CRÓNICA
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Avenue Marceau, número 11: testaferros neoyorquinos, aventureros y asaltos de la Gestapo en el tesoro parisino del PNV

La peculiar historia del palacete, hasta ahora sede del Instituto Cervantes, que Sánchez ha regalado al PNV cuya propiedad siempre fue desechada por los tribunales franceses y españoles

Avenue Marceau, número 11: testaferros neoyorquinos, aventureros y asaltos de la Gestapo en el tesoro parisino del PNV
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El comisario Urraca Rendueles no tenía el aspecto de prejuiciosa brutalidad que se le hubiera podido suponer. Cuando entró en el 11 de la Avenue Marceau de París, sede del gobierno vasco en el exilio, llevaba su sombrero y su gabardina bien ajustados configurando un porte elegante inesperado, y su semblante destilaba más inteligencia que crueldad. Su acompañamiento, sin embargo, era inequívoco. El llamado cazador de rojos -que se había bautizado a sí mismo en un alarde de sarcasmo con el sobrenombre de Unamuno cuando trabajaba con los nazis-, se hizo acompañar por dos policías miembros de la brigada que dirigía, destinada a eliminar a las autoridades de la República en el exilio, y por varios miembros de la Gestapo que todo lo incautaron y lo revolvieron, y que tomaron posesión del precioso palacete en nombre del régimen de Franco. El lehendakari Aguirre ese día tuvo más suerte que el president Lluis Companys y que Julián Zugazagoitia, el que hubo sido ministro del Interior, que fueron capturados por Urraca, condenados a muerte y ejecutados en España.

En ese día del 20 de junio de 1940, apenas siete después de que se hubiera producido la ocupación nazi de Francia, se ha basado siempre el PNV para asegurar que un valiosísimo bien de su propiedad le había sido expoliado por el franquismo y que debía serle restituido en aplicación de la Ley de Memoria Histórica primero y de la de Memoria Democrática después. Los esfuerzos de la formación nacionalista, reiterados e incansables, que fueron arrumbados de forma categórica por el Tribunal Supremo en 2003 con una sentencia que aseguraba que el partido no había podido demostrar la propiedad del palacete situado en la parte más noble de París, han obtenido recompensa estas pasadas Navidades, cuando el Gobierno de Pedro Sánchez, sin votos suficientes como para prescindir de los del PNV, ha envuelto en el lacito del BOE al actual Instituto Cervantes de la capital francesa, con un valor de más de 15 millones de euros y se lo ha entregado a la formación jelkide.

Como cualquiera de las historias relacionadas con el PNV, esta tiene varias versiones bañadas en la épica que convierte a sus militantes y, como no, a sus dirigentes, en héroes y santos. Y esto no es una exageración. Entre los papeles incautados por los nazis en Avenue Marceau 11 se encontraron los nombres de los miembros de la red Álava cuyo jefe, Luis Álava Sautu, fue ejecutado cruelmente después de mantener, según se ha contado, una actitud ejemplar en la cárcel, "abandonado en las manos de Dios", y tras convencer a su compañero comunista de que se uniese en sagrado matrimonio con su compañera. Pero en esta narración también hay personajes llenos de claroscuros, a veces más oscuros que claros, y datos tremendamente confusos.

El principio lo contaba en una carta a la que ha tenido acceso Crónica, Antón Irala, el que fuera secretario general de la Presidencia en el Gobierno Vasco de 1937 y padre del que fuera presidente de Iberia en los años noventa. Se la mandó en 1984 al lehendakari Ardanza para aclarar algunos extremos de lo ocurrido entonces e, indudablemente, para apuntalar la versión de que el PNV y no el Gobierno vasco, es decir una entidad privada y no un organismo público, era la propietaria del palacete. Curiosamente, Irala mezcla el relato sobre cómo se financió el palacete con el de una compra de armas cuyo fin era ser repartidas entre los nacionalistas que luchaban contra los sublevados.

