- Semana Santa La puntada de oro del bordador Paquili y su lucha para que Montero reconozca el arte sacro como profesión
Son las 11:30 horas. Jueves, 4 de septiembre. En el taller de bordados de Paquili, el más señero de Sevilla y toda una institución dentro del arte sacro, la actividad es incesante. Entre puntada y puntada de hilos de oro suena el teléfono móvil del diseñador. Es un mensaje de WhatsApp, uno más, que pasa desapercibido. Solo horas después, Francisco Carreras, que es el auténtico nombre de Paquili, abre el mensaje, extrañado porque se lo mandan desde un número desconocido y desde el extranjero. Es un aviso y una amenaza.
En aquel mensaje, cuenta Paquili a EL MUNDO, le recriminaban haber denunciado públicamente los plagios hechos en Pakistán de bordados sevillanos, le acusaban de «robar» a las hermandades y le lanzaban una advertencia:«Da la cara si tienes valor».
El contenido literal del mensaje lo guarda celosamente el bordador -por consejo de su abogado-, pero explica que fue «algo así, aunque con otras palabras» y que, desde entonces, siente «inquietud» y en su familia se ha extendido el temor a que aquellas palabras pasen a algo más.
Las amenazas más o menos veladas y los insultos -a él y a otros artistas destacados del arte sacro sevillano como Francisco Javier Sánchez de los Reyes o Antonio Castro- son el último episodio de la guerra que los bordadores tradicionales de la capital hispalense le declararon hace más de un año a los talleres low cost que, desde Pakistán, están tratando de inundar el mercado cofrade andaluz con piezas de ínfima calidad, tirando los precios y, lo que es peor, copiando «con descaro», dice Paquili, los diseños que se hacen en los talleres tradicionales.
Sánchez de los Reyes se enfrentó abiertamente en X con quien dijo ser el dueño de unos de esos talleres, Muhammad Tayyab, solo unos días antes de que Paquili recibiera los mensajes amenazantes en su móvil. El artistas sevillano le acusó de copiar sus diseños y el paquistaní le respondió:«Pero tengo más trabajo que tú porque somos la mejor opción».
Contactar y encargar una saya o un manto en Pakistán es tan fácil como hacer una búsqueda en internet y ponerse en contacto con uno de estos talleres, siempre por WhatsApp. Un ejemplo es Escodo Embroidery, que publicita sus productos en perfiles de las principales redes sociales y que proporciona, como única forma de contacto, un número de teléfono.
De este taller salió un manto donado por un grupo de hermanos de La Clemencia de Jerez de la Frontera, uno de los primeros motivos de alarma que sacudieron al sector y que le hicieron reaccionar con denuncias públicas de competencia desleal y mala calidad.
La llegada a la hermandad jerezana de esta pieza low cost paquistaní se produjo hace aproximadamente año y medio, recuerda Paquili, y la noticia, que se extendió como la pólvora por los corrillos cofrades, sacudió a un gremio que lucha por conservar las esencias del arte sacro, su identidad.
Aquella sacudida se replicó, con más fuerza, hace solo unos meses, cuando una hermandad de Sevilla recibió otra pieza de un taller de Pakistán. La amenaza era cada vez más real y se materializaba en la mismísima puerta de los grandes talleres sevillanos en forma de una pieza donada por hermanos.
Paquili y sus colegas volvieron, como la primera vez, a poner el grito en el cielo y desde la Asociación Gremial de Arte Sacro de Sevilla se difundieron comunicados alertando de lo que estaba llegando desde tierras paquistaníes, del riesgo que representaban sus plagios no ya para sus negocios, que también, sino para una tradición de siglos que llegó en galera desde Bizancio en el siglo XV y que aquí, a este lado del Mediterráneo, creció y se desarrolló hasta ser lo que hoy es.
«Nuestra asociación defiende el interés de los artistas del arte sacro, pero también, y sobre todo, la identidad, la tradición del arte sacro de Sevilla y Andalucía», afirma Paquili desde su taller a la espalda de la Iglesia de San Isidoro de Sevilla, donde las agujas siguen bailando ajenas a las amenazas.
Las primeras noticias, hace tres años
Recuerda que fue hace tres años cuando se tuvieron las primeras noticias de los talleres paquistaníes, pero eran ecos remotos, nubarrones demasiado lejanos como para tomárselos muy en serio.
Todo cambió hace año y medio, cuando aquellos nubarrones se acercaron tanto que los bordadores sevillanos y andaluces sintieron su sombra sobre ellos.
Paquili señala, sin acusar en ningún momento, a las hermandades. Porque, destaca, «su historia está escrita gracias a la excelencia de los artistas del arte sacro». De sus manos, continúa, ha salido el patrimonio de su «gran tesoro» que «se ha ido acrecentando con los siglos».
El llamamiento de Paquili y otras figuras del arte sacro ya ha tenido respuesta y grandes cofradías de la Semana Santa de Sevilla han mostrado su respaldo al gremio de bordadores frente a la industria del plagio made in Pakistán.
Aunque las armas con las que combaten los talleres asiáticos son difíciles de contrarrestar: por una pieza que en un taller tradicional de Sevilla costaría entre 25.000 y 30.000 euros, cobran 2.000 euros y la entregan en un plazo de seis meses.
Paquili hace hincapié en el papel de los intermediarios -«tiene que haberlos», señala- en el surgimiento de esta competencia desleal para luchar contra la cual ha pedido ayuda a las administraciones públicas. «Me gustaría saber cómo llegan estas piezas a España, por qué vías», se pregunta el bordador sevillano, que asegura que no va a ceder ante chantajes ni amenazas. «Que compitan, pero en igualdad», insiste.

