ESPAÑA
Sucesos

La extraña desaparición de Beatriz: "Dijo 'ahora vengo' y desde entonces es como si se la hubiera tragado la tierra"

La noche del pasado 8 de agosto, la joven, de 28 años, vecina de Oliva (Valencia), se despidió de su novio y se fue a casa. Nadie sabe por qué se cambió rápido de ropa y volvió a salir inesperadamente

Beatriz Guijarro, a las 00.43 horas del 9 de agosto de 2025, pasando por la puerta del bar Amigos, de Oliva (Valencia). Siete minutos antes se había despedido de su novio y se había ido a casa, supuestamente para no volver a salir.EL MUNDO
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El bar de Juanjo se encuentra en una esquina de la plaza de San Roque, en Oliva, localidad costera de 26.000 habitantes ubicada 80 kilómetros al sur de Valencia, ya casi en la provincia de Alicante. El negocio tiene terraza fuera, una decena de mesas a los pies de la iglesia de San Roque, de fachada neoclásica y con dos cúpulas de tejas azules. A las seis de la tarde, muchos lugareños y un puñado de extranjeros toman café o cervezas en un ambiente muy distendido, como si aún estuvieran todos de vacaciones. Juanjo Jiménez, de 41 años, es el único que no sonríe, ni siquiera un instante.

Desde la barra en la que atiende -«ponme un quinto», «otro chupito», «dos con leche para llevar»- tiene una vista privilegiada al bar vecino, en la esquina más cercana a la suya. Se llama Amigos y tiene una cámara en la puerta apuntando a la plaza. No sabe Juanjo la de veces que ha visto las imágenes que el dispositivo grabó aquella noche, la que transcurría del pasado viernes 8 de agosto al sábado 9, la última prueba de vida de su pareja, Beatriz Guijarro, de 29 años. No hay rastro de ella desde aquella madrugada y en su entorno no contemplan bajo ningún concepto que la ausencia sea voluntaria. La joven tiene dos hijos de 8 y 6 años de una relación anterior y no se separaría de ellos, aseguran, por nada.

Al trascender la desaparición, el dueño del bar Amigos revisó sus grabaciones, por si acaso, y encontró esas imágenes de Bea. A Juanjo le sorprendieron mucho. Son pocos segundos, pero suficientes para verla pasando por la puerta del local con pantalón corto, top de tirantes, el pelo rizado recogido en una coleta, la mochila de Mickey Mouse -regalo de Juanjo- colgada a la espalda y el móvil con la pantalla iluminada en la mano izquierda. Beatriz mira a derecha, a izquierda y al móvil, y desaparece del plano al pisar la terraza del bar de Juanjo, que es hasta donde alcanza la mirada de la cámara. Según el marcaje de la grabación, la escena se produjo a las 23.43 del viernes 8 de septiembre de 2025, pero el sistema tiene un desajuste de una hora, de modo que en realidad eran ya las 00.43 del 9 de septiembre.

A Juanjo le desconcertaron mucho las imágenes porque no hacía ni siete minutos que había estado con Bea. Se habían despedido en las inmediaciones de la plaza de San Roque y ella no le había dicho que tuviera intención de volver a salir. Cuando se dijeron «adiós, hasta mañana» llevaba otra ropa: un vestido corto negro. En sólo siete minutos, había ido a su casa y se había cambiado para regresar a la calle y aparecer en el encuadre de la cámara del bar Amigos cuesta abajo y buen paso.

