España ha ganado la Eurocopa e Inglaterra no, y estamos felices. Mariano Rajoy, filósofo estoico, tenía razón: en el fútbol y en la vida no sirve de nada ser un cenizo. Su precursor Séneca razonó el absurdo del pesimismo sostenido aunque experimentemos la desgracia, porque si el dolor es profundo no será duradero y si es duradero no será tan profundo. Gracias a los jóvenes héroes de Luis de la Fuente ahora sentimos una alegría que quiere durar, haciendo surco en la memoria sentimental de una nación mucho menos conflictiva de lo que nos empeñamos en creer y crear.
A medida que el mundo se volvía progresivamente loco, de Pensilvania a Cataluña pasando por la calle Bambú de Madrid, la selección iba ganando partidos con sonrojante suficiencia, indiferente al apocalipsis. Eliminaba a campeonas ilustres como Francia o Alemania. Avalaba las más altas expectativas con un juego solidario y brillante, capaz del sacrificio defensivo y de la genialidad individual. Pero el público y el periodismo desconfiaban aún: mejor no decir muy alto que este equipo olía a campeón de Europa desde su casa, en Las Rozas. La contención emocional, que tan bien identifica el carácter de este seleccionador, ha resultado una gran estrategia para aislar a los jugadores de la presión habitualmente desquiciada de nuestra Españita.
Era tan evidente la calidad diferencial de los nuestros que nos costaba verla. Todos estamos matriculados hace años en la escuela de la sospecha de las redes sociales, de modo que los argumentos lineales nos parecen inverosímiles y la transparencia casi nos ofende. Las cosas, nos enseña internet, ya no son nunca lo que parecen. Siempre hay una jugada maestra a punto de mofarse de nuestra credulidad, una conspiración que explica lo que ha pasado, pasa y pasará, para estupefacción de los simples. Por eso el maleado personal se reía de las sabias sentencias de don Mariano. Pero ahora la verdad parpadea ante nuestros ojos: somos campeones porque siempre fuimos los mejores.
Un grupo armónico
Es el triunfo más transparente de la historia de la selección. Su entrenador y sus jugadores insistieron en innumerables entrevistas en que las cosas eran exactamente como parecían: un grupo armónico de extraordinarios jugadores cortados por el patrón del compromiso y el talento en una nítida atmósfera de salud moral. Todo estaba tan claro como una apertura de Rodri, como el descaro de Nico y Lamine, como la habilidad de Olmo y Fabián, como la abnegación de Cucurella o Carvajal. Solo Morata aireó su herida íntima, pero esa no le ha impedido ejercer de capitán en el campo hasta el fin, vaciándose en las ayudas y empleándose de primer defensa a falta de inspiración goleadora.
La España política y mediática ha hecho lo que ha podido por estropear la España futbolística. Por transferir a la selección sus neurosis inagotables. Como si un gol de Yamal equivaliese a un discurso de Luther King o como si Le Normand o Laporte fueran sospechosos de confraternizar con Napoleón. Lo de siempre: la izquierda abusando de la ideología y la derecha de la historia. Rajoy es quizá el único político español incapaz de ver otra cosa que fútbol cuando ve un partido de fútbol.
España dominó, quiso el balón, contuvo las contras de Foden y Saka, se sobrepuso al gol de Palmer, dejó a los chicos divertirse. Ahora correremos a politizar la euforia. Que si la derrota de la xenofobia, que si la reencarnación de Blas de Lezo. No hace falta, de verdad. Solo son españoles distintos divirtiéndose juntos. Nadie en Europa hace eso como nosotros.

