Entre la sabana y la selva, en un rincón remoto del valle de Ololasurai, en Kenia, existe un colegio fundado por españoles que cada mañana abre sus puertas para cientos de niños y niñas del pueblo maasai. Se llama Escuela Primaria Olchoro Lemayian y nació para ofrecer educación a infantes que, hasta entonces, tenían que caminar kilómetros —o simplemente no ir— para aprender del mundo que les rodea. Detrás hay una historia aún más improbable: la de tres hermanos de Gerona; Marta, Carles y Jordi Gras, que decidieron que este también era un buen lugar para construir futuro.
«Nos reunimos con los líderes de la comunidad y les preguntamos cuáles eran sus prioridades, en qué podíamos ayudar, y fueron ellos quienes pusieron por delante el tema educativo, porque la escuela más cercana estaba a ocho kilómetros. Estamos en una zona donde hay muchos animales salvajes, entonces no era seguro para los niños caminar y desplazarse para ir al cole a pie todos los días. La educación era una necesidad que realmente hacía mucha falta», comienza narrando Marta.
De ganadero a presidente
La entrevista con esta mujer, quien vive en Kenia hace varios años, se ve interrumpida cada cierto tiempo por los chirridos de un ave que resuenan en la distancia. Junto a sus hermanos, Carles y Jordi, fundaron esta escuela no sólo para aportar a un pueblo tradicionalmente seminómada y dedicado al pastoreo, sino para garantizar un espacio seguro dentro de un entorno donde lo cotidiano puede ser también lo salvaje. «Es una zona donde vas caminando y te encuentras con un elefante, o te sale un búfalo, o un poco más allá tienes un grupo de leones. O sea, que al final dejar a los niños caminar solos para desplazarse hasta el colegio, pues ni yendo con adultos era del todo seguro», continúa.
El centro educativo, inaugurado en 2024, se halla en el corazón de la reserva Maasai Mara, tierra del pueblo africano que lleva el mismo nombre y que se extiende por las zonas rurales de Kenia y Tanzania. Conocidos por su vestimenta colorida, los maasai —que se estima alcanzan las 850.000 personas— han conservado su estilo de vida ganadero a lo largo del tiempo, a pesar de los avances del mundo moderno. Desde pequeños, los niños acompañan al ganado y aprenden los ritmos del pastoreo que han sostenido su cultura durante generaciones.
Aunque la escuela ha comenzado a sembrar nuevas posibilidades. Niños que antes soñaban con seguir los pasos de sus padres en la ganadería ahora se atreven a imaginarse en aulas, hospitales o incluso liderando un país. Quieren ser profesores, médicos, carpinteros, albañiles, presidente...
El país de los 2.5 millones de niños sin escuela
De acuerdo con un estudio de la Iniciativa para Niños Fuera de la Escuela en Kenia, aproximadamente 2.5 millones de niños entre 4 y 17 años en este país se encuentran fuera del sistema escolar. En el continente africano la situación es aún más crítica. Según datos de UNESCO, la cifra de menores sin escolarizar ha aumentado en 13.2 millones en los últimos años, superando los 100 millones. Las causas principales incluyen la pobreza extrema, la falta de infraestructura, conflictos armados y barreras culturales y de género.
«Tenemos niños que con 8, 9, 10 y 11 años nunca habían ido al colegio hasta que empezamos a construirlo y abrir las clases. Esto provocó que en el primer año hubiese clases con niños de todas las edades. No es como nosotros (en España), que de alguna forma estamos expuestos y en casa has tenido lápices y has aprendido a usarlos. Estos niños no tienen acceso a eso. Entonces, el niño de 11 años que llegaba al colegio realmente tampoco sabía cómo coger el lápiz», detalla Marta.
La escuela está vallada por fuera y se alza en medio de un campo donde predomina el verde del pastizal. Desde el frontis, se alcanza a ver cómo, a sus espaldas, se eleva una pequeña montaña cubierta de vegetación densa, como un telón natural que abraza el colegio. A un lado, se alinean siete puertas pintadas de azul. Cada una da paso a un aula distinta, donde conviven los diferentes niveles escolares: desde Educación Infantil hasta 6.º de Primaria. El centro tiene capacidad para 160 alumnos, aunque Marta afirma que ya están evaluando opciones para ampliar el edificio. «Es una escuela muy nueva, que aunque tenemos más que en otros colegios públicos de la zona, siempre quisieras tener más cosas para facilitar el tema educativo», comenta.
En total, son nueve los profesores, todos locales, que imparten clases a diario. Siguen el currículo oficial keniano y enseñan matemáticas, ciencias medioambientales, educación física, agricultura, química, tecnología, entre otras materias. Las clases de lenguaje también ocupan un lugar esencial. No solo porque las lecciones de inglés y el suajili —idiomas oficiales del país— abren las puertas a nuevas oportunidades, sino porque muchos de los niños maasai que asisten al centro solo hablan maa, su lengua ancestral, y este es, para ellos, el primer contacto con nuevas palabras y formas de nombrar el mundo.
