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Estados Unidos y la Unión Europea han logrado in extremis un acuerdo para evitar una guerra comercial a falta de poco más de cien horas para que entraran en vigor los aranceles del 30% que Washington había decidido imponer a la importación de bienes (no de servicios, ya que ahí EEUU tiene superávit) de los Veintisiete. La UE, a su vez, había reaccionado decretando aranceles a importaciones estadounidenses por valor de 93.000 millones de euros, es decir, un tercio del total de los bienes que compra a ese país. Así, se evita un conflicto comercial a gran escala entre las dos mayores economías de la Tierra aunque, como en todos los acuerdos alcanzados hasta ahora por Trump, el entendimiento se ha logrado a base de ceder ante EEUU.
El acuerdo, cerrado este domingo entre los presidentes de EEUU, Donald Trump, y de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fija un arancel base del 15% a las importaciones estadounidenses, frente al 4,8% vigente hasta el año pasado, es decir: un 212% más. Esa cifra es más del triple que la tasa media que pagaban los importadores de bienes europeos aunque, en realidad, la subida es mayor, porque se mantienen los aranceles del 50% al acero y al aluminio que Trump impuso en febrero. Pero el hecho de que los coches tengan aranceles del 15% en lugar del 25% establecido hasta ahora por Trump es un logro muy importante para Alemania, cuya política comercial está determinada por su sector de automoción y a la que el presidente de EEUU profesa una singular antipatía.
La UE ha accedido a comprar a EEUU productos energéticos por valor de 750.000 millones de dólares (640.000 millones de euros), llevar a cabo inversiones directas (es decir, en fábricas, equipos productivos o infraestructuras) por 600.000 millones de dólares (510.000 millones de euros), y, según dijo Trump, a eliminar totalmente los aranceles a las mercancías estadounidenses en una serie de sectores sin especificar y a comprar lo que calificó de "vastas cantidades" de armamento.
Esas podrían formar parte de la tendencia de Trump a exagerar o, simplemente, a inventarse cosas, tal y como ha quedado de manifiesto en el reciente acuerdo comercial que ha alcanzado con Japón, y que ha servido de modelo a éste. En ese pacto, Trump y su equipo han hablado de un fantasmagórico fondo de 550.000 millones de dólares (468.000 millones de euros) que, según EEUU, el país asiático le ha regalado a la Casa Blanca para que invierta donde quiera, algo que el Gobierno nipón ha desmentido. No obstante, sí es cierto que Trump está usando los acuerdo comerciales para obligar a terceros países a comprar bienes fabricados en EEUU como, por ejemplo, aviones de la empresa Boeing.
El impacto, así pues, va a ser considerable para la economía de la UE, aunque también lo será para los consumidores y las compañías de EEUU. Los aranceles no los pagan los exportadores (en este caso, los europeos), sino los importadores (es decir, las empresas estadounidenses) y, además, tienden a reflejarse en precios más altos. EEUU es la única economía del G-7 que está viviendo una aceleración de las presiones inflacionistas, como revela el hecho de que el IPC haya pasado del 2,4% en junio al 2,8% en agosto.
Flecos pendientes
Como es habitual en él, Trump ha jugado con la ambigüedad al anunciar un acuerdo que en realidad todavía no es público y que posiblemente tenga aún flecos que se están discutiendo y que tal vez tengan que ser resueltos después de la fecha límite del 1 de agosto.
Primero, el presidente estadounidense dijo que los aranceles cubrían "los coches y todo lo demás". Poco después, especificaba que los productos farmacéuticos quedaban fuera del acuerdo con un rotundo "tenemos que fabricarlos en Estados Unidos. Son demasiado especiales". Washington quiere que las farmacéuticas de su país abandonen la producción en Irlanda, donde reciben un tratamiento fiscal muy favorable, para construir fábricas en EEUU.
El acuerdo tampoco incluye el comercio de semiconductores y otras industrias tecnológicas, que están siendo objeto de una investigación por Estados Unidos que, según el secretario de Comercio y hombre de confianza de Trump en materia economía internacional, el ex banquero de Wall Street Howard Lutnick, concluirá "en unas dos semanas".
Finalmente, está la cuestión de la regulación de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses en Europa, un área que afecta al comercio de servicios y que va a marcar las relaciones económicas entre los dos bloques en los próximos meses. El Gobierno de Trump se ha convertido en el mayor defensor de los gigantes de Silicon Valley para liquidar las regulaciones impuestas por la Comisión Europea a las prácticas de esas empresas.
El acuerdo, así, queda muy lejos de las pretensiones de la UE eliminar totalmente los aranceles. Pero alcanza la opción más realista, que era repetir el que Estados Unidos alcanzó con Japón alcanzó la semana pasada, con unos aranceles unilaterales del 15%, y que a su vez es ligeramente peor que el logrado con el Reino Unido en abril. Y, al igual que con Tokio y con Londres, el nuevo pacto presenta zonas grises - o, más bien, agujeros negros - de difícil interpretación o, simplemente, comprensión que, a buen seguro provocarán tensiones en el futuro.

