A los matones de la antigua Unión Soviética que libran en segundo plano la guerra «no tan fría» que desencadenó la anexión rusa de Crimea les gusta España. Habían matado ya en la localidad alicantina de Villajoyosa (el piloto ruso Maxim Kuzminov) o en la gerundense de Lloret de Mar (el ex directivo de Novatek, Serguéi Protosenya, su esposa y su hija) y el miércoles pasado, 21 de mayo, volvieron a hacerlo en Madrid.
Las dos ejecuciones extrajudiciales anteriores, cometidas a instancias de rusos, han quedado hasta la fecha impunes. Con la de esta semana podría suceder lo mismo. Es más lo que ignoramos sobre los móviles del asesinato del ex asesor del presidente prorruso Viktor Yanukóvich que lo que sabemos. Claro que, de entre todas las hipótesis, hay una que se perfila como más probable: Andriy Portnov habría atesorado poderosos enemigos no sólo en el crimen organizado, sino también en los círculos financieros, empresariales o políticos de Ucrania —especialmente entre aquellos a los que perjudicó con litigios, traiciones jurídicas o apropiaciones encubiertas de activos—.
Parece razonable que gente de esos ecosistemas tenebrosos y opacos haya recurrido a mafiosos o sicarios profesionales para ejecutar la represalia. O si se quiere de otra forma: las huellas del crimen conducen claramente a su vida pasada en Ucrania, aunque la policía española se haya aferrado con especial cariño al ajuste de cuentas para evitar conflictos diplomáticos.
Pero retrocedamos hasta la mañana del pasado miércoles. La anatomía policial de este asesinato debería comenzarse a trazar a partir del momento en que el abogado ucraniano dejó su casa con sus dos hijas (de entre 10 y 14 años) poco después de las ocho de la mañana a bordo de un Mercedes S580. Algunas filtraciones policiales sugieren que residía en una vivienda unifamiliar alquilada de la zona noroeste de Pozuelo de Alarcón (tenía también una oficina en el barrio de Salamanca).
UN ASESINATO BIEN PLANIFICADO
Lo interesante aquí es que la ejecución del crimen se llevó a cabo mediante una planificación minuciosa y una vigilancia continuada de sus hábitos. Se sabe que el atacante o los atacantes le siguieron y aguardaron a que dejara a sus chiquillas en el Colegio Americano de Madrid antes de descerrajarle los disparos. El que apretó el gatillo tenía barba cana y unos 50 años, la cabeza cubierta, un chándal oscuro y una riñonera naranja en la que portaba el arma.
La Policía Nacional recuperó nueve casquillos de bala en la escena, lo que involucra disparos de control o redundancia para asegurar la muerte. Portnov murió en el acto a las nueve y cuarto. Los asesinos huyeron a pie en dirección a una zona arbolada, donde aguardaba un cómplice que les extrajo del perímetro. Conocían la ubicación de las cámaras cercanas y buscaron los ángulos ciegos deliberadamente. No hubo diálogos ni amenazas. Nada de palabras de despedida como en las películas de Hollywood. Fue una ejecución limpia y silenciosa.
No se ha registrado el uso de teléfonos, de modo que es probable el empleo de canales encriptados o burners. Las pesquisas de Crónica confirman que los asesinos se sirvieron de un calibre antiguo de bala para cometer el atentado. Eso hace menos probable la implicación de servicios extranjeros de inteligencia. La munición podría haber sido adquirida en el mercado negro español con el fin de dificultar el rastreo balístico. La policía infiere que usaron silenciadores improvisados. El estilo es mercenario al 100 por 100. Su firma es el balazo en la cabeza. El disparo de gracia fue la firma del «contrato».
El operativo policial que se desplegó a partir de ese momento fue impresionante. En tan sólo unos minutos se había acordonado el área y se confirmó la muerte in situ. A renglón seguido, el Grupo V de Homicidios tomó el control de la escena; se desplegó la unidad de inspecciones oculares de la Policía Científica al lugar; se revisaron 81 cámaras y se activó la coordinación con la inteligencia española.
Recogieron las vainas de las balas; barrieron la microfibra de las manillas del Mercedes y de la zona de la acera; enviaron los restos metálicos de los proyectiles al laboratorio; se percataron de que los criminales habían evitado las cámaras y, en torno a las 10 de la mañana, se presentó en la escena un oficial de enlace con el Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Más tarde se activaron los drones térmicos y la unidad canina y se hizo un barrido perimetral buscando ropa descartada.
PROFESIONALIDAD CRIMINAL
Al mismo tiempo, la comisaría general de Extranjería y de Fronteras lanzaba un bolo (la alerta de localización be on the lookout o estate al loro) para que se buscaran sospechosos en Barajas, los puertos y los pasos terrestres. Alertaron a Europol de un posible equipo postsoviético itinerante y se compartió la balística y el modus operandi.