En su relato asegura que el presidente del EBB, Juan Ajuriaguerra, le confirió la misión, tras el levantamiento del 18 de julio, de que se las "arreglase" para comprar armas y encontrara el dinero que las financiase. Cuenta que viajó a París, donde estaba Rafael Pikabea, delegado del Gobierno vasco -la persona que aconsejó comprar el palacete que primero tomaron en alquiler- y que regresó convencido de que podían conseguir las armas. A su regreso, se puso en contacto con Telesforo Monzón, entonces director del Cuartel General de Gudaris, que después sería uno de los fundadores de ETA. "Monzón aceptó sin reservas, pero desplegando ampliamente la ironía y gracia ante el hecho de que 'unos pobres desgraciados' íbamos a comprar unas armas que no sabíamos si existían, con un dinero que no teníamos", escribió.

Entre los dos llegaron a la conclusión de que podían conseguir el dinero de dos formas: una, que Telesforo se lo pidiera por teléfono a Francisco Belaustegigoitia, "residente en México, conocidísimo patriota de toda la vida" y la otra, "requisando unas cajas de oro del Banco de España en Bilbao, que habían llegado poco antes de la sublevación, hecho del que nosotros nos habíamos enterado por verdadera casualidad... Fuimos juntos a Bilbao para gestionar los del oro del Banco de España"

Es fascinante la historia de cómo salieron los encargados de la misión con seis barcos, cada uno de ellos con una caja de oro que a la llegada de aguas jurisdiccionales francesas serían trasladadas a una sola nave, hacia Bayona y Sokoa. Según el texto, Ajuriaguerra organizó el dispositivo con barcos pesqueros de Ondarroa para que el Sr. Crespo, que así se llamaba el director del Banco de España, no pusiera inconveniente alguno". Irala cuenta que al llegar a Bayona tuvieron dificultades con las cajas porque los bancos "se resistían a recibirlas por tratarse de 'dinero robado'. Se estaba desarrollando ya la guerra con los agentes franquistas. Por fin aceptó recibirlas el Credit Lyonnaise donde su director Monsieur Arrospide hizo maravillas para normalizar la situación".

A renglón seguido, y de repente, el dirigente nacionalista añade que ya estando en París, "Monzón llamó a México y Belaustegigoitia le envió todo su balance de la cuenta en dólares que sirvieron para adquirir el edificio de la Delegación vasca en el 11 de Avenue Marceu". Monzón después "marcharía a Praga para firmar la compra de las armas: cinco mil fusiles y seis millones de cartuchos. En un vagón sellado atravesó la Alemania nazi hasta el puerto franco de Hamburgo... Hubo un transbordo en alta mar para que Lezo y sus gentes metieran el cargamento en Bilbao y las armas llegaron a tiempo. Fueron las que contribuyeron al fracaso de la ofensiva franquista en Elgeta". Cuando Irala habla de Lezo se refiere a un personaje pintoresco como Lezo Urrestieta, llamado también el pirata, cuya máxima aspiración era crear un estado vasco en una isla desierta mexicana en la que ya había dibujado la ubicación hasta de las ciudades

Irala y Monzón regresarían "con algún retraso" para ser investidos como secretario General de la Presidencia y como Consejero de Gobernación en el nuevo Gobierno Vasco. "Por esta razón Monzón aparece en la fotografía oficial con traje de calle mientras todos iban de gala".

La carta, sin embargo, no despeja las dudas de cómo seis cajas de oro pagaron un armamento relativamente escaso. Hasta el punto de que profesores de la UPV como Pedro Chacón, asignado al departamento de Derecho Público y Ciencias Histórico-Jurídicas, han puesto en duda que dos enviados del PNV fueran a adquirir armas y acabasen comprando un palacete. Chacón ha reprochado a Sánchez también desde una columna en el periódico El Correo la falta de respeto demostrado hacia los socialistas vascos con su decisión porque, en realidad, fue un miembro socialista de aquel Ejecutivo vasco, el que aguantó hasta el final en la sede parisina del Gobierno vasco. En cualquier caso, los nacionalistas han insistido desde siempre, hasta el agotamiento, en atribuir el dinero del palacete a "las aportaciones de militantes vascos en América" al PNV, conscientes de que no sería lo mismo que haberlo sacado de las reservas de oro del banco de España ni haberlo destinado a una sede estatal.

