de protección más poderosos frente al suicidio.
Cuatro razones para vivir
José Eduardo Rodríguez Otero pregunta a diario a pacientes en Galicia sus razones para vivir. "Son cuatro", recuerda Rodríguez Otero citando a Craig J. Bryan, psicólogo clínico estadounidense y experto en Sucidiología y reafirmándolo con su propia experiencia clínica: familia, amigos, mascotas y deseos para el futuro, que a veces son deseos relacionales "como quiero ver crecer a esta gente o pretendo hacer esto con mis amigos".
Los familiares son claves para generar seguridad emocional pero también física. Tienen que saber qué hacer ante una situación de riesgo, conocer los recursos que tienen cerca, ir a Urgencias cuando sea necesario y tener muy presente la importancia de limitar el acceso a medios que pueden ser letales.
Son sus nombres y números de teléfonos los que aparecen habitualmente en el Plan de Seguridad que se elabora para actuar a tiempo y frenar una escalada del riesgo, pero para que se realice un acompañamiento adecuado es imprescindible el apoyo de un profesional que oriente y alivie una carga emocional que sobrepasa con frecuencia.
"De forma protocolizada, los familiares forman parte del plan de seguridad de su familiar en la propia consulta. Incluir a los familiares en él significa que participan de forma clara y guiada en reconocer señales de riesgo, acordar con la persona qué hacer cuando aparezcan y saber a qué recursos acudir para no improvisar, de modo que se convierten en una parte activa y protegida de la red que sostiene la recuperación y garantiza una respuesta rápida y coordinada tras la crisis", explica Guerrero.
Uno de los puntos del plan consiste en expresarle a alguien que está teniendo una crisis y "generalmente se lo cuentan a un familiar", subraya Rodríguez Otero. En ese momento tienen que ser capaces de contener emocionalmente a esa persona en la medida que puedan hasta que pueda recibir ayuda especializada por lo que se trabaja con ellos para que puedan "regularse" ante una situación que les "asusta" y que puedan ofrecer "escucha, validación y hacer una evaluación del riesgo". Hay casos en los que el miedo paraliza y lo recomendable es que ese familiar no figure en el plan de seguridad.
Magdalena Pérez defiende la necesidad de configurar al mismo tiempo que un plan de seguridad para el paciente, un plan de seguridad para la familia, pensado y elaborado, que recoja de forma clara qué circunstancias le pueden alertar de una posible crisis, por lo que dice o hace ese ser querido que lidia contra una angustia infinita, y los pasos qué dar para que reciba la ayuda que necesita.
Escuchar para proteger
Hay un verbo que se conjuga con el amor incondicional: escuchar. Aprender a hacerlo, ofrecerse a descubrir sin juicios las emociones, pensamientos y necesidades de otra persona, aunque duela, puede convertirse en un poderoso anclaje de vida. Es devastador saber que una persona a la que quieres desea morir pero hacerlo puede ser un primer paso para evitarlo.
"La mayoría de las personas no saben escuchar aunque crean que sí. Nos enseñan a hablar, leer, escribir, pero no a escuchar de forma activa, empática, comprensiva, una escucha que contenga, recoja, acoja y no juzgue. Cuando acompaño a una persona y a su entorno tengo que tener la garantía de que esa familia, esos amigos, saben escuchar de una manera que realmente ayude. Y éste es el mayor trabajo que tenemos que hacer. Enseñar a escuchar bien es una parte del trabajo esencial y, generalmente, la que más tiempo lleva, la más complicada, pero la más efectiva", explica.
Y en las complejas dinámicas familiares hay que lidiar no solo con el impacto que provoca ver el intenso dolor de un hijo al que creíamos haberle dado todo o una pareja que pensábamos que era feliz sino el torbellino emocional de la culpa, el miedo, la vergüenza, la sensación de fracaso o la impotencia que azotan el propio mundo interior. El que acompaña ha de estar regulado emocionalmente para poder sostener al otro y para ello es indispensable un acompañamiento profesional que no existe siempre.
"Cuando trabajo con las familias, trabajo con el sistema familiar, con cada miembro de la familia, porque cada uno tiene una vivencia o recursos diferentes. Algunos tendrán que trabajar más la culpa, otros la rabia o el miedo o la vergüenza social. Es importante conocer a todos y a cada uno de los miembros de la familia, para saber qué vinculación tienen entre ellos y con la persona en crisis con el fin de hacer un trabajo de consciencia personal que posibilite un trabajo más profundo, un acompañamiento más eficaz ", explica Magdalena Pérez.