La escena forense había sido completamente procesada en menos de cuatro horas. Tras revisar las cámaras procedieron a analizar más de 900 IMSI (las líneas de teléfono móvil que estuvieron conectadas a las antenas cercanas al lugar del crimen). ¿Y cuales fueron los resultados? Nada. No hubo match (coincidencia) ni en balística ni en Europol. Tampoco había sospechosos potenciales a tenor del análisis de los IMSI. Muy profesional.
El caso sigue formalmente en el Grupo V de Homicidios, pero con refuerzo de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta (UCDEV) y con un enlace constante con el CNI. Portnov podría estar listo para traicionar también a Putin y a los prorrusos. Fuentes de inteligencia afirman a Crónica que Portnov y agentes españoles habían mantenido conversaciones informales. Portavoces oficiales del CNI niegan que éstos contactos se hayan producido por su parte.
Tan pronto como se dio a conocer el crimen, se subrayó la condición de prorruso de la víctima, lo que parecía excluir al Kremlin (desde fuentes ucranianas se apresuraron a culpar a Putin de un asesinato de falsa bandera, lo que carece de sentido). Aunque, por otro lado, su condición de ex asesor del presidente prorruso Viktor Yanukóvich no debería ser tan determinante como viene sugiriéndose. No era ni siquiera un fugitivo en su país.
DE UCRANIA A ESPAÑA, PASANDO POR SERBIA
Pese a que algunas organizaciones ucranianas como Myrotvorets (creada por antiguos oficiales del Servicio de Seguridad de Ucrania) lo califiquen con razón desde hace muchos años de «traidor profesional» y de operador clave de estructuras judiciales prorrusas involucrado en el lavado de capitales y en la ayuda a la legalización del saqueo de activos ucranianos, lo cierto es que Portnov llevó una vida placentera en su país hasta el otoño de 2023.
¿Cuándo salió de Ucrania? De acuerdo a las pesquisas de este suplemento, el abogado asesinado abandonó su país en octubre de 2023 con documentación expedida a nombre de un tercero o mediante salvoconducto diplomático irregular a través de Chop, que es el puesto fronterizo que hay en el camino hacia Hungría. Tras una breve estancia en la nación de Viktor Orbán, viajó a Serbia, donde se reunió con intermediarios legales y miembros de su red empresarial prorrusa.
En España se asentó probablemente en torno a enero de 2024, aunque había estado ya antes yendo y viniendo, como prueba el hecho de que tuviera a su nombre algún vehículo como el Mercedes en el que viajaba el día de su asesinato desde al menos 2021. Aquí entró de forma completamente legal: con un visado de residencia temporal. No tenía alerta Interpol ni orden de extradición activa.
ENEMIGOS EN TODOS LOS FRENTES
Portnov se marchó de Ucrania por una combinación de factores críticos. El principal es que perdió su protección interna. Aunque había sido tolerado por el aparato del presidente Volodimir Zelensky desde 2019, en 2023 se quedó finalmente sin un respaldo que resultaba crucial. Sus antiguas redes judiciales fueron purgadas y varios de sus aliados fueron procesados o desplazados. Había acumulado enemigos en todos los frentes. Y es justamente entre todos esos damnificados a donde se han dirigido miradas desde su muerte.
Y por si el asunto no estuviera lo suficientemente enrevesado, varios medios ucranianos como Ukrainska Pravda han asegurado citando fuentes propias que Portnov visitó Ucrania en secreto los días 17 y 18 de mayo, es decir, tres días antes de su asesinato. Supuestamente, el propósito de esta visita era reunirse con altos funcionarios de los organismos de seguridad ucranianos cuyos nombres no han identificado. Vincular esta visita no probada al crimen plantea un problema: el asesinato fue largamente preparado, de modo que, quien quiera que diera la orden de liquidarle, llevaba preparando la operación desde mucho antes de su presunto regreso a Ucrania.
¿Por qué eligió vivir en España en lugar de Rusia? El abogado había roto con figuras del entorno prorruso como Tsaryov, Klyuyev o incluso Surkov. Sabía que en Rusia podría ser usado, silenciado o liquidado y, en cambio, España le ofrecía protección frente a extradiciones arbitrarias y comunidades eslavas con las que seguir interactuando.
Algunas fuentes rusas sugirieron que podía estar explorando vías de colaboración con servicios europeos. Se desconoce el alcance de las revelaciones que podría haber llevado a cabo en los encuentros con oficiales de inteligencia, más allá de las «cuestiones geopolíticas» que trasladan las fuentes consultadas por Crónica. Los ucranianos se aferran precisamente a esa versión de que el Kremlin tenía un motivo para sacárselo de en medio y actuó para acallarle.
¿Valía una vida lo que sabía el hombre que podía (y que quería) hablar? La prueba es que está muerto. Aunque las dos tesis principales para explicar su asesinato son el ajuste de cuentas de la mafia o un encargo a mercenarios realizado por personajes del entorno político y financiero ucraniano, no es razonable descartar al 100 por 100 la implicación de alguna potencia extranjera. La propia inteligencia española evalúa si el asesinato puede entenderse como un contraataque estratégico de Ucrania en respuesta al asesinato del desertor ruso Maksim Kuzminov en Alicante.



