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Alcobendas tiene una nueva diosa. Y van dos. A Penélope Cruz, la más grande de las actrices del cine español de todos los tiempos, hay que sumar ahora Karla Sofía Gascón, de 52 años. Hasta la proyección de Emilia Pérez el sábado pasado no quedaba claro si era mexicana, donde ha vivido muchos años, o española, donde ha nacido. En verdad, claro claro, lo que se dice claro, lo único que había era su deslumbrante interpretación tan delicada y tierna como brutal y salvaje. Tan arrolladora como tenue. «Soy española, de Alcobendas. En algunos sitios figura que soy andaluza y no. Mis padres vienen de Andalucía, no yo», precisa justo después de reconocer, sin esforzarse mucho, que lo que le pasa ahora mismo es lo más parecido a un sueño.
Cita de carrerilla todas las grandes actrices con las que ha coincidido en la alfombra roja, toma aire, se acuerda de su mujer y de su hija, y sigue con la lista. «Aún no me lo creo sobre todo porque lo más difícil que he vivido últimamente no ha sido interpretar este personaje, sino salir de él. He estado tanto tiempo y de forma tan intensa con él que me he tenido que someter a una auténtico exorcismo para poder continuar mi vida», dice.
Para situarnos, hasta 2018, Karla era Carlos. Fue por entonces cuando publicó la novela de aire lejanamente autobiográfico Karsia. Una historia extraordinaria y cuya firma corre a cuenta del que era. «Fue mi modo de despedirme de él», reconoció en una entrevista. Antes, empezó a actuar en los años 80 y no es difícil rastrear su nombre en series tan populares como Isabel y El súper donde estuvo entre 1996 y 1999. Posteriormente emigró a México y, tras participar en varias telenovelas, el reconocimiento le llegaría con Nosotros los nobles (2013), una de las películas más taquilleras del país. Fue en ese instante, y gracias a la estabilidad lograda, cuando se decidió a «hacer lo que siempre había soñado desde niña».
Sobre el papel, Emilia Pérez poco tiene que ver con ella. La figura del narcotraficante que, de golpe, decide cambiar de sexo se antoja demasiado lejos no sólo de Karla sino de cualquier mortal. Y sin embargo, algo hay: «Recuerdo muy al principio que discutíamos con el director sobre la verdadera motivación del personaje. Quiere cambiar de sexo para camuflarse y poder huir simplemente o es ese su deseo de verdad. Gracias a dios se optó por lo segundo, que es la decisión correcta», dice orgullosa justo antes de explicar el que es su otro motivo gran motivo de orgullo: «En un principio, el papel de Manitas lo iba a hacer otro actor. Yo solo haría el de Emilia. Pero le rogué al director que me dejara a mí. Le tuve que convencer. Fue algo maravilloso poder regresar al mundo de libertad del que disfruta el hombre en nuestra sociedad. Una hora y media de maquillaje y luego...».
- No entiendo, ¿libertad, dice?
- Sí, ser mujer en esta sociedad es una auténtica pérdida de tiempo. Para una ceremonia como la de Cannes, son horas de peluquería, maquillaje, pruebas... Y eso por no hablar de las colas del baño. Es muy complicado ser mujer. El mundo de los hombres es mucho más tranquilo porque el mundo, en general, está hecho a su medida.
- ¿Le compensa el cambio entonces?
- A pesar de todo, ahí estamos. Es muy divertido poder vivir como quieras para llegar a completar el círculo del ser humano. Esto lo deberíamos hacer todos.
Karla habla desde la euforia, pero no esconde las heridas. Y hasta las enseña. «Tu pones ahora mismo la palabra trans en las redes sociales y lo único que aparecen son insultos y pornografía. La sociedad persigue por sistema a las personas que son diferentes. Primero era las mujeres que se incorporaban al mundo del trabajo, luego las personas de color, luego a los gays porque aspiraban a casarse... La humanidad siempre encuentra a alguien al que echarle la culpa de todos los males, de quien burlarse o a quien machacar». Pausa. «Vivimos en una sociedad muy cabrona. Y eso que en nuestra sociedad occidental podemos movernos y, cuanto menos, protestar. En cualquier otra parte del mundo es mucho peor. Ser una personal transexual ahora mismo es ser la nueva minoría a la que todo el mundo denigra, a la que todo el mundo le echa la culpa de todo lo que sucede. Donde la tradición está muy presente, para muchas familias es mejor tener un hijo delincuente que maricón», dice, se toma un segundo y lo enlaza con la película que, al fin y al cabo, es de lo que se trata «Ese es efectivamente el caso de mi personaje. Por mucho poder que tenga, nunca tendrá el suficiente para declararse gay porque la basura que le rodea se lo impide».
Cuenta que la primera vez que recibió el guion no se lo creía. No es que no se creyera que un director como Audiard se hubiera acordado de ella, simplemente no daba crédito a lo que leía: «un narcotraficante transexual que canta y baila... Pero qué locura es ésta». De momento, la locura no ha hecho más que empezar. Desde Alcobendas a Cannes.



