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Cuando la escritora Andrea Marcolongo estaba sentada en una terraza de París no entendía a los runners que, mientras bebía vino con sus amigos, ocupaban la calle en bandadas. A su alrededor decenas de personas huían o escapaban a la carrera vestidos como los deportistas. No sabía entonces que los corredores tenían en la cabeza las mismas preguntas: ¿qué necesidad hay? ¿No estaría mejor en un bar? ¿Es posible? ¿Estoy corriendo? ¿A esto se le puede considerar correr? ¿No sería mejor volver a casa? ¿Qué necesidad hay?
El impulso masoquista de interrumpir la rutina para cumplir con el objetivo de resistir corriendo por la ciudad los kilómetros prometidos contiene, al parecer, un trasfondo filosófico. Andrea Marcolongo conecta a la sociedad enganchada a las aplicaciones del control de rendimiento -y a vestir un «outfit ideal» para la práctica deportiva- con la Antigua Grecia. La filóloga clásica, periodista y escritora italiana se apoya en Filóstrato de Atenas, profesor de retórica y filósofo, que equipara en De arte gymnastica el deporte con la astronomía, la geometría, la música, la ciencia médica, la pintura, la plástica, la escultura o el grabado: «La gimnástica es un saber no inferior a los otros», escribió Filóstrato, que no había probado los gimnasios lowcost.
Marcolongo, licenciada en Letras Clásicas, decidió empezar a correr para encontrarle un sentido a la adicción de correr sin haber corrido nunca nada antes. «Fue horroroso», admite al otro lado de la videollamada. «Me daba una vergüenza infinita. Y no solo el primer día. 100 días después, me seguía dando vergüenza. No podía correr ni un minuto. Para mí era demasiado. Me acuerdo muy bien. Tenía toda la cara roja. Pasé muchísima vergüenza. Sentía la falta de una dimensión intelectual. Hoy en día millones de personas corren, pero no saben por qué: en el mundo antiguo el deporte era parte de la preparación intelectual. Era un ejercicio casi filosófico. Es muy importante la asociación que hace Filóstrato entre la decadencia de los muslos y la decadencia espiritual».
Aquel día que corrió avergonzada empezaba un plan de entrenamiento que le iba a proporcionar la resistencia para completar la distancia de 41,8 kilómetros que separa Maratón de Atenas, el trayecto recorrido por el primer maratoniano de la Historia, el mensajero Filípides. Llevaba el mensaje de la victoria en la batalla de Maratón. «Hemos vencido», dijo antes de caer muerto por el esfuerzo. Demasiado épico. «Es un mito. Cualquier cosa importante tiene su correspondiente mito en la Grecia clásica. El hecho de correr también. Mi mito favorito tiene que ver con la interpretación del kairós. Habla del tiempo en un sentido casi figurado. Es la idea de no correr detrás del tiempo, sino ponerse enfrente, pararlo, aprovecharlo».
Y con la carrera, en el transcurso de la búsqueda del santo grial del runner, lo ha conseguido. Entró en el agujero de gusano donde la concentración, el sufrimiento y la repetición construyen un pequeño paraíso individual, una burbuja de placer a través del dolor. «En pocas palabras, después de pasarme toda una vida atormentándome para entender qué es el tiempo, correr me ha liberado de esa obsesión trágicamente proustiana y acto seguido, sin escapatoria posible, me ha impuesto otra: comprender qué hay dentro del tiempo», puede leerse en El arte de correr. De Maratón a Atenas, con alas en los pies (Taurus), el manual que explica esta obsesión secular por la carrera continua. «Es un libro que no va dirigido a los deportistas. Está hecho para gente que no sabía nada de estas cosas. En una época donde nos gusta muchísimo mentir, con la carrera no puedes mentir. Tienes solo tus piernas. Haces lo que tu cuerpo puede hacer», señala.
"Lloré. No sabía que existía la posibilidad del éxtasis. Me sentía viva, consciente de mi cuerpo. Mortal e inmortal"
De sus entrenamientos, la autora saca las ideas que dan cuerpo al libro. Sufrió la fatiga. «Para mí fue tan duro ponerme a correr como seguir corriendo. Durante meses fue una tortura». Experimentó la nostalgia. «Tiene que ver con la pérdida de libertad. La nostalgia por las tardes de cuando éramos niños». Vivió el éxtasis. «Lloré. No sabía que existía la posibilidad del éxtasis. Me sentía viva, muy consciente de mi cuerpo. Me ha pasado cinco veces. Me sentía muy mortal siendo al mismo tiempo inmortal». Sintió que era otro elemento expuesto en el escaparate de la calle. «Es exhibicionista. Muy narcisista. El corredor ofrece un espectáculo. Las grandes carreras ocupan el espacio público. Es la única vez que muchísima gente se reúne con otros. Ya no quedan asambleas o reuniones para compartir intereses comunes, pero cada tarde, cada domingo, los corredores se juntan».
En la Grecia clásica, las carreras eran muy diferentes. Tanto por la distancia, como por el objetivo. No había manera de saber a qué ritmo estaban corriendo. «Eran más prácticos. Corrían por necesidad. Para llevar un mensaje, para prepararse de cara a la guerra. La idea de la resistencia en el esfuerzo no es algo muy griego».
Nuestra sociedad corre y está gorda y tiene una relación obsesiva con el bienestar y la salud. «Nunca ha habido en la Historia tanta gente con sobrepeso y nunca ha habido tanta gente haciendo deporte. El deporte ocupa mucho espacio en la vida de los jóvenes. Hace falta disponer de mucho tiempo para correr una hora al día».
Buscar el sentido filosófico al hecho de correr -«me empeño en correr porque es la manera más concreta de sentirme viva»- cambió la vida de Marcolongo.
Spoiler: completó los 41,8 kilómetros de Filípides. «Estaba agotada, hacía frío y tenía ganas de darme una ducha infinita y muy poco ecológica. Lo había hecho. Y por la noche, cuando habían pasado horas, no es que se me hubiera olvidado, pero creí que sería más grandioso», concluye todo un aparato teórico del footing.