Y escuchar también supone interactuar con la persona, porque cada palabra, cada mensaje que se da puede ayudar a proteger, a cuidar". No podemos poner la responsabilidad "total" en la familia pero es importante tener en cuenta que tanto la familia como los amigos son factores clave.
La familia protege pero también necesita protegerse, cuida y necesita cuidarse. Esta guía de acompañamiento "orienta para saber qué le va pasando a cada uno, como familia, qué miedos aparecen, qué recursos tenemos, cómo podemos manejarnos con esto y saber quién es la persona más adecuada en cada momento para intervenir, subraya. "Somos un equipo, nos vamos a apoyar y lo vamos a sacar adelante juntos", es el mensaje principal que dirige y une a la familia en un trance tan duro.
Cuidar sin caer en el control extremo
La orientación profesional también ayuda a saber cuándo hay que mantenerse alerta y no dejar sola a la persona y cuándo evitar la hipervigilancia o sobreprotección. "Al principio hay una escalada del control, por miedo o por la inestabilidad de la persona, pero cuando la situación mejora, hay un proceso de desescalada del control", explica Rodríguez Otero. Y éste es un "proceso terrible para los familiares".
Aquella misma madre que el primer día de consulta no podía atender a sus palabras vivió los "peores cinco minutos de su vida" cuando después de varias sesiones permitió a su hijo bajar a la calle por primera vez tras su intento de suicidio. Sabía que "tenía que soltar" pero sentía "pánico" de hacerlo. Este proceso de "desescalada" del control "es mucho más rápido de lo que le gustaría al familiar y mucho más lento de lo que le gustaría al paciente". Los dos tienen que comprenderlo. El primero que su familia "está asustada" y ésta que él o ella tienen que recuperar su "autonomía".
Hay ciertos aspectos que animan a pensar que la situación comienza a mejorar, que esos pensamientos de muerte han perdido peso en la vida de esa persona. A "grandes rasgos", explica Rodríguez Otero, se podría decir que hay quienes "van madurando" la idea del suicidio poco a poco y otras más "impulsivas". Cuando las primeras comienzan a "hablar de futuro, de razones para vivir, de deseos, cuando el verbalizan que el sufrimiento ya no les ahoga o desespera" o cuando las segundas tienen con menos frecuencia "la sensación de pérdida de control o se reduce la intensidad" puede entenderse que la intervención avanza de forma adecuada.
Hay un aspecto muy difícil de aceptar para las familias, explica Rodríguez Otero, que es asumir que no pueden tener "el control absoluto" de la situación. A veces ellos lo hacen "perfecto" y "no sale bien" y su ser querido vuelve a repetir el intento.
"En estos años he visto cientos de casos de personas que están viviendo un problema y creen que es tan grave que nadie les va a poder ayudar y les hemos ayudado. Tenemos que transmitir que para todos estos problemas tenemos métodos y tratamientos muy eficaces. Sabemos lo que tenemos que potenciar, lo que tenemos que corregir y existen muchos recursos también a nivel a nivel sanitario y/o farmacológico. Si en Nueva York que se está haciendo algo a la vanguardia y es buenísimo, al día siguiente lo estamos haciendo en Vigo", asegura.
Ser sostenidos para poder sostener
En ese espacio seguro también se trata de fomentar el autocuidado de los familiares, que se ven expuestos a situaciones de alto estrés emocional y un estado de incertidumbre y miedo casi constante. "Es imposible que dejen de preocuparse, que paren y se cuiden ellos" pero desde la unidad tratan de que no se recluyan en casa, que "sigan preocupándose" pero "en otro sitio, dando un paseo o tomándose un café", subraya José Eduardo Rodríguez Otero.
A pesar de estar viviendo el que posiblemente sea el peor momento de su vida, con un impacto emocional significativo, la mayoría de familias no reciben apoyo psicológico. "El Sistema Nacional de Salud no dispone de dispositivos específicos, no tiene capacidad para ofrecer atención a los allegados y sigue centrando sus recursos solo en la persona en crisis, lo que deja a las familias en una situación de desamparo que se normaliza como si fuera inevitable y cuando buscan ayuda por su cuenta descubren que solo puede acceder quien puede pagarlo y que incluso en la privada es difícil encontrar profesionales realmente formados en este campo, de modo que el acompañamiento emocional acaba dependiendo más del azar (por ejemplo, conocer a alguna persona de referencia y tener su contacto en el móvil) o del nivel socioeconómico, que de un derecho garantizado por el sistema de salud, algo que es insostenible ética y clínicamente", lamenta Guerrero.
