PREMIOS GOYA 2025
Premios Goya 2025

La historia real tras la policía que le ha dado el Goya a 'La Infiltrada': se resistió a los homenajes, fue destinada a Andorra y aún sigue en activo

Elena Tejada estuvo siete años integrándose en el entorno de la banda terrorista ETA, dos de ellos conviviendo con el comando Donosti

Carolina Yuste, en el papel de Elena Tejada en 'La infiltrada'.
Carolina Yuste, en el papel de Elena Tejada en 'La infiltrada'.E. M.
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La policía Elena Tejada subió las escalinatas del palacete de Castellana número 5 algo incómoda. Llevaba mucho tiempo sin tener que ponerse el uniforme de policía. Lo había tenido que sustituir por el de etarra durante siete años y, definitivamente, las costuras eran bastante distintas. No tuvo que esperar ni un segundo junto a la kutxa del ministro, una caja primorosamente labrada colocada en la antesala de su amplio despacho, que Mayor Oreja se había traído desde su casa de Euskadi para sentirse más cómodo en un lugar en el que se acumulaban los problemas y las malas noticias. Casi todos los días menos ese. Elena Tejada entró y notó una mezcla de admiración e incredulidad en la mirada de sus tres interlocutores. El ministro, el secretario de Estado Ricardo Martí Fluixá y el jefe de gabinete Pedro Gómez de la Serna se fijaban en ella como si quisieran hacerse una idea de la pasta de la que estaba hecha la primera mujer capaz de infiltrarse en la organización terrorista ETA durante siete años.

"España está en deuda contigo. Lo menos que podemos hacer es ofrecerte una compensación que nunca estará a la altura. Quizás quieras tener un trabajo concreto, un futuro en otro país...", vinieron a decirle. "No, en realidad, no", respondió Elena, alias Arantxa Berrade durante todo el tiempo que había estado en las entrañas de la organización, "es que yo solamente he cumplido con mi deber". "Sabemos que piensas eso, pero el Estado te quiere reconocer lo que has hecho, necesita, en realidad, por decencia, reconocerte lo que has hecho", enfatizaron. "Si hubiera pedido un puesto en el Consejo de Administración de Repsol, una garantía económica de por vida, la que fuera, se le hubiera dado", señaló en su día Pedro Gómez de la Serna a esta periodista.

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Varias veces repitió la policía que sólo había hecho su trabajo, pero, al final, ante la insistencia de los representantes del Gobierno, cedió. "Bueno, no sé, me gustaría tener... un Ford Fiesta blanco", dijo. Al parecer, desde el lugar donde vivía hasta la comisaría donde había sido destinada tras desarticular al comando Donosti y desenmascarar la estrategia de la banda terrorista -cuya intención había sido engañar al Gobierno con una tregua trampa- había un buen trecho. Quienes se relacionaron con ella en aquella época de finales de los 90 le reconocen su altísima capacidad para pasar inadvertida. "Una chica normal que no se hacía la lista, capaz de improvisar una solución en momentos complicados..." Pero Pedro Gómez de la Serna resumió lo que pensaba de ella, todavía impresionado, con una frase muy breve: "Es que me pareció una tía de una pieza".

La historia de Elena Tejada, cuya labor está siendo reconocida estos días gracias al triunfo de la película La Infiltrada en los Goya -Mejor película y Mejor actriz para Carolina Yuste-, empezó cuando apenas estaba en la academia de Policía de Ávila y el comisario Fernando Sainz Merino, alias El Inhumano, puso sus ojos en ella y en otras cuatro o cinco agentes más. Los policías que trabajaron con él aseguran que prefería siempre elegir mujeres porque consideraba que ante los trabajos más difíciles eran "psicológicamente más resistentes". Algunos de los policías que habían sido elegidos previamente habían durado apenas unos días. Ella no. Ella cortó todos los vínculos con sus conocidos y se infiltró en el Movimiento de Objeción de Conciencia de Logroño con el fin de crear unos antecedentes por si los etarras, como solían hacer, comprobaban sus orígenes.

