La calle es una pequeña cuesta serpenteante y sin salida llena de socavones, desperdicios y maleza. Recuerda a algún lugar en conflicto o deshabitado, pese a estar a un salto en coche del centro de la milenaria Marsella. Un contenedor de basuras tirado en la calzada sirve de respaldo para un trozo de madera rectangular pintado con letras verdes. «Promo. Plake: 220. 2 g: 90 euros», señala el cartel, a modo de reclamo.
La oferta está a la vista de cualquiera que pase por esta barriada con ganas de un porro o de un tirito. La traducción es sencilla. Aquí, en la zona alta del barrio de La Castellane, donde se crio el mismísimo Zinedine Zidane, se venden dos gramos de cocaína por 90 euros y la placa de hachís, de alrededor de 30 gramos, a 220. Esta es la entrada al principal infierno marsellés de la droga. Se calcula que hay alrededor de 120 puntos de venta similares por toda la ciudad. Principalmente, se encuentran en las banlieus (suburbios) del norte, conectados entre sí por la autovía 55.
Llegar hasta este mercado donde se comercia con farlopa, hachís o crack es sumamente sencillo, aunque aquí la Policía apenas hace acto de presencia. Como se lee en las paredes grafiteadas, está abierto todo el día. «¡24 non Stop!». Las fachadas y los barandales de los balcones de los edificios de alrededor, moles de hormigón con cientos de viviendas sociales, están comidos por la humedad. La mayoría de sus inquilinos son inmigrantes magrebíes —también los hay subsaharianos— que vinieron hace décadas y que formaron familias en estas casas que un día les entregó el Estado a bajo coste.
Ahora, sus hijos y nietos, ya nacidos en Francia, como Zizou, se han criado en guetos de la periferia de la segunda urbe más poblada del país, tras París, y libran una batalla a fuego por el control del narcotráfico. Por eso están apostados en cada esquina, encapuchados, enmascarados a veces y en pequeños grupos, pero siempre conectados entre sí por aplicaciones de mensajería móvil. Esperan a clientes para conducirlos a pisos francos donde comprar la dosis o para entregarles el pedido por la ventana de su propio coche, como si estuvieran pidiendo una hamburguesa.
"El modelo de la mafia marsellesa se está copiando en toda Francia"
Pero también están allí para alertarse al instante de cualquier rostro desconocido o sospechoso que se acerca, como un rival de otra banda, un agente policial de paisano... o unos reporteros de Crónica, a los que pronto detectan. Esos chicos, menores de edad incluidos, son movidos como peones por sus jefes. Les ordenan matarse a tiros cuando quieren extender su poder a otros barrios o cuando pretenden enviar un mensaje de advertencia en voz alta. Luego, las víctimas aparecen muertas en coches calcinados o degolladas en algún descampado.
Así se libra la guerra del narco en Marsella, convertida en la ciudad más violenta de Europa por culpa de los traficantes y sus cachorros aprendices de mafiosos. Aquí la ley es una: silencio y colaboración, o plomo.
«Desde hace cinco o seis años, la violencia se ha desatado de una forma increíble», explica una alta fuente policial de la lucha contra el narco en Marsella mientras toma un café cerca del mar con este periodista y su compañera fotógrafa. Aunque en los últimos meses ha cambiado de destino, este agente de estupas que acepta reunirse con EL MUNDO bajo la condición de mantenerse en el anonimato, recorrió los barrios de la droga marselleses durante más de una década. Conoce cada recodo de La Castellane, La Rose, Cité Bassens, Font-Vert...
560.000 euros semanales, 2,5 millones al mes...
«Nunca hemos visto nada igual. Se matan por hacerse con un punto de venta. La fortuna que se mueve por esas calles sucias y grises está detrás de esos asesinatos. Hay dos o tres de esos puntos en Marsella que generan una media de 80.000 euros diarios», añade. «Una barbaridad. El resto no baja de los 15 o 20.000».
Esas ganancias de 80.000 euros al día se traducen en 560.000 euros a la semana, casi 2,5 millones al mes, más de 29 millones al año... «Los capos tienen cortados los accesos a determinados barrios, donde distribuyen a sus chicos. El Estado ha abandonado esas zonas, por lo que para nosotros es muy complejo investigar allí, aunque lo hacemos. Hemos detenido a sicarios de 14 años. ¡Una locura!», insiste.
