El grupo posa en algarabía. Son miembros del gabinete del Gobierno y gobernadores que se han montado en un tren nuevo para su inauguración y gritan sonrientes: "¡Que viva el tren maya y nuestra próxima presidenta!" Y ella, con un vestidito blanco bordado con flores vivaces, que, aparentemente, carece de mayores pretensiones, tuiteará: «¡¡¡Es una hazaña histórica, algo impresionante!!!... En el majestuoso tren maya, con el mejor presidente que ha tenido México». Desde que empezó su campaña electoral, Claudia Sheinbaum, ya presidenta electa cuando se difunden las imágenes, elige atuendos tradicionales que los malpensados atribuyen a un interés por explotar la identidad patria. El tren ha sido bautizado con el nombre de P'Atal, que en maya significa Permanecer. Todo está pensado con detalle. Y «el mejor presidente que ha tenido México», Andrés Manuel López Obrador AMLO, sentado junto a ella, le cede, estudiadamente, el protagonismo. En esos momentos, fin de semana del 21 de septiembre, Claudia Sheinbaum ya ha hecho llegar al Gobierno español que no quiere que el Rey Felipe VI esté presente en su toma de posesión el martes 1 de octubre porque ni siquiera se dignó a responder a la carta que en 2019 el propio AMLO le envió solicitando al Rey y al Papa que pidieran perdón por los abusos cometidos contra los pueblos originarios de México. Paradójicamente, Sheinbaum veta al monarca, pero sí invita al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (con quien tiene total sintonía), que es el responsable de haber adoptado la irrespetuosa y torpe decisión de que Felipe VI obviase el reclamo populista de AMLO.
Es una de las muchas contradicciones interesadas de Sheinbaum, una mujer con formación sobrada, que ha sido la primera en muchas cosas. La primera mujer que va a ser presidenta de México, la primera judía que va a ser presidenta de un país mayoritariamente católico... Pero que tiene enfrente una masa crítica cualificada que le atribuye incoherencia en sus principios básicos y la acusa de querer desviar la atención de acuciantes problemas internos.
Le atribuyen incoherencia en su defensa del indigenismo, que está, en cierto modo en el origen del conflicto diplomático abierto con España, en el feminismo, en el ecologismo, que es su especialidad, y en su militancia de izquierdas. El tren en el que viaja ese día se ha cargado, según el Centro mexicano de Derecho ambiental, 23 áreas protegidas, ha implicado la deforestación de más de 2.500 hectáreas de la selva de la península del Yucatán, ha provocado denuncias y ha generado informaciones sobre el presunto enriquecimiento de Bobby, uno de los hijos de AMLO, en su construcción. Y eso es la punta del iceberg. Una parte del feminismo tardó dos segundos en cuestionar la frase que pronunció al ganar las elecciones. «Conmigo llegamos todas», proclamó. «¿Llegamos todas?», le reprocharon recordándole que algunas fueron ingresadas en prisión durante su mandato al frente de Ciudad de México. Mientras, una parte de la prensa se pregunta si la llamada «niña de los ojos de AMLO», sobrevivirá a su control y será algo más que la pieza de ajedrez que le calienta el sillón al hijo del ex presidente, recién nombrado secretario de Morena, el partido.
Claudia Sheinbaum Pardo procede de una familia genéticamente de izquierdas. Su padre, Carlos, asquenazí de origen lituano, llegó a México en 1920. Químico, prefirió dedicarse al comercio de joyas. La familia de su madre Annie, bióloga. sefardí de origen búlgaro, marchó de Europa huyendo de la persecución nazi. Los dos eran comunistas, participaron en todas las revueltas del 68, pero acabaron constituyendo una familia muy acomodada. Claudia Sheinbaum ha sabido salir con mucha solvencia cuando se le ha reprochado que haya soslayado su origen judío para rentabilizar reuniones con el Papa, que, por cierto, sí pidió disculpas cuando AMLO se las reclamó. Siempre ha respondido que sus padres eran ateos, que, aunque conoce la cultura judía por sus abuelos, la criaron en el laicismo. Su postura contra Israel por el «asesinato de civiles palestinos» ha sido usada por la oposición con escaso éxito; del mismo modo que han resultado poco exitosos los reproches por lanzar guiños a los católicos con detalles como llevar faldas con la efigie de la Virgen de Guadalupe para ganárselos.
«LARVADA HOSTILIDAD»
La presidenta de México es licenciada en Física y doctora en Ingeniería Energética. Es miembro de la academia Mexicana de Ciencias y de un grupo intergubernamental sobre el cambio climático de la ONU al que le fue concedido el Nobel de la Paz. Su primer marido, Carlos Imaz Gispert, fundador del PRD, llevaba años metiéndose en charcos políticos cuando ella, muy activa en el movimiento estudiantil, decidió unirse a las huestes de AMLO, en el año 2000, como secretaria de Medio Ambiente. Después, AMLO la postularía para primera mujer jefa de Gobierno de la Ciudad de México y ella se transformaría en la portavoz de todas sus campañas. Justo antes de ganar las elecciones se casó con su segundo marido, Jesús María Tarriba, doctor en Física, que de forma autodidacta aprendió matemáticas financieras y se volcó en algo tan alejado de las inquietudes de ella como la banca. Lo hizo, además en España, en el Banco de Santander. Se habían conocido en una clase de óptica de la Universidad y se reencontraron 30 años después a través de Linkedin. Ahora tiene el título de primer caballero.
