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La cláusula

Los árbitros, el Real Madrid y la gata Flora

El árbitro Mateo Busquets amonesta a Batalla en el Rayo-Barcelona.
El árbitro Mateo Busquets amonesta a Batalla en el Rayo-Barcelona.AP
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Pase lo que pase, el Real Madrid está en contra y es víctima. Aunque él no juegue, los errores le perjudican. Si con él aciertan, le roban. Si el VAR actúa, le molesta y si el VAR falta, lo añora. Es la gata Flora. Con eso hay que contar. Es así desde que estalló el caso Negreira y no va a cambiar por más que Louzán, presidente de la RFEF, le haya dado a Florentino Pérez la renovación integral del organigrama arbitral que solicitaba.

¿Integral? Bueno, casi. Ahí sigue Yolanda Parga al frente del arbitraje femenino, tan desastroso como el masculino, y, casualidades de la vida, esposa de Megía Dávila, ex colegiado y empleado del Real Madrid desde 2009. Es la única del antiguo equipo que sobrevivió a la purga. La única. Cosas que pasan.

Hay que decir que el Madrid tenía motivos de sobra para exigir estos cambios, aunque podía haberlo hecho sin actuar como un abusón de instituto a través de Real Madrid TV. La clase no se compra. Pero el origen de su queja era legítimo: la vieja guardia aún apestaba a Negreira y había menos consistencia en la utilización del VAR que en los guiones de Perdidos.

El problema es que la revolución ha sido meramente estética porque ha solventado el primer problema, pero no el segundo, que es el que verdaderamente afecta al juego. Salvo excepciones, los árbitros españoles no son malos, son cobardes y el VAR sólo ha multiplicado ese defecto. Su tendencia innata ante la duda siempre ha sido señalar lo que menos ruido va a hacer si se equivocan. Es decir, mejor fallar a favor del equipo más grande en liza que en contra y ahora, además, pueden esconderse detrás del videoarbitraje y que decidan otros.

Por eso resulta tan preocupante que la gran decisión de los nuevos mandamases haya sido que el VAR participe menos. Es decir, que se solucionen menos injusticias. Es una filosofía demencial. El esperpento tecnológico en Vallecas y la incompetencia de González Fuertes dando por bueno el gol del Atleti en Vitoria sólo ratifican que se necesita más VAR, no menos.

El penaltito a Lamine Yamal contra el Rayo, como el de Mbappé ante Osasuna, nunca va a lograr consenso, pero nadie entiende, por ejemplo, que no se avise de que la entrada de Raphinha a Morey en el Mallorca-Barça es roja clara o se acepte la ridícula expulsión de Bretones frente al Madrid. Si no actúa en acciones así, el VAR no sirve de nada, la Liga es (aún) peor y vamos directos a un curso de escándalos arbitrales encadenados.

Eso sí, el más perjudicado será siempre el Real Madrid. Ni el Rayo ni el Alavés ni Osasuna. El Real Madrid. Eso es seguro.