- Feria de San Miguel La izquierda de Daniel Luque blanquea una tarde vulgar en Sevilla
- San Miguel La verdad sin premio de Pablo Aguado entre la épica de David de Miranda y la estética de Juan Ortega en Sevilla
Volvía Morante de la Puebla a Sevilla después de firmar en la última feria de abril, que se metió en mayo, cuatro antologías. A su regreso se añadía cierto morbo por coincidir con Roca Rey después del agarrón del verano. Como un choque o así se vendía. Pero en realidad el solo hecho de que Morante volviera a la Maestranza, aquí donde asienta su trono, confería a la cita una entidad sobresaliente, suficiente por sí misma para cimentar una expectación desbordada como la que ha seguido al maestro a lo largo y ancho de una temporada histórica, milagrosa. Todo suma como carnaza, claro está, pero la causa de la marea humana que inundaba la margen izquierda del Guadalquivir subía de las marismas, del vértice de La Puebla.
Bajó Morante por las escaleras del hotel Colón con un imponente vestido negro y oro de estreno. Imponente como la ovación con la que prorrumpió la Maestranza al abrirse el portón de cuadrillas, por el que aparecieron consecutivamente Javier Zulueta, MdlP y Roca Rey. Había cesado la lluvia, el público plegó los paraguas, volvió a poner en pie una ovación que los sacó al tercio y empezó la tarde de la frustración. ¿Cómo pueden las dos máximas figuras del toreo venir con la corrida más fea del planeta? Una consecución de toros de hechuras inexplicables. Así de mala salió. La noticia de la debacle se concentró en un gesto: la firma de la paz entre Morante y Roca.
A las 18.39 saltó el toro de la alternativa de Zulueta, redondo, colorado, el único con hechuras, perfecto, definidísimo ya entonces. Un gran toro. Sostuvo el mismo ritmo de principio a fin. Fue emotiva la ceremonia, el brindis a su padre, alguacil de la plaza, y algunos pasajes de buen trazo, más que ajuste, tres naturales, por ejemplo. Limpia y aseada faena que no cuajó en obra mayor, mal resuelta con la espada. Lanudo, de Núñez del Cuvillo, se arrastró con todos sus atributos y su categoría.
Cinco minutos después, la suerte huía por el polo opuesto: un toro alto como un caballo, montado, empestiñado, con la morfología inversa de lo bravo, respondió a lo que era. No engañó a nadie, no descolgó nunca, jamás se dio. Tan recto en su acometida, tan perdida la mirada, tan vacío. Morante de la Puebla tampoco engañó a nadie y agarró la espada de verdad ya en la ceremonia de devolución de los trastos y no la cambió. "¡Mátalo!", le gritaron. MdlP cumplió con la petición a nada que le quitó las moscas. Cuando se perfiló, aplaudieron. 50 segundos, Lamet. Casi media estocada trasera y se echó el mulo.
El tiempo ganado se perdió luego con la lentitud del presidente para devolver al tercero, que salió con una cornada -no se me ocurre otra cosa- en un anca. Las protestas crecieron aunque no afectase a su motricidad. Ciertamente no era de recibo. En banderillas asomó el pañuelo verde. Y apareció el sobrero, igualmente de Cuvillo, un buey de 600 kilos. Bastante inexplicable también. Embistió como era. Boyancón, sin clase, frenado, con todo. La faena de Roca Rey fue insistente, machacona, valerosa, muy a piñón fijo y muy medida por la gente. Todo cabe. Quiso más de lo que resolvió en largo metraje atascándose con la espada finalmente.
Toda la mala suerte se concentró en la bolita de Morante: un toro de cara lavada y expresión de genio completó un lote malo de cojones. Nervudo, siempre por dentro, una avispa, puro calambre. De los que hieren. Antes de comprobar todo esto MdlP lo recibió de rodillas, con una tijerilla enraizada en Fernando el Gallo. En pie ya empezó el cuvillo a venirse por dentro, madrugadoramente orientado, y el saludo se resolvió con majeza, una media asida en las yemas y una revolera airosa. Juan José Domínguez bregó con poderío y, a veces, con un exceso de celo. Hubo una media majestuosa del maestro en un quite inevitablemente inconcluso.
El natural más bello de la tierra contra la corrida más fea del mundo. La plaza se volteó como una sola alma, y la banda empezó a tocar Suspiros de España.
Del principio de faena se desprendió cierta luz de esperanza cuando cayó un natural hermosísimo, adornado por un molinete zurdo y otro invertido arrebolados en su arrebato. Morante se armó entonces de valor porque estaba siempre en el punto de mira. Y, de pronto, tres naturales impensables detuvieron todo allí abajo, el tercero de una belleza inalcanzable, como aquel de Nazaré, como una ola, como un rugido. El natural más bello de la tierra contra la corrida más fea del mundo. La plaza se volteó como una sola alma, y la banda empezó a tocar Suspiros de España. Flotaba el miedo en el ambiente, el toro miraba esquinado, un hijo de puta navajero. Conviene resumirlo ya. Y Morante le daba el pecho, la muleta planchada en la izquierda. Y la embestida otra vez afilada, recta, buscándolo. La cogida se presentía como un temblor. Escapó milagrosamente en alguna ocasión. Valiente es poco. Hasta que se midió y se fue a por la espada.
No valió nada tampoco un quinto agalgado y feo. Manso y huido. Roca Rey empezó faena de modo poco conveniente. De rodillas. Se fugó el toro, y el peruano insistió en los medios penitente. Lo cogió malamente, pisoteándolo. Morante le recogió la muleta. Como un gesto que luego se amplió con un guiño de paz durante el último toro. Eso es bueno. Y es noble. No sirvió para nada ese quinto. Y para poco más el sexto. "¡Vaya petardo, ganadero!", chillaron. Pero yo creo que el petardo no sólo es del ganadero y que las dos máximas del toreo no pueden venir con la corrida más fea del mundo. Ya digo.
Ficha
PLAZA DE LA MAESTRANZA. Domingo, 28 de septiembre de 2025. Última de feria. Lleno de «no hay billetes». Toros de Núñez del Cuvillo, y un sobrero (3º bis), feos y mal hechos, a excepción del hechurado y buen 1º; juego deslucido, manso, cuando no complejo.
MORANTE DE LA PUEBLA, DE NEGRO Y ORO. Media trasera y se echa (silencio); media estocada y dos descabellos (saludos).
ROCA REY, DE GRIS PERLA Y ORO. Tres pinchazos y estocada delantera. Aviso (silencio); en el quinto, estocada (silencio).
JAVIER ZULUETA, DE BLANCO Y ORO. Tres pinchazos y estocada (saludos); estocada pasada (silencio).