Juanjo muestra una imagen de su pareja, Beatriz.
Juanjo muestra una imagen de su pareja, Beatriz.ÁRABA PRESS

«Yo cerré mi bar sobre las diez y media y nos quedamos los dos dentro hablando, conversando un poco de lo bien que estábamos; llevábamos siete meses juntos», comienza Juanjo el relato de las últimos instantes que pasó con ella. «Como yo madrugo, que me levanto a las siete, sobre las doce y media o así nos fuimos». Se marcharon exactamente a las 00.34, puesto que la cámara del bar vecino también registró ese momento. Las imágenes muestran a la pareja caminando por el lateral inferior de la plaza en dirección contraria a la cámara. Bea tiene un camino más directo a su casa, que se encuentra en el lateral superior de la plaza, pero da un rodeo para acompañar unos metros a Juanjo. Lleva el vestido negro y una bolsa de basura en la mano que tira en los contenedores del final de la plaza. «Yo seguí recto hacia mi casa y ella subió las escaleras [25 peldaños] a la izquierda hacia la suya. Nos despedimos. No le noté nada raro, ni nerviosa ni nada. La vi como siempre, normal», detalla Juanjo lo sucedido tras la cámara, cuando desaparecieron por el Portal del Fosar.

Beatriz sube los escalones, en la calle San Sebastián, y otra cámara vuelve a captarla. Se la ve absorta mirando el móvil, tanto que al saltar el enorme escalón que sortea para acceder a su calle casi se cae. Podía haber caminado sólo seis metros más y se hubiera ahorrado el salto de más de un metro. Pareciera que tuviera prisa. «Lo hacemos todos, desde pequeños saltamos por ahí», nos dicen frente al desnivel, quitándole importancia al innecesario brinco, el hermano mayor de Beatriz, Óscar, y su primo Javi Gómez, quienes nos muestran el recorrido que hizo la joven aquella noche.

Siguiendo las indicaciones de Óscar y Javi, bajamos a la calle Santa Lucía -sin saltar, bordeando el escalón-, avanzamos 15 metros y ya estamos en la vivienda en la que aquella noche entró Beatriz Guijarro, la tercera casa de la derecha. Al pasar por la puerta, Óscar saluda a su madre, quien se encuentra dentro, según se ve por la ventana. «Desde que desapareció mi hermana sólo sale para ir a misa», dice el joven de 32 años.

Beatriz Guijarro, separada desde hace un par de años, solía quedarse con su padre si le tocaban los niños. Si no, como era el caso, se alojaba en la vivienda de su madre, en la que también reside su otro hermano, el pequeño, y la pareja de éste. Ella fue quien vio fugazmente a Bea aquella noche cuando, tras cambiarse rápidamente de ropa, volvía a salir. «Ahora vengo», ha transmitido que le dijo. Beatriz enfiló calle abajo y apareció de nuevo en la plaza de San Roque, como atestiguó la cámara. Mirando el móvil.

«Es muy extraño que ella saliera así sin decir dónde iba», le da vueltas y vueltas Juanjo. «Y tampoco me escribió dándome las 'buenas noches, hasta mañana' como hacía siempre. Yo me duché y me acosté porque estaba muy cansado».

«A las doce de la mañana del día siguiente [sábado, 9 de septiembre] me llamó su madre». Toma ahora el relevo del relato de los acontecimientos Alba, la esposa de Óscar, cuñada por tanto de Bea. «Me dijo que Bea no había dormido en su casa, que si estaba conmigo. Y llamé a mi suegro y luego a Juanjo y no estaba en ningún lado».

Siguieron preguntando inútilmente a todo el círculo de la joven y peinaron la localidad antes de, la misma tarde del sábado, acudir al cuartel de la Guardia Civil para presentar una denuncia por desaparición.

Al poco, Juanjo recibió una pista que cuadraba con la dirección que Bea cogió cuando la grabó la cámara del bar. Un amigo suyo le aseguraba que, sentado en la terraza del bar Institut, al final de la cuesta que bajaba la joven, la había visto aquella noche con Rosana, una prima hermana de la madre de Bea. «Las vio a las dos juntas en la calle, subieron al piso de Rosana y a los 15 minutos bajaron de nuevo», reproduce Juanjo lo que le relató su amigo.

