Una tribu congoleña inspira el nombre de la discoteca. «La conexión con Jowke es la del hombre luchando contra las adversidades de la naturaleza», explica su codirector Alberto Muñoz. Estos días, sus clientes —protagonistas de la generación Z— atraviesan la mayor de las adversidades: los exámenes finales. Por eso, la sala Monkey ha dejado a un lado la fiesta y se ha transformado en una biblioteca. No hay libros. La barra sigue ahí, pero el alcohol no está a la venta. Para los estudiantes, café y agua. Mesas, sillas, papel y boli. Luz tenue, silencio y conexión wifi.
Jowke, esa enorme cabaña en Alcorcón (Madrid), pausó la música para que los jóvenes memorizaran algo más que canciones. La semana pasada, de lunes a viernes, entre las 17:00 y las 22:00, decenas de estudiantes —mayores de 18— pasaron por la Jowke Biblio. «Es una forma de apoyarles para que terminen rápido los exámenes, que no vayan a recuperaciones y que puedan disfrutar de la discoteca tanto de día como de noche», argumenta Alberto, que esta semana ha pasado de anfitrión a bibliotecario. «Sorprendentemente vienen a estudiar y no tienen mucho cachondeo, cada uno está a lo suyo».
Crónica visita la Jowke Biblio y conoce a siete jóvenes volcados en sus apuntes. Daniel (19) y Samuel (20) cursan una FP de Programación y preparan un proyecto. Claudia (24) estudia Radioterapia y lucha contra la asignatura de Física. Su hermana Natalia (19), que estudia otra FP de Atención a Personas en Situación de Dependencia, se esfuerza por superar la materia de Atención Sanitaria. Alexandra (19) se concentra en su bachillerato de Sociales. Joel (21), aprendiz de aviación, lucha por comprender la meteorología, y Miguel Ángel (21) está «preparando unas cosas». Él no tiene evaluaciones, pero aprovecha para «estudiar la biodiversidad animal», y así destacar en su trabajo como guía haciendo rutas por Madrid.
Todos ellos, fanáticos confesos del reguetón, son clientes recurrentes del club. Alexandra, Miguel Ángel, Claudia y Natalia los que más. Son de esos que van casi todas las semanas, religiosamente los viernes y/o sábados. Los cuatro incluso trabajaron allí el año pasado y sólo tienen palabras de elogio para Jowke. La definen como «novedosa», «familiar» y «diferente».
Alberto (28) y su hermano Rafa (26), el otro director de Jowke, ponen el foco en la generación Z y saben lo que su público quiere. «El consumo de alcohol ya no es tan importante como antes... Hoy en día lo que vende es el espectáculo, la experiencia que des al cliente», comparten.
De esta manera, los hermanos Muñoz de la Cámara sacan el máximo provecho a sus 18.000 m² (8.000 de discoteca y 10.000 de parking). Aunque jóvenes, se toman muy en serio su imperio festivo, cuidando cada detalle junto a sus 150 empleados para no decepcionar a las 15.000 personas que los visitan semanalmente. Cada año invierten un millón de euros para mantenerse a la vanguardia tecnológica y ofrecer la máxima calidad.
Por eso, cada sala está cuidadosamente diseñada para beneficiar a una audiencia particular. La Natural Room, con éxitos del pop y rock español desde los 80 hasta el 2000; la Crystal Room, que se amolda a infinitas temáticas con sus decoraciones -la Flower Power y la Alien Party fueron las últimas-; la Sky Area, ideal para el invierno y para el verano, cuando se unifica con la terraza y su piscina. En fin, escenarios versátiles en los que incluso se grabaron escenas de la serie Élite, emulando una discoteca en Ibiza. También atraen a personas de todas las edades con sus actividades, como las clases de salsa, kizomba o bachata.
Ahora, la Jowke Biblio, que organizaron por tercera vez, está teniendo el mismo éxito. Aunque, por supuesto, la sala no se llena como cuando suena la música. «Es raro estudiar donde sales de fiesta, pero te concentras», puntualiza Miguel Ángel. Cuenta que en su hogar es imposible centrarse por todas las distracciones. «Con el hecho de levantarme, salir de casa y venir hasta aquí, pues ya estudio», justifica a la par que aprende sobre «los animales que están en peligro de extinción en España».
Luis Antón, psicólogo de IPSIA Psicología, considera que estudiar en un lugar asociado al ocio puede dificultar la motivación para estudiar «pero con un ambiente propicio y algo de tiempo para acomodarnos a ese espacio podría funcionar muy bien». A su vez, valora el hecho de que esta iniciativa fomente la sensación de comunidad. Asimismo, le parece «interesante» el mensaje de que «el estudio no tiene por qué ser sufrimiento». El especialista agrega que el uso adecuado de estos entornos «puede bajar la ansiedad si reduce la evitación y aumenta la sensación de eficacia... Pero si el estudiante va y no estudia, se refuerza el alivio a corto plazo y el problema se cronifica».
La presión académica en la generación Z, según Antón, es diferente que en las anteriores. «Hay más comparación social y más evaluación percibida, lo que intensifica la idea de que el rendimiento dice quién eres. Cuanto más se liga el yo a una competencia como las notas, más vulnerabilidad emocional ante el fracaso... En clínica vemos más perfeccionismo y autoexigencia, y no tiene por qué ser algo negativo, pero cuando nuestra identidad corre mucho peligro y entramos en procesos de comparación permanente aumentan los síntomas de ansiedad y las conductas de evitación. El foco terapéutico suele ser: objetivos realistas, aprender a gestionar la imperfección y la incertidumbre, conocer qué parte de la identidad está en peligro y poner hábitos de estudio».
Jowke ha intentado mejorar los hábitos de estudio prestando una de sus salas para ese fin. Así, al no estar en casa, Claudia evita levantarse a coger cosas de la nevera o distraerse con su gato, Alexandra no sufre con los gritos de su hermano pequeño y el «terremoto» del perro de Joel no le molesta mientras ahonda en la aviación. «Vine por probar, no te miento, y me he sorprendido lo tranquilo que es», dice este veinteañero, que repite en la biblioteca por segunda vez.
Samuel y Daniel por fin encontraron un lugar en calma para avanzar en su proyecto. «Las bibliotecas están petadas. ¿Y qué buscas cuando vas a una? Espacio, tranquilidad y silencio. Ya está. Aquí lo tienes. Además, aquí no tenemos miedo de hablar para comunicarnos», cuentan los estudiantes de Programación. «En casa te distraes y en la biblioteca todo es más tenso; aquí es más desenfadado, vas a tu bola y te concentras», señalan Miguel Ángel y Natalia.
Rafa estudió Administración y Dirección de Empresas, al igual que su hermano Alberto, que también hizo la carrera de Marketing y un máster de Planificación y Gestión Inmobiliaria. Ambos saben lo que es pasar horas de estudio. Ahora ponen en práctica lo aprendido en Jowke. El próximo jueves 22 de enero tendrán la fiesta de fin de exámenes, donde también estarán los usuarios de la biblioteca disfrutando, independientemente de las calificaciones: «Obvio vendremos, a ahogar las penas o a celebrar».