Este pasado martes, el presidente francés, Emmanuel Macron, visitó Marsella obligado por la situación a la que el narco ha conducido a la ciudad. En 2023 hubo 49 asesinatos vinculados al tráfico de drogas. El año pasado fueron 24. Durante su presencia en la urbe, Macron inauguró una nueva comisaría entre dos de los llamados barrios de la droga. Su viaje provocó que las fuerzas policiales se desplegaran en lugares como La Castellane, acostumbrados a vivir sin agentes uniformados paseando por sus calles.
El equipo de Crónica pudo adentrarse ese día por la barriada donde un mural con la figura de Zidane en el lateral de un edificio recibe al visitante. Un grupo de tres chicos sentados al sol de la mañana comenzaron a increpar al redactor y a la fotógrafa.
El barrio es un conjunto de calles sucias con pasajes que conectan unos edificios con otros. Hay coches abandonados, sin ruedas, con los cristales rotos, aquí y allá. Las miradas de los vecinos desde las ventanas de sus casas desprendían un tono intimidatorio y opresivo. «Eso ha sido un lavado de cara», explicaba por teléfono, horas más tarde, ese policía antinarcóticos citado con anterioridad. «Mañana —por este pasado miércoles— los chicos volverán a la calle a vender y a matarse. No tengo duda».
"Las bandas contratan a sicarios por redes sociales como Instagram o Snapchat, a veces del norte del país, y les pagan 5, 7, 10.000 euros por matar a alguien. Tienen a pistoleros de 14 años"
A Macron también le dio tiempo de visitar la tumba de Mehdi Kessaci, en el cementerio de Saint-Henri, y de posar unas flores blancas sobre su sepultura. El chico, de 20 años, fue asesinado a tiros por dos sicarios el pasado 13 de noviembre, cuando aparcaba su coche en el centro de Marsella. Era un policía en prácticas sin vínculos con el narcotráfico. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, dijo que se trataba «claramente de un crimen de intimidación».
«Este asesinato premeditado no tiene precedentes», añadió el responsable de Interior galo. «Representa un nuevo nivel de violencia».
ACALLAR AL DISIDENTE
La única razón para matar a Mehdi Kessaci fue tratar de silenciar a su hermano Amine, reconocido activista antidrogas francés desde los 17 años y político en ciernes bajo las siglas de Los Ecologistas (LE). Ahora tiene 22. Mehdi era el segundo hermano de Amine asesinado por la mafia de la ciudad. En 2020, Brahim, el mayor de los Kessaci, fue encontrado muerto dentro de un vehículo calcinado. A diferencia de Mehdi, Brahim sí coqueteaba con el tráfico de drogas y habría sido asesinado en un ajuste de cuentas.
«¿Debería haber obligado a mi familia a irse de Marsella? La lucha de mi vida será esta lucha contra la culpa», explicó Amine Kessaci a BBC. Tras la muerte de su primer hermano, creó la asociación Conscience. Ronda ya los 800 socios. Su objetivo es denunciar el daño que los clanes locales del narcotráfico causan en los barrios más desfavorecidos de la ciudad y brindar apoyo psicológico y legal a las familias afectadas, bien a causa de tener hijos muertos por trabajar en la venta de drogas o porque se encuentran presos por cometer asesinatos para sus jefes.
«Hubo una época en la que los verdaderos matones tenían un código moral. No se mataba de día, no se mataba delante de todos, no se quemaban cadáveres. Primero, se amenazaba con un tiro en la pierna. Hoy en día, todas estas reglas han desaparecido», sentencia Amine Kessaci, quien al entierro de su segundo hermano muerto a manos del narco asistió con chaleco antibalas y rodeado por un fuerte dispositivo policial.
LOS CAPOS Y EL "ORGULLO" DE MATAR
El año pasado, una madre desconsolada llegó al despacho del abogado Luca Febbraro, un reputado penalista de Marsella. El letrado, sentado este pasado miércoles en un discreto comedor de un restaurante de la ciudad, recuerda que la mujer no entendía por qué su hijo estaba arrestado. La señora le contó que era un chico educado, que nunca había dado un problema en casa y que apenas salía a la calle. Tras la reunión con ella, el abogado envió a un colaborador del despacho a los juzgados. Desde allí, le informó que el joven, de 18 años, estaba acusado de matar a otro chico.
