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Amaneció el día con una importancia histórica pasase lo que pasase, encapotado de nostalgias, bajo el recuerdo de Antoñete, la grandeza de Morante de la Puebla y, por ende, de la tauromaquia. Y lo que sucedió fue histórico, memorable, un gozo tan emocionante que a los veteranos aficionados se nos llenaban los ojos de lágrimas y los nuevos se los frotaban ante tauromaquias desconocidas que reflotaban como pecios. La magistral rotundidad de César Rincón y las muñecas rotas de Curro Vázquez. Y más cosas para la foto final como la sorpresiva incorporación de Olga Casado a última hora a la Puerta Grande junto a quienes abrieron la túnel del tiempo. Para que la enmarque.
Un temblor había recorrido la Plaza de Toros de Madrid, abarrotada de gentes de todo el mundo, cuando se abrió el portón de cuadrillas y aparecieron esos toreros viejos con el sabor de lo antiguo y toda su leyenda. La ovación provocó que se destocasen, deshecho el paseíllo. Antes de ofrecer un recital hecho para el museo de la memoria.
Curro Vázquez abrió, de pronto, el túnel del tiempo. De sus 74 años cayó la solera macerada, el toreo de muñecas, con el novillo de Garcigrande -como todos menos el de MdlP- dando su guerrita por dentro a derechas y prestándose al temple por su izquierda, a la belleza del toreo a dos manos, a esa trinchera catedralicia, al sabor de la firma de aquel pase memorable. Qué cosas más hermosas. Aquel natural de dormido pulso, este cambio de mano como escultura y aquella media verónica portentosa que ya quedaba lejos. Bramaba la gente con el ole ronco que sale de dentro. Como le salía a Curro -que tan bien leyó las banderas y los terrenos- las maravillas que fue sumando, como un collar de perlas, hasta hacer un todo para recordar. Le metió el brazo con habilidad y la plaza fue un clamor. Las dos orejas dibujaron una sonrisa en la fina tez del maestro.
Ese túnel del tiempo lo mantuvo abierto César Rincón, a sus 60, cuando se dejó venir galopando al novillo, sobrero también de Justo Hernández, y la plaza se echó las manos a la cabeza de melancolía. Y de asombro. El entusiasmo fue absoluto ya con un faena redonda, maciza y profunda hasta las lágrimas. César jugó con las diferentes distancias, se encajó y se hundió con el toreo. Embrocado, ceñido, rotundo. Una locura por una y otra mano con broches y detalles de un magisterio. Brotaba toda la exhaustiva preparación en la firmeza de Rincón. Que no se pudo despedir de Madrid en 2007 y está para volver con todo su descomunal empaque a cuestas: el epílogo de ayudados concentró todo. Un pinchazo no restó un ápice al doble trofeo. Era de rabo.
A últimas se incorporó a la salida a hombros Olga Casado, impulsada en su vuelo por el viento de cola del género y por una gran estocada que unificó, como su disposición, una faena moderna y desigual. Lo mejor de su izquierda, lo no tanto de su derecha y las distintas velocidades.
A Enrique Ponce, que se ha ido sin terminar de irse, le embistió con frágil y delicada calidad su garcigrande, brindado a Morante con un abrazo agradecido. Y entonces Ponce sacó su cadencia, la seda de su muñeca, en un tauromaquia que, por reciente, no sorprende tanto, pero que fluyó con categoría. Los pases de pecho ligados al natural -apenas con media muleta- conectaban con los tendidos, y la coda del toreo genuflexo fue la guinda de una faena construida sobre el tacto y el trato. EP fue fiel así mismo hasta para el aviso. La espada encontró hueso y recogió el premio de una oreja.
Alguien gritó "¡gracias, Morante!". Bendita locura para crear este regalo que será imborrable, un parque jurásico de torería. Chenel se asomaba desde los balcones del Más Allá para batir las palmas por sus compañeros. Y la plaza de Madrid se puso en pie para reconocerle al genio el invento y la generosidad de su corazón cuanto elevó su brindis al cielo, envuelto en el fajín malva, el color de Antonio... Su romántica apuesta por traerse casi un clon del toro "blanco", también de Osborne, que inmortalizó Antoñete en el 66, supuso una exigencia bárbara. El nuevo ensabanao -Presumido, no Atrevido como aquel- fue duro con su seca embestida, siempre frenada, sin humillar. El genio cigarrero tiró de valor -a tres horas de vestirse de nuevo de luces- y de ese fondo de extraordinario torero que es. Sacó naturales impensables, de un aguante bárbaro, salpicados de detalles -trincherillas fantásticas, molinetes zurdos e invertidos- y coronados con una estocada inapelable. Cobró un trofeo.
El vientecillo siguió enredando como toda mañana, y a Frascuelo, que había sutituido a última hora a Aparicio, se le complicó el asunto con el carácter revoltoso su garcigrande. Demasiado el esfuerzo de su raza de torero a sus 77 años, que le quitaban a CV el título del matador más longevo. El arrebato del que tiró, los apuros que pasó, las cuatro pinceladas arrebujadas prendieron el aliento de la gente para que diese una vuelta al ruedo. Carlos Escolar saboreó tanto su paseo que se pasó, perdido quizá, como esta mañana memorable, en otro tiempo. Al único a quien no molestó el aire fue a Hermoso, magistral y fácil en los albores con un notable toro de Capea.
Ficha
Monumental de las Ventas. Domingo, 12 de octubre de 2025. Festival de Antoñete. Matinal. Lleno de "no hay billetes". Novillos de Garcigrande, incluido el sobrero (3º bis de la lidia a pie), muy notables menos el 2º, y uno Osborne (5º), duro, sin humillar ni irse; bueno de de rejones de Capea.
Pablo Hermoso de Mendoza, rejón trasero (saludos).
Curro Vázquez, estocada (dos orejas).
Frascuelo, media tendida y estocada (vuelta al ruedo).
César Rincón, pinchazo y estocada (dos orejas).
Enrique Ponce, pinchazo y estocada desprendida . Aviso (oreja).
Morante de la Puebla, estocada y descabello (oreja).
Olga Casado, estocada (dos orejas). Salió a hombros con Curro Vázquez y César Rincón.