Cuando Andrés Manuel López Obrador envió la carta al Rey Felipe VI, iban a celebrarse varias conmemoraciones como los 700 años de la fundación de México, el bicentenario de la independencia o los 500 años de la caída de Tenochitlan. Los expertos aseguran que al dirigente le convino agitar el espantajo haciendo uso de su «larvada hostilidad». Porque la llamada conquista de México es una cuestión latente en la opinión pública del país, no tanto por lo que se refiere a España sino porque resulta rentable confrontar las versiones de la izquierda o de la derecha sobre lo que ocurrió hace 500 años. Unos hablando de muerte de México cuando llegan los españoles y resurrección al conseguir la independencia; y los otros explicando que lo que se produjo es un nacimiento, un crecimiento y la independencia del país cuando éste alcanzó la madurez. «Al ser un problema interno, se agudiza en momentos de crisis y se atenúa en momentos de estabilidad», escribió el estudioso Tomás Pérez Vigo. AMLO agitó el problema y Sheinbaum le siguió.
«Es cierto que hubo un agravio al no contestar la carta, pero es muy fuerte cómo se maneja la política exterior si se conoce lo que ocurre dentro. Juegan al escándalo. Lo importante no es entrar en polémica con el Rey de España sino resolver los problemas de la población indígena, escuchándola y dándole lo que lleva años solicitando», señala la politóloga Frida Hernández, profesora en una universidad mexicana. Se refiere, por ejemplo, a cuando familias de narcotraficantes llegaron al territorio donde se ubica el pueblo triki, fuertemente vinculado a su lugar de origen. 143 familias de Oaxaca, se desplazaron a la Ciudad de México para protestar y les mandaron a la Guardia Nacional para que regresasen sin solucionarles el problema. Las crónicas periodísticas cuentan cómo AMLO atribuyó el problema al enfrentamiento de dos poblados indígenas muy violentos y aseguró que no podía intervenir.
Se refiere también a las peticiones más básicas de los pueblos originarios y de los afromexicanos, que se encuentran con verdaderas dificultades para prosperar. «Existen algunas becas, pero has de hablar en la lengua propia para conseguirlas. Y si hablas en la lengua propia eres discriminado. A los afromexicanos les exigen lo mismo, cuando no tienen lengua propia porque su lengua es el español», detalla. «Y está el tren maya, que pasa por encima de los derechos de los pueblos originarios».
De hecho, en aquel 2019 de la carta, AMLO necesitaba crear un enemigo exterior. Impulsó un proceso de consulta para empezar el demoledor proyecto del tren y protagonizó una extravagante ceremonia para agradecer a la Madre Tierra que le permitiese hacerlo. Pero los grupos originarios de la región denunciaron que el Gobierno había sido negligente ante su derecho de autonomía y libre determinación y había violentado su entorno ambiental. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos le acusó de no haber cumplido los mínimos estándaresdemocráticos en las consultas y de haber ocultado información a las comunidades indígenas sobre el impacto ambiental.
MATAR AL PADRE
Probablemente, la sentencia más rigurosa contra la estrategia de AMLO que Sheinbaum defiende, la pronunció José Antonio Lara, representante del Centro de Derechos Humanos Zeferino Ladrillero y candidato a la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México. «En nuestro país existen más de 115 millones de personas que integran comunidades indígenas, pero que, ante la falta de sensibilidad de la autoridad federal en materia de derechos humanos y en la actividad social, política y económica, se ven marginadas...Los gobiernos, desde el S. XIX, mantienen una política de exterminio en contra de las comunidades indígenas». También es cierto que no todo son críticas. Rosalba Gómez, también represantante indigenista sostiene en Crónica que la «presidenta Claudia, con la petición al Rey, es coherente con el proyecto de transformación que comenzó AMLO» y que la reforma constitucional introducida por ambos para que los indígenas puedan ser consultados «refuerza su dignidad».
Sheinbaum es la jefa del Gobierno de la Ciudad de México que retiró la imagen de Cristobal Colón en 2020, acumulando debates y agravios. Lo hizo en el contexto de unas manifestaciones feministas. A las convocantes les explicó que había sido retirada por mantenimiento, de modo que se hizo enemigos a varias bandas. Y continuó cuando quiso sustituir a Colón por la imagen de una mujer indígena sin identidad, «como si ninguna hubiera hecho cosas reseñables», que iba a ser esculpida por un «hombre blanco».
Diversos grupos feministas le reprochan que no tiene agenda feminista, que sólo se reúne con las «elitistas feministas liberales» cuando está en un atolladero y quiere hacer ver que todo va bien, y le echan en cara que optara por mandar a la cárcel a las mujeres que ocuparon edificios públicos hace un par de años acompañadas por sus hijos para protestar por los feminicidios. «No mandó a hombres policías, sino que creó un grupo de mujeres policías. Las mujeres fueron entonces agredidas por mujeres que estaban bien pagadas por hacerlo», interpreta con enjundia gráfica una de las presentes en aquellos conflictos.
Sea como fuere, Claudia Sheinbaum, ganó las elecciones de manera abrumadora. Se asegura que carece de carisma, pero incluso quienes la han visto contradecirse al seguir la senda de AMLO dicen que es «buena gestora» y esperan a ver qué va a hacer, si es capaz de matar al padre y tener una voz propia. Aunque son escépticos. Julian P., uno de los abogados más destacados de México, que trabajó con el equipo de la presidenta, le reprocha que cuestionara la reforma judicial que AMLO planifico («y que implica la toma definitiva de las instituciones en una polarización populista plena») y que la asumiera tras reunirse con él . Su escepticismo aumenta porque AMLO ha ido colocando en los principales puestos a hombres de su confianza. Por lo pronto, dice el abogado, «ella ha insistido en plantear un falso conflicto con España. Puede tratarse de nuevo de una caja china para desviar la atención, por ejemplo, del conflicto de Culiacán donde dos familias de narcos han tomado la ciudad y nadie puede salir de casa». O quizás no. A partir del martes, más.