Alegando que no tenía trabajo, se trasladó a San Sebastián y fue aceptando trabajos en una carnicería o de cuidadora de los niños de los amigos abertzales que iba haciendo. Estaba cerrando el negocio de uno de los abertzales cuando un captador se le acercó para darle instrucciones: tenía que estar a una hora concreta y un día concrero de la semana en la playa de la Concha. Estuvo teniendo que ir a citas fallidas durante un mes hasta que apareció Kepa Etxebarria, uno de los miembros del comando Donosti. Lo que ocurrió a partir de ese momento supera la ficción.

El Inhumano puso en marcha un grupo de 12 policías, los Doce Apóstoles, como se autodenominaban, que se apostaron frente a la casa -en la que vivía primero sólo con Etxebarría y después también con el jefe del comando Polo Escobés- y asignó a un grupo de seis GEO para que entraran al asalto si algo ocurría. Su papel fue tan veraz que los Geo, que no sabían que era policía, en muchas ocasiones manifestaron sus ganas de vengarse de ella cuando la detuvieran. Desde allí escucharon las discusiones entre etarras porque Sergio Polo Escobés, "una alimaña con tendencias psicopáticas", quería ejercer el derecho de pernada mientras Etxebarria se lo impedía.

Y gracias a la información que sus compañeros le proporcionaron pudo informar de los atentados que se estaban preparando contra un juez, un dirigente del PP y algunos militares del cuartel de Loyola y de que la tregua que ETA había establecido para engatusar al Gobierno de Aznar era una trampa. "Tenemos que ir trabajando porque esto se va a la mierda", le había dicho Etxebarria. Lo que no quedaba grabado por los Doce, Elena Tejada se lo contaba a El Inhumano en las salas de espera de los hospitales de Donosti.

La detención de Kantauri, miembro de la dirección de la banda, en Francia hizo que Polo y Etxebarria quisieran huir al país vecino y que la policía los detuviese a todos. Ella no conocía a los Doce Apóstoles y nadie del equipo habló jamás con ella. "Nos la cruzamos en la calle tres o cuatro veces y ni siquiera podríamos decirte cómo era su cara porque no queríamos fijarnos. En algunas ocasiones iba acompañada por los etarras y preferimos evitar que una mirada la delatase. Hubiéramos dado nuestra vida por ella allí mismo, pero no quisimos mirarla por si ella pudiera detectar que éramos de los suyos, aunque hubiéramos estado durante meses pendientes de su vida entera, incluso de su intimidad", dice uno de los policías que la vigiló. Al final, los Doce Apóstoles quisieron comer con ella y homenajearla, pero ella no quiso. No se sentía cómoda.

Tras la reunión en el Ministerio del Interior se la condecoró con la Cruz de Distintivo Blanco y se le dio destino en los servicios de Seguridad de la Embajada de Andorra, pero dos miembros de la revista Ardi Beltza, una de las publicaciones propagandísticas de ETA, localizaron a sus padres y a sus dos hermanas en Logroño. Su tío también había sido policía, su padre trabajaba en la portería de un edificio de la capital riojana y todos sus intentos por despistar a los abertzales fueron baldíos. Ella, tras la operación, había vuelto en alguna ocasión a las herriko que frecuentaba, aparentando estar asustada por las detenciones de sus compañeros.

De hecho, durante un tiempo, sus superiores estuvieron calibrando la posibilidad de que siguiera infiltrada, pero lo desestimaron por el altísimo riesgo que corría. Las herriko del País Vasco acabaron empapeladas con su foto y una leyenda que sólo consiguió aumentar su honra si eso fuera posible: "Se busca traidora". Acabó teniendo que marcharse de Andorra. Consiguió formar una familia y sigue en activo.

Quienes ya no se esconden, aunque su devenir acabó en la calle contraria a la de los héroes, son Polo Escobés y Etxebarría. Los dos se encuentran ya en libertad.