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La duración a largo plazo de los fármacos antiobesidad: un año después de abandonar los 'ozempic' persisten sus efectos

Un estudio analiza cómo la recuperación de peso sigue un patrón predecible y desacelerado. Así, estos medicamentos permiten eliminar y conservar la pérdida de un 4-5% respecto al peso inicial del paciente, aunque se abandonen

Un médico toma medidas de peso y cintura a un paciente.
Un médico toma medidas de peso y cintura a un paciente.ALBERTO DI LOLLI
Actualizado

Desde hace más de tres años, ha quedado claro que los fármacos de la familia Ozempic han venido para quedarse, ya que han marcado un punto de inflexión necesario frente a la obesidad. El panorama del tratamiento ha experimentado una transformación radical con la llegada de los agonistas del receptor de GLP-1, el nombre clínico de los también denominados análogos del GLP-1: los fármacos que han demostrado reducciones de peso de entre el 15% y el 20%.

Sin embargo, persisten desafíos como: el uso crónico del tratamiento y la recuperación del peso tras su interrupción; puntos que, además, son fuente de debate intenso. Recientemente, una revisión sistemática publicada en eClinicalMedicine ha arrojado luz sobre estos asuntos.

La investigación analizó un total de 48 estudios, centrando su análisis principal en seis ensayos clínicos controlados aleatorizados que sumaban la experiencia de 3.236 participantes. La meta era describir qué ocurre cuando se suspende el tratamiento. Los investigadores determinaron que la recuperación de peso sigue un patrón predecible y desacelerado.

Antonio Vidal-Puig, uno de los firmantes del trabajo e investigador de la Universidad de Cambridge, enfatiza que el denominado efecto rebote o "reganancia" no debe verse como un evento binario de "encendido o apagado", sino como una intervención clínica estructurada que requiere fenotipado y monitorización.

Los datos son reveladores: un año después de la retirada del fármaco, los pacientes recuperan de media el 60% del peso perdido durante el tratamiento. El modelo extrapola que esta ganancia tiende a estabilizarse o entrar en una fase de estabilización entorno al 75,3% del peso perdido. Esto sirve para apuntar, que aunque se pierde la mayor parte de las ventajas, persiste un beneficio residual del 25% a largo plazo. Este dato podría equivaler a una reducción del 4-5% respecto al peso inicial del paciente, lo cual aún tiene relevancia metabólica.

Vidal-Puig destaca la urgencia de evaluar la composición corporal (masa magra). Advierte que el riesgo para la salud no reside solo en los kilos que vuelven, sino en la calidad de lo que se recupera. Si una parte sustancial del peso perdido fue masa magra, existe el riesgo de que el peso recuperado sea principalmente grasa visceral o hepática, lo que puede empeorar la resistencia a la insulina incluso si el peso total es menor que al inicio. Por ello, propone que los ensayos de retirada incluyan pruebas de fuerza y mediciones de grasa ectópica.

Además, Vidal-Puig diferencia entre los pacientes que interrumpen el tratamiento por efectos secundarios o costes y aquellos que podrían beneficiarse de un descenso gradual. Para él, los candidatos ideales para un descenso gradual son aquellos con un control temprano del apetito, fases de peso estables y mejoras en marcadores metabólicos, siempre que mantengan el ejercicio de resistencia y una ingesta proteica adecuada. En contraste, quienes tienen una carga elevada de grasa visceral o diabetes de larga duración probablemente necesiten un mantenimiento a largo plazo.

Este no es el primer estudio que aborda la cuestión del mal llamado "efecto rebote" de estos fármacos. Justo a principios de año se publicó un metaanálisis en la revista British Medical Journal (BMJ), que iba más allá de la recuperación de los kilos. Este trabajo hacía hincapié en la enfermedad, en la remisión de patologías que condicionan la salud del paciente: una tensión arterial controlada, bajos niveles de colesterol y una mejor situación de la diabetes. Entonces, Diego Bellido subrayaba la idea que defienden desde la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo): "La obesidad es una patología crónica que requiere un tratamiento como tal"·.

Desde una perspectiva ajena a estos trabajos, Andreea Ciudin, coordinadora de la Unidad de Obesidad Mórbida del Hospital Vall d'Hebron, ofrece una visión contundente en esta línea: "La obesidad es una patología crónica que requiere tratamiento de por vida, al igual que la diabetes o la hipertensión".

Ciudin rechaza el término "efecto rebote" por considerarlo una falta de conocimiento biológico. Argumenta que si se retira un fármaco que corrige las alteraciones biológicas de la obesidad, "es normal que la enfermedad reaparezca". Utiliza una analogía potente: "si se deja el tabaco a tiempo, el pulmón se recupera; pero si ya hay una bronquitis crónica o cirrosis, los hábitos saludables (dieta y ejercicio) por sí solos son insuficientes y se requiere tratamiento farmacológico o incluso trasplante de forma permanente".

Respecto a la masa muscular, Ciudin coincide en que es insuficiente centrarse solo en el peso total e IMC. Sin embargo, matiza que en algunos estudios, "aunque se pierde masa, los pacientes ganan funcionalidad, lo que indica una mejora en la calidad muscular". Para ella, la prescripción de ejercicio físico diario de resistencia junto con el fármaco no es opcional, sino que su ausencia podría considerarse, incluso, mala praxis.

La endocrina del Vall d'Hebron también critica duramente las limitaciones de acceso basadas en el coste. Aquí, expone que en ninguna otra enfermedad grave el tratamiento correcto está tan condicionado al poder adquisitivo del paciente. Por ello, aboga por un plan nacional de salud que reconozca la obesidad como enfermedad y financie los fármacos, advirtiendo que "demorar el tratamiento solo aumentará los costes a largo plazo debido a la aparición de comorbilidades".

Tanto el estudio como los expertos coinciden en que las guías actuales, como la recomendación de NICE en el Reino Unido de limitar el uso de semaglutida a dos años, son insuficientes y podrían socavar la efectividad a largo plazo. La evidencia manifiesta que la interrupción forzada es contraproducente y que el futuro de la atención de la obesidad debe basarse en estrategias de cese individualizadas, apoyo multidisciplinar continuo y un reconocimiento real de la naturaleza crónica y biológica de esta enfermedad.