«El problema es que Rosana unas veces dice una cosa y otras otra», responde Óscar cuando le preguntamos por lo que les ha contado esta pariente, entendiendo que han hablado con ella, que le han preguntado hasta cuándo estuvo exactamente con Bea y qué sabe de dónde fue después. Rosana, detalla Óscar, suele estar «desorientada» debido a que, dicho eufemísticamente, no tiene una vida muy ordenada, de ahí que la familia no le dé mucha fiabilidad a su relato. «Estuvimos en el cuartel hasta las 2.30 de la madrugada, ya del domingo [dos días llevaba Bea desaparecida] y al salir llamé a Rosana para preguntarle, porque nos habían dicho que la vieron con ella. Me dijo que Bea había estado en su casa y que se había ido de allí con un amigo». Según el relato de esta pariente, Bea y el mencionado amigo estuvieron con ella en su piso hasta las 3.00 o 3.30 horas, cuando se marcharon.

«No tenía ni idea de que mi hermana tuviera ninguna relación con este hombre. Ni de amistad, ni de que fueran conocidos, ni de nada», dice Óscar sobre el misterioso amigo, al que él conoce de vista -«un chico moreno y fuerte, lo describen en la tele»-, pero del que ni siquiera sabe el nombre. La versión que les ha llegado de lo contado por él es que reconoce que estuvo con Beatriz, pero asegura que la dejó de madrugada en el Collado, en la parte alta del pueblo, porque así se lo pidió ella. «Como si se la hubiera tragado la tierra», dice Óscar, frase que ha pronunciado antes varias veces Juanjo.

Sentada en un taburete en la barra del bar de Juanjo, Alba, la mujer de Óscar, muestra el chat de WhatsApp que mantenía Bea para apuntalar cuándo dejó su teléfono móvil de funcionar. Alba le escribió a las 4.49 de la madrugada de su desaparición. «Hola cuña mañana por la mañana que haces?...». Según los checks del mensaje, fue enviado y recibido por el teléfono de Bea, pero no leído. Alba volvió a escribirle a las 12.14 horas del día siguiente, cuando ya la familia se había percatado de su desaparición: «Deja de dormir mona que haces!!!». También este mensaje fue enviado y recibido, no así el siguiente, a las 12.55, que ya no entró en el móvil de Bea: «Cuñaaa». A esa hora el teléfono estaba ya apagado.

Hace unos días, los mensajes volvieron a entrar en el móvil de Beatriz, de lo que la familia concluye que los investigadores han logrado acceder al dispositivo. El caso se encuentra bajo secreto de sumario, por lo que la Policía Judicial de la Guardia Civil de Gandía, a cargo del asunto, no comparte ningún detalle de la investigación con la familia. «Imagínate la impotencia de que no te digan nada de nada por más que preguntes», se lamenta Juanjo. «Si me dice el padre de ir el lunes a Gandía, que vamos todos los lunes a preguntar, le digo que no voy. O voy a llevarlo pero me quedo fuera, no entro. 'Está en secreto de sumario, no podemos hablar'. Es que no nos dan ninguna pista de nada. Solo nos dijeron que la están buscando en calidad de viva, ya está».

Durante las primeras semanas, la familia llevó la desaparición con cierta discreción. Colgaron carteles de búsqueda en Oliva y en las localidades vecinas y divulgaron su fotografía por redes sociales, pero no acudieron a los medios de comunicación. «Al principio nos decían que lo de los medios era arriesgado porque ponía en peligro la investigación, pero al poco nos dijeron que ya no entorpecía», explica Juanjo, quien en las últimas semanas atiende a todos los periodistas que tocan a su puerta.

Estaban también contenidos por los hijos de Beatriz, una niña de ocho años y un niño de seis años, por tratar de que no se enteraran mucho de lo que estaba pasando con su madre. «Al principio les decíamos que estaba trabajando, que se le había roto el teléfono móvil y que estaba trabajando para poder comprar otro», dice Juanjo. «Y ya han visto los carteles de búsqueda en las redes y le hemos tenido que contar que su mamá ha desaparecido, que la estamos buscando con la Guardia Civil pero que no la encontramos. El chiquillo es más pequeño y no se entera mucho, pero la niña no para de hacer preguntas».