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Narrativa

Emmanuel Carrèrre, una historia familiar más allá de las mentiras piadosas

'Koljós', la nueva proeza literaria del escritor francés es una reflexión sobre la historia contemporánea de Europa a través de la lente familiar, que ahonda de forma libre y lúcida sobre el peso existencial que deja la muerte de los padres

El escritor francés Emmanuel Carrère.
El escritor francés Emmanuel Carrère.Stefano Rellandini
Actualizado

En ruso, koljós es el nombre que se dio a la granja colectiva, donde la propiedad individual se disolvió en favor del Estado. Designaba la piedra angular de la política agraria soviética que impuso Stalin mediante represión y deportaciones.

Sin embargo, en la mitología privada de la familia Carrère d'Encause-Zourabichvili, koljós era un ritual de la infancia, un código secreto de la felicidad doméstica: cuando Louis, el padre de Emmanuel Carrère (París, 1957), se ausentaba por trabajo, los tres hijos -Nathalie y Marina y el futuro escritor- corrían a refugiarse en la cama de la madre, Hélène. Y así dormían juntos arropados, "haciendo koljós". Lo hicieron por última vez durante los cuidados paliativos de la madre, aquella otrora niña apátrida de origen georgiano que protagonizó un "ascenso espectacular hasta la cúspide de la sociedad francesa".

Koljós

Traducción de Juan de Sola. Anagrama. 448 páginas. 23,90 ¤ Ebook: 12,99 ¤

Durante casi un cuarto de siglo, fue secretaria vitalicia de la Académie française, primera mujer en ostentar el cargo. Su funeral, punto de partida del libro, se celebró con toda la pompa, presidido por Macron en el patio de los Inválidos, con la Serenata de Chaikovski de fondo para darle "el toque ruso". Porque, además de la sangre de la burguesía ilustrada de Tiflis, por sus venas corría la de la gran aristocracia prusiana y rusa, una mezcla improbable que solo la Revolución propició.

Enterrada la madre, queda el hijo-escritor para reconstruir lo que fue a lo largo de "un siglo y cuatro generaciones", siguiendo la línea vertical: "padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas".

Sacar al padre de las sombras

¿Qué empuja a escarbar en la vida de padres, abuelos y más allá? Carrère retoma la idea sartreana de que lo único importante es lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Pero matiza: también pesa lo que hicieron quienes nos precedieron. Las decisiones «más o menos libres» de los progenitores moldean al hijo, en especial cuando hay que elegir un bando o, en una escala más íntima, cuando se conforma la arquitectura sentimental de un matrimonio. Koljós es una reflexión sobre la historia contemporánea de Europa a través de esa lente familiar (como hizo Marguerite Yourcenar en El laberinto del mundo), un autorretrato disfrazado que se perfila al detener la mirada en el recorrido vital de los padres.

El libro navega entre dos cataclismos. El primero, más próximo, es la muerte de los progenitores y el consiguiente desalojo de la residencia oficial que ocuparon. Allí, entre cajas y papeles, emerge Louis Carrère, siempre discreto, eclipsado por el inmenso perfil público de la "zarina" de la Académie. Amante de la genealogía, dejó toda la investigación familiar hecha con paciencia de amanuense: "como si, dondequiera que esté, me dijera: ahora te toca a ti". Admiraba la historia de su esposa: aristócratas arruinados por la Revolución, príncipes convertidos en taxistas de París, intelectuales apátridas obligados a reinventarse en una Francia a veces hostil. Es conmovedor ver cómo la figura paterna sale de la sombra, rehabilitada por un hijo que descubre que no era un personaje secundario, sino el guardián silencioso de la memoria.

El segundo cataclismo es geopolítico. El 24 de febrero de 2022, el día que los tanques rusos invaden Ucrania, Carrère aterriza en Moscú. Ha viajado allí para participar en el rodaje de la adaptación cinematográfica de su Limónov. Ironía: mientras una ficción intenta captar el alma rusa, la realidad la dinamita. Asiste en directo al naufragio de su "rusicidad", ese amor por el idioma y la cultura que su madre le inculcó como un tesoro sagrado. La guerra lo obliga a un desplazamiento físico y moral. Viaja a Georgia por primera vez, acogido por su prima, Salomé Zourabichvili, la presidenta de Georgia que planta cara a Moscú. Del abuelo y de su madre le había llegado a Carrère esa rusofilia que tachaba de cultura de segunda a la georgiana.

En Tiflis, y luego en Ucrania, Carrère comprende que su romántica visión de Rusia arrastra un sesgo heredado. Ve por fin el rostro imperial y colonialista de un país decidido a suicidarse moralmente tras la terrible década de 1990, cuando "la novísima palabra democracia se convirtió en Rusia en sinónimo de desigualdad indecente". Su madre, desde la Perestroika, pedía paciencia en Francia y se erigía como «defensora de la desilusionante Rusia». Pero, de querer «ser la Tercera Roma, se había convertido en el Cuarto Reich». La decisión fatal de Putin sumió a la madre en el estupor total, "tambaleándose como un boxeador grogui": su error de pronóstico —que no habría invasión— reveló su ceguera voluntaria ante la deriva totalitaria de Putin, hasta entonces defendido como socio necesario.

La libertad para juzgar

Carrère visita Ucrania para escribir varios reportajes e investigar sobre Potemkin, quizá para un futuro libro. "Ser hijo de mi madre era una desventaja tan grande como ser el biógrafo de Limónov", confiesa. Escucha a los ucranianos, que lo obligan a poner en duda (también) la certeza de su oficio de que "todo el mundo tiene sus razones. La verdad siempre tiene un pie en el bando contrario". Concluye: "En este conflicto, las cosas no pueden ser más sencillas. La culpa no es en absoluto compartida.

Una razón de más para guardar rencor, no solo a la propaganda rusa actual, sino a todo el pensamiento ruso, a la literatura rusa, que no hace más que describir, con complacencia infinita, a un lamentable hombrecillo esclavo del poder, de la época, de la historia, un ser que es incapaz de rebelarse y se vanagloria de su impotencia". Este es uno de los mejores libros de Carrère: por su arco temático y temporal, y por su capacidad de transmitir la experiencia de sus descubrimientos sobre la marcha, a medida que escribe. Hay en Koljós la libertad de la perspectiva de la edad, de la asunción de ciertas heridas, de un peso existencial que se deja atrás con la muerte de los padres.

Es la libertad de quien deconstruye las mentiras piadosas que sostienen a la familia, y las desmonta con una mezcla de rigor documental y amor infinito, como un acto de emancipación definitivo: "perforar la corteza del rencor y malentendidos acumulados". Ya no hay koljós en el que refugiarse, solo las palabras: recoger el testigo. Y, evocando a Oscar Wilde, señala que los hijos empiezan queriendo a los padres, luego los juzgan y, a veces, los perdonan: "Ocurre lo mismo a la inversa: los padres también salen airosos si, antes de morir, tienen la oportunidad de perdonar a sus hijos".