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"Desde hace años, tiendo a ver mis libros como un conjunto por el que circulo, así que debo encontrar un equilibrio», dice Emmanuel Carrère. «Está bien que las historias suenen familiares, pero no debo parecer repetitivo». ¿Y de qué habla ese todo? «Habla de mí y de todo lo que no soy yo. Bueno, eso suena a que estoy loco, es demasiado amplio... Sé que Koljós es un libro muy importante en ese todo. Pero no sé explicarle por qué».
En el todo de Carrère, Koljós(Anagrama) es el libro que más extensa y explícitamente habla de su familia y el primero que lo hace desde Una novela rusa (2007), obra de la que es ampliación y refutación. «Allí contaba la historia de mi abuelo, un georgiano que emigró a Francia, fue colaboracionista durante la ocupación nazi y acabó ejecutado en la Liberación. Escribí sobre la influencia de esa vida y esa muerte en mi madre, en mi tío y en mí mismo. 20 años después, escribo la historia de mi familia y no puedo evitar a mi abuelo. Los hechos son los mismos y, por tanto, los cuento igual. Pero han pasado 20 años. Mi relación con los protagonistas ha cambiado, yo mismo he cambiado».
¿Quiénes son los dos protagonistas de Koljós? Uno: Hélène Carrère d'Encausse, la madre de Carrère, hija de emigrantes rusos blancos y georgianos, historiadora, intelectual conservadora, secretaria-directora de la Academia Francesa, dama de cabellera plateada y compostura perfecta. Y dos: Louis Édouard Carrère, su padre, pequeñísimo burgués de provincias, empleado de una aseguradora e historiador aficionado. Su matrimonio fue infeliz. Louis tuvo un accidente de coche en el que estuvo a punto de morir una de sus hijas y Hélène lo culpó por ello. Hélène tuvo un amante y Louis le dijo que jamás le concedería el divorcio, que se suicidaría si lo abandonaba. Ganó el ultimátum pero su victoria fue su penitencia: Louis se convirtió en un fantasma en su casa, un padre invisible que dormía en el cuarto de invitados y al que sus hijos ni siquiera odiaban. Y, sin embargo, nunca dejó de ser un devoto de Hélène, un admirador fascinado que escribió la historia de la familia ruso-georgiana de su mujer. Sus archivos, anecdóticos y escritos con una prosa un poco envarada, son los cimientos sobre los que su hijo Emmanuel ha escrito Koljós.
«Escribí Una novela rusa contra la voluntad de mi madre, la hice sufrir y ella se sintió herida. También había una parte de compasión. Terminaba con la imagen fundacional de nuestro amor: aparecía yo nadando hacia ella en la última página. Y esa imagen está en Koljós. Koljós es un libro mucho más apaciguado. Ya no hay nada de transgresión».
¿Qué decir de Hélène? Que fue hija de ricos arruinados, o sea que nació pobre. Pero murió como una mujer rica, en un gran piso en el Distrito VI. «En realidad, no era hija de ricos», corrige Carrère. «Era nieta de burgueses georgianos, más intelectuales que ricos, por un lado. Por el otro, sí que había aristócratas rusos. Mis abuelos fueron pobres al llegar a Francia, mi abuelo fue taxista, aunque su idea de sí mismos fuera otra cosa. Mi madre no fue una desclasada como [los escrritores] Annie Ernaux o Édouard Louis, gente que viene de un mundo muy humilde. Mis abuelos eran pobres pero solo se sentían provisionalmente pobres. Eran pobres pero se veían a sí mismos como mejores que los burgueses y les gustaba contar su situación como algo glorioso. Había nobleza y elegancia en llevar los mismos zapatos durante años pero llevarlos impecables. Cuando Hélène prosperó, sintió que volvía al estatus que le era debido».
Hélène fue también una intelectual conservadora. «Hay una razón histórica. Su mundo fue el de la Guerra Fría y el comunismo. Casi todos los intelectuales de su generación eran comunistas o compañeros de viaje. Mi madre, por su origen, nunca pudo comulgar con el comunismo, lo que no le impidió ser una experta en la URSS. El tiempo ha demostrado que su posición era justa y lúcida».