La mirada de estos profesionales, pese a ser todos especialistas del ámbito sanitario, va más allá de la dimensión clínica. Pensar en el suicidio o dar el paso de intentar quitarse la vida responde a múltiples factores de tipo social, cultural y/o económico además de aquellos de índole individual. Estas unidades constituyen no solo un espacio donde recibir apoyo psicológico para reconstruirse y reconectar con la vida sino también una oportunidad de acceder a otros recursos del sistema público que puedan resolver problemas de tipo económico y/o social que agravan la situación de vulnerabilidad. Psicólogos, psiquiatras y enfermeros trabajan de forma conjunta con trabajadores sociales o del tercer sector para tejer una red de apoyo que se extienda al ámbito comunitario.
Este modelo de trabajo, especializado e integral, es aún una excepción en España pese a su demostrada eficacia y la urgencia de dar una respuesta urgente a miles de personas que atraviesan un sufrimiento y a sus familias.
"La mejora urgente pasa por construir itinerarios claros donde la persona en riesgo y su entorno sepan a quién dirigirse y qué pueden esperar, por ofrecer espacios de apoyo breves, accesibles y coordinados que alivien la incertidumbre y por formar de manera específica a los equipos que trabajan en urgencias, salud mental y servicios sociales para integrar realmente a las familias en el proceso. Cuidar a quienes cuidan no es un añadido opcional sino una obligación ética si pretendemos reducir daño y proteger vidas", advierte Guerrero.
Intervenciones más respetuosas
Él trabaja en Andalucía por innovar y acercar los recursos a las "necesidades de las personas" y "no al revés" e impulsar alternativas a la hospitalización tradicional en pacientes en crisis suicida como "intervenciones intensivas en entornos comunitarios" que "pueden ser igual de seguras, menos traumáticas y más respetuosas con la vida cotidiana de la persona y su familia".
En Logroño, el edificio que se levantará en una zona en el casco antiguo abre un horizonte de esperanza. No es un hospital ni un centro de día, es un proyecto "atípico", con cuatro plantas dedicadas solo a la prevención del suicidio, que ofrecerá a lo largo de este año un espacio humanizado integrado en el sistema sanitario público para la atención integral de las personas en riesgo y sus familiares donde recibirán apoyo psicológico y/o psiquiátrico si así lo requieren pero donde sus necesidades serán atendidas desde un punto de vista integral, no solo sanitario. Si sufre algún problema de tipo social y/o económico (soledad no deseada, pobreza, maltrato...) se le ofrecerán los recursos adecuados para ayudarle a resolverlo y este trabajo en red se extenderá fuera de consulta al ámbito comunitario poniéndole en contacto con asociaciones locales y cercanas a su lugar de residencia. Magdalena Pérez prevé que los recursos y espacio específicos para familiares estén ya en marcha este mismo mes de enero cuando comience la derivación desde, de momento, tres centros de salud de atención primaria
En la planta 'sanitaria' está previsto que en 2027 hay un equipo con un psicólogo, un psiquiatra, un trabajador social y el equipo de enfermería. En esta planta se realizarán intervenciones intensivas y continuadas con personas y familias cuando ya ha habido un intento de suicidio, pero el resto serán plantas social-comunitarias. Y en una de ellas será más abierta, "podrá venir cualquier persona cuando lo necesite, se le va a escuchar, a acoger y ver qué necesita" y cómo se le puede brindar ayuda. En esas instalaciones, también trabajarán asociaciones ampliamente comprometidas con la prevención del suicidio como el Teléfono de la Esperanza o Color a la vida, que atiende a supervivientes, familiares de personas que han muerto por suicidio.
Actualmente, ya está activo el programa de seguimiento de personas que llaman a servicios de emergencias por temática suicida, con el fin de asegurarse de que la persona es derivada al recurso más adecuado.
Sentirse acompañado en el dolor abre siempre una oportunidad a la esperanza. "Los familiares se van bien si ven a la persona bien pero si ven que no está del todo bien o que hay cierta inestabilidad, se van preocupados" aunque "agradecidos" porque "hemos estado muy pendientes", explica Rodríguez Otero. Finalizada la intervención, seis meses en el caso de Vigo y un año en el de Málaga, posiblemente no tienen todas las respuestas que deseen y el miedo lata en la sombra, pero cuentan al menos con la certeza de que en medio la incertidumbre habrá una mano que les sostenga para poder seguir sosteniendo.
Este reportaje forma parte del proyecto 'Once vidas' impulsado por EL MUNDO para la prevención del suicidio, del que forman parte Rafael Álvarez, Yaiza Perera, Rebeca Yanke y Santiago Saiz.