Detrás de la escuela hay un depósito de agua y varias placas solares que abastecen de electricidad a los dormitorios. Estos fueron construidos para acoger a 40 niños que vienen de zonas más alejadas y que, de otro modo, no podrían asistir al colegio cada día. Aquí duermen, estudian y, por primera vez en muchos casos, acceden a algo tan básico como una alimentación regular. El menú forma parte del cuidado. «Intentamos que tengan tres comidas distintas durante la semana», explica Marta. Han logrado incluir carne dos o tres veces por semana y ofrecer fruta al menos un par de días. «Son cosas que, en raras ocasiones, ellos se pueden permitir», añade.
¿Pero qué llevó a tres hermanos gerundenses a levantar una escuela en un lugar donde no hay carreteras ni cobertura? El sueño de los Gras nació, como recuerda Carles, hace más de 25 años. Ligados al mundo de las finanzas y empresarial, la idea surgió en una cena familiar: hacer algo juntos, emprender un proyecto en común. «Aunque no pensábamos en una asociación, y mucho menos en Kenia», se sincera el hombre. Durante años, aquella posibilidad quedó flotando en el aire. «La idea estaba ahí, dentro de nuestras cabezas, pero sin ver la luz», cuenta. Hasta que la vida les dio el empujón definitivo. Marta se estableció en Kenia, se casó, tuvo un hijo, y empezó a conocer de cerca la realidad del país. Fue ella quien un día les propuso volver a aquella conversación lejana:
—¿Os acordáis de eso que decíamos de hacer algo juntos? ¿Y si, en lugar de una empresa, hacemos una asociación?
Como resultado nació Maasai Reto, una asociación que arrancó con los tres hermanos de Gerona y sus respectivas parejas. Carles es el presidente; Jordi, el secretario; y Marta, quien vive cerca de la comunidad y gestiona la escuela sobre el terreno.
«Al final, son pequeñas historias de niños que te encogen el corazón. Cuando les preguntamos qué quieren ser de mayores, te das cuenta de que hay niños que, hasta hace medio año —muchos de ellos— seguían pastando y con el ganado, y las chicas solo llevando agua y haciendo la comida para sus padres. Y hoy, hay un niño que quiere ser presidente de Kenia. Y, más allá de la figura simbólica de que quiere ser un presidente, es esa capacidad que tienen los niños, que en poco tiempo son capaces de soñar», destaca Carles.
El proyecto ha contado desde el principio con el apoyo de fundaciones, empresas y personas particulares que han contribuido a financiar el centro educativo. Las primeras construcciones fueron posibles gracias a organizaciones como Barcelona Actúa, y más adelante se sumó la Magic Foundation, del ilusionista Julius Dein. Con el tiempo, también surgieron apoyos desde el entorno más cercano: muchos de los visitantes de Enkopiro —el campamento turístico que Marta fundó junto a su pareja, Morris— se interesaron por la escuela y decidieron colaborar.
También han recurrido a colectas en internet, cenas benéficas y un sistema de apadrinamiento que, gracias a una contribución anual de 150 euros, cubre la educación, el uniforme y la alimentación de los niños que asisten al centro educativo.
Moseka fue el primer niño en inscribirse en la Escuela Primaria Olchoro Lemayian y también el primero en ser apadrinado. Marta Gras lo conoció por casualidad, mucho antes de que el edificio estuviera terminado. En una visita al poblado, acompañada por una amiga, acabaron en la casa del pequeño. Faltaban pocos días para que empezara el curso en la otra escuela, la que quedaba a ocho kilómetros y a la que sólo se podía llegar atravesando territorio de elefantes y leones. Marta recuerda cómo Moseka se les acercó para enseñarles su nueva mochila: un regalo de su madre, lista para cargar los libros. Su padre, mientras tanto, le enseñaba a escribir en una libreta que ya empezaba a llenarse de garabatos. Conmovida, la amiga de Marta decidió ayudarlo.
«Fue el primer niño que nos demostró que igual hay gente que está dispuesta a ayudar a estas familias. Por eso, cuando empezamos el colegio, dijimos que podíamos replicar este modelo, a ver si había más gente que estaba dispuesta a ayudar a estas familias», recuerda Marta. Y así fue. Hoy, ese mismo sistema permite que 115 niños puedan estudiar.
En solo dos años, el número de alumnos se ha duplicado. Y los Gras ya imaginan un futuro que antes parecía impensable en la comunidad. «Los niños no eran conscientes ni tan siquiera de que tenían derechos. No sé si tendremos un presidente, pero espero, cuanto menos, que de aquí salgan muchos niños y niñas que el día de mañana tengan una profesión».