¿Y Louis Carrère? «Es la figura que me conmueve más en este libro. Su vida quedó totalmente determinada por el encuentro de su mujer. Vivió a su sombra y fue infeliz pero no habría cambiado por nada del mundo ese destino». ¿Por qué aquel hombre desdeñado perseveró en su devoción? «La razón se llama amor. Amor infeliz, pero amor. El amor dio sentido a su vida. Fue él el que amó, esa fue su victoria. Hay una idea de Auden que aparece en el libro: si el amor tiene que ser desigual, quiero ser yo el que amo. No fue feliz, pero fue el que amó. Yo nunca tuve conflictos con él. Con mi madre sí. Con él... Él era una presencia pasaba al lado».
Bueno: en el fondo, Hélène y Louis son el medio por el que su hijo cuenta su fin, "su vida y lo que no es él". El amor, la orfandad, Francia, la ideología, las clases sociales, Georgia, la tiranía del carácter, el arte, la ambición... ¿Vamos con Rusia? «Fui a Moscú con mi madre cuando tenía 10 años, y tengo el recuerdo más maravilloso que pueda imaginar. Era un niño pequeño que adoraba a su madre y la tenía para mí solo durante 10 días. Después de ese viaje, perdí el interés por Rusia. Era el terreno intelectual de mi madre y tampoco me moría de ganas de visitarlo. O miento: fui lector apasionado de la literatura rusa e incluso soviética. Hasta que, en el año 2000, 32 años después, viajé Rusia a rodar un documental. Durante los siguientes 15 años fui y vine muchas veces. Más o menos hasta 2015. Y luego, Rusia salió de mi vida igual que volvió a entrar».
- ¿En 2000 era optimista? ¿Imaginaba que Rusia se convertiría en una especie de Alemania un poco tremenda? ¿O había presagios?
- Esa era la teoría de mi madre. Era una ingenuidad. En Rusia nunca ha existido la democracia ni el gusto por la felicidad. Durante algún tiempo soñamos con que fuera un país normal con vidas normales, dedicadas a los placeres de la vida. Pues no. Su obsesión como sociedad es la misión histórica y gilipolleces por el estilo. Con la distancia tomé conciencia del país de locos que es. No entienden nada de nosotros y nosotros de ellos tampoco. Lo que es diferente es que ellos nos detestan. Nosotros a ellos no.
Algo más: en Koljós, Carrère se autorretrata como a una persona que cae mal, que nunca encaja, que se frustra y pierde el control. Sin embargo, al trato, al menos profesional, parece una persona cordial. «Siempre hay una distancia entre la autopercepción y el rostro que damos. Era el tema extremo de El adversario. Incluso hay una distancia entre las autorrepresentaciones que nos hacemos: a veces nos vemos como personas sombrías y otras veces somos luminosos. Este autorretrato de Koljós no es completo ni definitivo. Mire, en este libro se habla de los escritores colaboracionistas franceses... Hay una parte de mí que no se ha liberado de la vergüenza de estar asociado a través de mi familia a los colaboracionistas. No dice todo lo que soy, pero es real».
Es verdad: en Koljós aparece el mundo de los Brasillach y compañía. ¿Sabía que en España aparecieron muchos libros de Brasillach y de Drieu hace 15 años? Luego se pasó la moda. «Bueno, respecto a los colaboracionistas, hay algo que aclarar. Está Céline y están los demás. Céline es un problema. Es un escritor gigantesco pero en Francia no sabemos qué hacer con él. Es el escritor en singular, el que está a la altura de Proust y fue una mierda humana. Brasillach y Drieu tienen interés como testigos de un periodo negro pero sombrío. Es normal que para los españoles no pasen de curiosidad pasajera».
Una última frase: «Tengo 65 años y la orfandad pesa. Mis padres murieron con 93 y 95 años, no tuvieron malas muertes. Pero, ¿qué puedo decir? Que este libro explora en mi condición de huérfano tardío. Estoy en primera línea ahora, aunque suene a banalidad».