En el relato realizado por el PNV ante el Supremo en 2003 se explica que el partido asignó a cinco personas la misión de recabar de América dinero para comprar el palacete, que el matrimonio formado por José Augusto y Celestina (nombres anonimizados) aportaron 65.000 dólares americanos mediante transferencia a favor del PNV para adquirirlo y que se compró en diciembre de 1936 al matrimonio de Doña Carla y Don Matías que necesitaban venderlo para marcharse a Suiza. Otras fuentes nacionalistas atribuyen la propiedad del inmueble a una norteamericana llamada Hélène Brawn. El hecho es que, según el relato del PNV, como el partido no era persona jurídica, necesitó de un testaferro que finalmente sería Marino de Gamboa. Según el relato del PNV, "por su fortuna personal y su ocupación empresarial de fletamento y construcción de buques navales y su colaboración con el partido ante el Gobierno de su Majestad Británica en defensa de la II República y de los partidos democráticos españoles", lo eligieron a él.

También Gamboa era un tipo pintoresco. Nacido en Filipinas, de nacionalidad estadounidense, se casó con una vasca y simpatizó con el PNV. Pero también fue la persona a la que Juan Negrín e Indalecio Prieto llamaron para llevarse 160 maletas y cuatro cajas de oro y objetos valiosos entre los que había depósitos privados en el Banco de España, objetos religiosos de la catedral de Toledo, un ejemplar de la primera edición del Quijote y hasta un clavo de la cruz de Cristo. Todo ello fue a parar a México. 79 millones de euros en total. A pesar de las maniobras del PNV que quiso que Gamboa, por mera amistad, desviase el cargamento hacia sus posesiones, el oro fue fundido en el parque nacional de Toluca. Dado el enfrentamiento entre Negrín y Prieto, nadie controló el verdadero destino final del tesoro, parte del cual, el de menos valor, fue encontrado en el fondo del lago del parque nacional en los años cincuenta.

Marino de Gamboa utilizó a ciudadanos franceses y británicos, siempre según la formación nacionalista, para crear en febrero de 1939 la Finances et Entreprises a la que se atribuye la adquisición del inmueble ante el notario Robert Letulle por un 1,600.000 francos, entidad que lo alquiló a la Liga Internacional de Amigos de los Vascos (el PNV asegura que era un modo de llamar a la formación jetzale) y esta lo subarrendó al Gobierno vasco sin cargo alguno.

Después vino lo del cazador de rojos y la Gestapo y el establecimiento en el palacete de la sede de la Falange española en París y, paradójicamente, de una comisión destinada a recuperar los bienes que los republicanos habían sacado de España. La embajada española en París solicitó la legalización del expolio aduciendo que Finances et Enterprises había comprado el inmueble "con fondos provenientes del Tesoro español". En junio de 1941 obtuvo del Tribunal Civil del Sena una orden de embargo y en enero de 1944 la sentencia se elevó a definitiva. A pesar de que los aliados de Franco habían perdido la guerra, Francia se ratificó y en junio de 1951, la Liga y el Gobierno de Euskadi que habían podido regresar por un pequeño periodo, fueron expulsados del palacete. El lehendakari Aquirre lo lloró amargamente. "Salimos expulsados por una sentencia que califica al Gobierno vasco de ladrón...Nuestro honor y nuestra tradición merecían un tratamiento muy distinto... Nuestra causa ha estado unida a la vuestra", decía a los franceses. No sirvió de nada.

El PNV siempre ha pleiteado. Según el que fuera diputado jetzale en el Congreso durante lustros, Iñaki Anasagasti, hasta los presidentes José María Aznar y Mariano Rajoy consideraron la devolución. Pero esta no cuajó ni con Zapatero. El Tribunal Supremo desestimó todas las peticiones nacionalistas alegando que todos los tribunales franceses sostuvieron durante décadas que la propiedad real era del Gobierno vasco, no del partido, que el PNV no había podido acreditar que los fondos para la adquisición del inmueble procediesen de militantes americanos, y que la incautación no se produjo como consecuencia de las dos leyes franquistas contempladas en la ley democrática del 98 como condición. Anasagasti responde a este último punto que ese inconveniente se subsanó cuando al aprobarse la Ley de Memoria democrática se incluyó una disposición adicional ad hoc. Pero también es consciente de que "si no fuera por la perentoria situación actual del Gobierno de Sánchez, nunca se nos hubiera devuelto el palacete por muy simbólico que sea para nosotros". El Cervantes tendrá que buscar otra ubicación después de toda esta historia de aventureros, nazis, fascistas, piratas, política y dinero.