«Pero la sorpresa llegó después», rememora este abogado. «El chico admitió la acusación. Pero es que contó algo más: dijo que ya había matado a otra persona antes. Y lo decía con cierto orgullo por pertenecer a una banda, la DZ Mafia».
Entre sus clientes, Febbraro ha contado y cuenta con algunos de los mayores narcos de la ciudad. En el pasado defendió a Mehdi y Lamine Laribi, dos de los principales líderes de la DZ Mafia, una organización que está tratando de monopolizar mediante la fuerza el mercado marsellés de la droga y de todo el sur de Francia. Dada su experiencia, Febbraro es capaz de radiografiar con nitidez la «explosión de violencia» de las bandas criminales que manchan de sangre Marsella.
«El crimen organizado de hoy en día no tiene reglas ni códigos. Las bandas se matan para colonizar los territorios porque el consumo de drogas ha crecido exponencialmente en la última década por todo el país. En su mayoría son chicos jóvenes que proceden de barrios del norte de la ciudad. Están enloquecidos, drogados. Algunos matan y luego confiesan con orgullo, pero también sin ser conscientes de las consecuencias penales para ellos que tiene hacerlo», señala este abogado.
«A mi juicio, el gran error del Estado francés ha sido abandonar esas barriadas y a sus gentes durante décadas. Ahora es muy difícil dar marcha atrás. También hay mucha corrupción policial, es evidente. Y otro gran problema está en la corrupción de las cárceles. Todo el mundo tiene teléfono móvil con internet allá dentro. Eso facilita que un jefe que está preso pueda dar directrices a su gente de la calle. No creo que la situación mejore, al contrario. El modelo de la mafia marsellesa se está copiando en toda Francia».
Según datos de 2023 del Observatorio Francés de Drogas y Tendencias Adictivas (OFDT), el narcotráfico opera en Francia con la participación de 200.000 personas, genera una facturación anual de unos 5.500 millones de euros y abastece, sólo en cocaína, a 1,1 millones de consumidores.
Parte de ese enorme mercado se mueve por Marsella, capital del narco en el país por su equilibrada ubicación en el mercado: la ciudad cuenta con un gran puerto —las instalaciones portuarias son la principal vía de entrada de cocaína en cualquier país— y está próxima por carretera a España, canalizadora de grandes cantidades de droga como principal puerta de entrada a Europa de hachís y farlopa por sus costas.
UNA MAFIA HORIZONTAL
El agente antinarcóticos que se citó con Crónica explica cómo funciona la DZ Mafia. Se trata de la organización criminal que, según la información que manejan las fuerzas policiales, ahora domina la mayoría de los mercados de la droga de Marsella. Se trata de una banda de jerarquía horizontal. Sus jefes, «alrededor de ocho o diez» —los hermanos Laribi incluidos— se reparten el control de los barrios. En cada uno de ellos distribuyen a sus peones: los gerant (gestores) son los encargados de recaudar las ganancias; los petit gerant son sus manos derechas; la nourrice (niñera) es el responsable de controlar la guardería o casa donde se ocultan el dinero, las armas y la mercancía. Luego tienen a vigilantes, personal de seguridad, vendedores...
«Este tipo de grandes bandas, como la DZ Mafia, saca la mayor parte del dinero para invertirlo fuera de Francia. Invierten en Marruecos, Argelia, Dubái... Invierten en criptomonedas, en restaurantes...»
—¿A qué atribuye la bajada de muertos de 2024?
—Desde luego, no a que la DZ Mafia esté abandonando la violencia. Siguen contratando a sicarios por redes sociales como Instagram o Snapchat, a veces del norte del país, y les pagan 5, 7, 10.000 euros por matar a alguien. Tienen a pistoleros de 14 años. La razón es que se está quedando sin rivales. Ya han extendido su poder a ciudades próximas como Nimes o Aviñón, según la información que manejamos. Sabemos que están llegando a acuerdos con organizaciones de otros lugares a cambio de ofrecerles protección o de resolverles un problema. "Yo te limpio tu territorio pero a cambio me quedo con la mitad de tus beneficios". Ese es el pacto.
Sangre, poder y dinero.
Próximo domingo: «Marsella, ciudad en psicosis» (y 2)







