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John Turturro es, según se mire, el inolvidable jugador de bolos de El gran Lebowski, el pizzero sudoroso y bastante racista de Haz lo que debas, un secundario de lujo del mismísimo Almodóvar o, y sobre todo, el guionista bloqueado Barton Fink en, en efecto, una de las más turbias, inquietantes y divertidas (todo en uno) de las palmas de oro concedidas hasta la fecha. Es pronto, pero quizá es el momento de hacer hueco en la parte más alta de la memoria junto a estos y otros tantos papeles turturrianos al ratero Harry Lehman, su personaje en The Only Living Pickpocket in New York (es decir, el único carterista vivo en Nueva York). La película dirigida por Noah Segan y presentada fuera de competición en la Berlinale empieza y acaba en Turturro, es homenaje a él y a cada uno de los recuerdos (que ya son) que cualquier espectador más o menos desatento puede atesorar de este intérprete esencialmente contradictorio: comediante por trágico, estadounidense por italiano, nihilista por sentimental y payaso de pura seriedad. Solo Turturro puede hacer de Turturro.
La película cuenta la historia de un tipo en vías de extinción. Desde cualquier punto de vista. Ya nadie roba al descuido porque lo único importante es el móvil y ése siempre está a la mano y a la vista. Pero está él, empeñado en llevarle la contraria al mismo tiempo. Y así hasta que un día roba lo que no debe: un pen drive que da acceso a algo demasiado grande, demasiado gordo y demasiado incomprensible para alguien acostumbrado a meter las manos en los bolsillos ajenos. Sin aún darse cuenta del todo, su hallazgo puede ser su condena absoluta o su salvación. Su mujer vive inmóvil y detenida en la cama víctima de una enfermedad grave y muy cara. Y hace tiempo que nada sabe de su hija. El destino en estos casos, huelga recordarlo, rara vez juega a favor.
Noah Segan simplemente se deja llevar. Se deja llevar por el recuerdo de un cine antiguo en el que los robos se cometían gracias a una meticulosa puesta en escena muy cerca de la magia (pero de la sencillita, de la Borrás). Se deja llevar por una banda sonora en la que insistentemente aparece las palabras New y York (mención especial a New York, I Love You but You're Bringing Me Down, de LCD Soundsystem). Se deja llevar por un desfasado y añorado concepto de la acción lenta, que no a cámara lenta. Y se deja llevar, ya se ha dicho, por Turturro.
En verdad, y a fuer de ser objetivo y un poco sincero, la película adolece de un guion algo caprichoso, cuando no errático, y una autoconsciencia fuera de lugar (vamos, que se da mucha importancia). Pero a quién le importa la objetividad cuando apenas aparece su protagonista se viene a la mente Jesús Quintana, el jugador de bolos con redecilla más improbable del planeta, o el propio Barton arrastrándose por su más íntima desesperación. En efecto, la película se disfruta como lo que es: de principio a fin, y a un lado las nostalgias que dan un poco de urticaria, John Turturro con su carcajada más triste. Es él.
Las leyes del cine mínimo
Por lo demás, la sección a competición se dispuso en posición casi de clausura (faltan dos más y ya) y decidió adoptar sus galas más minimalistas, que no pequeñas. Poco parece tener que ver la tristura austriaca de The Loneliest Man in Town (***), de Tizza Covi y Rainer Frimmel, con el esplendor evocador y africano de Soumsoum, the Night of the Stars (***), del director franco-chadiano Mahamat-Saleh Haroun, y, sin embargo, las dos películas riman. Y lo hacen en consonante. A las dos les asiste la delicadeza de los gestos precisos, justos y infladamente significativos. Eso sí, la primera es una tragedia cómica y la segunda, tragedia mesmérica. Y así.
The Loneliest Man in Town (El hombre más solitario en la ciudad) cuenta la historia de un rockero o rockabilly o blusero enamorado de la música del Delta (la misma de Los pecadores, de Ryan Coogler), pero en Viena. Allí, en un edificio a punto de la expropiación guarda sus tesoros: recuerdos, amores rotos, discos viejos y esperanzas siempre frustradas. Y así hasta que llega el desahucio. También ahí. Con ese gusto por los personajes al margen que ya demostraran en Vera, la película de 2022 de la pareja de cineastas, la película se detiene en un retrato de la soledad desde el más absoluto silencio. Bella, divertida y muy amarga (todo junto). Quizá el único problema (que, por otro lado, puede contar como virtud) sea su escandalosa proximidad al universo de Aki Kaurismaki (o de Buster Keaton, por qué no) sin serlo del todo (ni lo uno ni lo otro). Sea como sea, queda el flequillo y la música, los dos perfectos, de Alois Koch o Al Cook, como se quiera.
Soumsoum, the Night of the Stars (la noche de las estrellas) replica de algún modo el universo de Lingui. Lazos sagrados, la anterior cinta de Mahamat-Saleh Haroun. De nuevo, la mujer africana (del Chad para ser precisos) es situada en el centro de un conflicto en el que se debate lo nuevo contra lo viejo, la tradición asumida sin crítica contra los derechos más elementales. Aquella era la historia de un aborto en una sociedad que no lo permite, éste es el relato de una supuesta maldición en un pueblo temeroso de todo lo que pueda alterar privilegios o frases hechas (pocos argumentos tan universales). La protagonista, Maïmouna Miawama, goza de poderes extraños que le hacen predecir el futuro y atisbar las culpas del pasado. Rápidamente, su talento es señalado como amenaza. El director combina con delicadeza líricamente naif lo visible con lo invisible en una película transparente, liberadora y enorme en cada uno de sus gestos mínimos. Bien es cierto que, por momentos, se antoja premiosa y falta de ritmo, pero puede más la geografía deslumbrante de un drama tan lleno de luz como misterioso.



