Estaban junto a Domenico cuando murió el sábado por la mañana: Anna, Elena, Federica y Simona, y ahora solo se dejan fotografiar de espaldas porque no quieren publicidad, sino contar qué ha sido vivir durante casi dos años el calvario de un niño valiente que lo dio todo de verdad por seguir viviendo.
Son las enfermeras de la unidad de cuidados intensivos del Monaldi y estaban allí el sábado por la mañana hacia las 9 cuando "la máquina -cuentan- se puso a cero y se detuvo, junto con la vida del niño". Ellas vieron ese cero aparecer de golpe en la consola de la ECMO, el pulmón y el corazón artificial que mantuvieron con vida al pequeño de Nola, hijo de Patrizia y Antonio, durante 61 días, después de que el 23 de diciembre fracasara el trasplante del corazón nuevo llegado de Bolzano pero quemado por el hielo seco.
"Y cuando apareció el cero, que indicaba que el flujo de sangre se había detenido, la máquina emitió un sonido como un bip largo... quién sabe durante cuántas noches ahora soñaremos con él".
"Llega el corazón nuevo"
Parecía una historia destinada a tener un final feliz, pero se reveló como una tragedia: "Pensad en la coincidencia -cuenta Elena B., 50 años, de Portici-. Siempre éramos nosotras, las de nuestro turno, la noche entre el 22 y el 23 de diciembre de hace dos años, las que recibíamos a Domenico cuando, siendo muy pequeño, con apenas cuatro meses, entró por primera vez en la unidad de cuidados intensivos. Así que cuando supimos que el corazón nuevo llegaría precisamente el 23 de diciembre, dos años después, pensamos que había algo del destino de por medio. Un destino propicio".
"Sí, estábamos realmente contentas el pasado 23 de diciembre, cuando llevaron a Domenico al quirófano -cuenta Anna L., 42 años, de Torre Annunziata-. Recuerdo que él lloraba y yo le decía: vamos, no llores Domenico, que dentro de poco tendrás un corazón nuevo...".
El sábado por la mañana, las cuatro se reunieron alrededor de su camita junto a los padres, a don Alfredo el capellán, al cardenal Mimmo Battaglia y a la perfusionista Virginia para rezar todos juntos en voz muy baja el padrenuestro, cuando el niño exhaló el último suspiro. Se abrazaron y formaron como una cadena humana, todos alrededor del niño que acababa de irse.
"Parece una frase hecha, ¿no? Parece retórica -suspira Federica C., 27 años, de Nápoles-. Como cuando se dijo que Domenico quería vivir. Y, sin embargo, es la verdad. Porque ni siquiera os imagináis lo duro que es permanecer enganchado durante 61 días a la ECMO, que te estropea los órganos aunque te mantenga con vida; hace falta una fuerza increíble, un apego a la vida nada común. Y eso era exactamente lo que tenía Domenico".
El tatuaje de la madre
Cuando entró por primera vez en el Monaldi, en diciembre de 2023, a causa de su miocardiopatía dilatada, era muy pequeño y, debido a su patología, se quejaba mucho, "lo llamábamos el gritón -continúa Anna L.-. Pero él y yo también nos echamos muchas risas cuando fue mejorando poco a poco; luego lo cogía en brazos para tomarle los parámetros". Mamá Patrizia conoce bien a estas cuatro chicas del Monaldi: 'Cuando pienso que estáis vosotras, me voy tranquila', repetía siempre", dice orgullosa Simona, 32 años, de Nápoles.
Mamá Patrizia les confiaba a su león, lo llamaba así porque Domenico había nacido en agosto. Pero también lo llamaba mi guerrero, y es la inscripción que hoy lleva tatuada en una mano junto al símbolo de un latido del corazón de Domenico, tomado del ECG.
Cuando entró por primera vez, él era muy, muy pequeño y solo bebía leche y lloraba: "Pero con el tiempo se convirtió en todo un hombrecito -cuenta sonriendo Federica C.-. La madre lo vestía con vaqueros y camisetas y le llevaba un montón de juguetes, muñecos, ositos de peluche, dinosaurios de goma, y él se lo pasaba en grande jugando".
"También se divertía muchísimo cuando nosotras inflábamos delante de sus ojos nuestros guantes de plástico como si fueran globos y dibujábamos en ellos caritas sonrientes", recuerda Simona, que tiene los ojos celestes como el mar de Nápoles.
El box vacío
El sábado por la mañana, cuando murió, Anna confiesa que no tuvo "el valor de besarlo ni de tocarlo, porque yo siempre lo había visto vivo y no quería aceptar este final", explica. "Pero, aun así, estábamos preparadas -admite Simona-. El sábado por la mañana, cuando entramos de turno, a las 7:00, los compañeros que salían ya nos habían dicho que le quedaba poco...". Con las enfermeras del Monaldi estamos hablando fuera del servicio, cerca de la gran escalera que lleva a la salida. En realidad, durante la entrevista, ellas se van turnando y "una se queda siempre dentro para vigilar" a los otros tres niños que quedan. "Con Domenico éramos cuatro, ahora su box está vacío", completa la frase Elena, desolada.
"Seguir por ellos"
No quieren comentar lo que ha ocurrido: el hielo seco, el trasplante fallido y la investigación que se ha abierto. Conocen muy bien a los médicos que ahora están investigados, pero prefieren que sea la justicia la que dé las respuestas que mamá Patrizia ahora exige: "El sábado por la mañana nos abrazamos, le dije que fuera fuerte -recuerda Anna-. Pero son palabras inútiles cuando se pierde a un hijo".
Entre los cuidados en la unidad de cuidados intensivos y la estancia en cardiochirugía pediátrica, Domenico Caliendo pasó más tiempo en el Monaldi que en su casa: "Era nuestra mascota, tenemos muchas fotos con él guardadas con cariño en los móviles -dice Elena-. Después de dos años de vida pasados juntas, nos habíamos convertido casi en unas tías para él. Pero no es verdad que lo llamaran Mimì o Mimmo, como he oído decir.
Mamá Patrizia siempre y solo lo llamó Domenico». Tras llorar mucho el sábado por la mañana junto a los padres, las cuatro chicas regresaron a casa y "allí nos derrumbamos", admite Federica. La unidad de cuidados intensivos es "un servicio para pocos", dice; hace falta temple para no dejarse arrastrar por la ola de la emotividad; "el corazón es el órgano más delicado, por desgracia a veces se muere por su culpa, pero nunca había ocurrido algo tan grave como lo que le pasó a Domenico. Pero es nuestro trabajo, hay que levantarse y empezar de nuevo cada día, porque otros niños nos necesitan".
