"Después de ver morir a varias personas, todos nos preguntábamos cuándo nos tocaría a nosotros". Inanición, sed, la piel descamada. Pasar diez días a la deriva, sin comer, sin beber, sin que nadie te socorre. Rezar, solo con la esperanza de que "se te acabe el sufrimiento cuanto antes". Despedirte de los que no sobrevivieron, arrojando sus cadáveres al mar entre lágrimas y oraciones. Y una vez en tierra firme, preocuparte por si el viaje "ha sido en vano".
Estos son sólo algunos de los testimonios de los 26 supervivientes, de origen afgano y sirio, a bordo de una barca que partió de Turquía el pasado 28 de agosto rumbo a Europa. Una embarcación que, tras estar a la merced de las olas del Mediterráneo durante 15 días, fue rescatada por los guardacostas italianos y llevada al puerto siciliano de Pozzallo el pasado 12 de septiembre. La misma embarcación que, pese a sus llamadas de auxilio, vio morir de hambre y sed a tres niños, entre ellos uno de 11 años que viajaba sin padres, y tres adultos.
El cruce de altamar desde el norte de África hasta Italia es la ruta migratoria más peligrosa en todo el mundo, con más de 17.000 muertes y desapariciones registradas por el Proyecto de Migrantes Desaparecidos (IMO, por sus siglas en inglés) desde 2014; año que coincide con el fin de la operación de búsqueda y rescate financiada por la Unión Europea, Mare Nostrum.
Tal decisión se tomó, según explica Fernando García Calero, de Médicos Sin Fronteras España (MSF), en conversación con este diario, "por su alto coste para los gobiernos europeos, que creían que eliminar la capacidad de rescate incentivaría a la gente a dejar de cruzar". Este posible 'efecto llamada' se convirtió en la diana de muchas críticas y fue en gran medida la causa por la que se retiró la operación, aunque no acabó teniendo el efecto deseado: "Pensaron que si dejasen de cruzar tantos migrantes, la gente dejaría de prestar atención al asunto, pero lo único que derivó este cambio de política migratoria fue un aumento de embarcaciones precarias".
Según ACNUR, 66.314 personas han llegado a las costas italianas en lo que va de año, lo que supone un aumento del 53% respecto a la cifra del año pasado, que fue de 42.878. Entre tanto, 1.039 personas han muerto o desaparecido en este corredor del Mediterráneo Central en 2022. Si no fuera por la voluntad de un buque mercante (y luego por la Guardia Costera Italiana), esta cifra podría haber alcanzado 1.050 con la embarcación procedente de Turquía. En función del próximo gobierno en Italia y de su política de inmigración, esta cifra podría aumentar aún más.
"Matteo Salvini ya bloqueó la entrada de varias embarcaciones -incluido el barco Aquarius- durante su mandato como ministro del Interior en 2018", reconoce García Calero. "Con la amenaza del cierre de puertos con el "bloqueo naval" de Meloni, la situación a la que nos enfrentamos hace cuatro años podría volver a empezar". Puede que Salvini haya defendido durante su campaña electoral que "debe entrar sólo el que tiene derecho", pero García Calero reconoce que, a pesar de la amenaza que se considera que suponen, "la situación de estos migrantes es de absoluta desesperación. Si tuvieran otra forma de llegar a Europa, desde luego no arriesgarían sus vidas en estos barcos".
Un equipo de MSF, formado por dos enfermeras, un psicólogo y tres mediadores internacionales, ofreció primeros auxilios psicológicos a los supervivientes a su llegada a Italia y ha compartido estos testimonios en exclusiva con EL MUNDO. "No nos quedaba más remedio si queríamos sobrevivir", recuerda un chico sirio que sobrevivió tras llegar al puerto de Pozzallo. "Empezamos a beber agua del mar, tratando de filtrarla a través de la ropa. La mezclamos con pasta de dientes para ablandarla y luego bebimos agua del motor para sobrevivir", explica. El chico era consciente de que podía haber muerto, ya que trabajaba como mecánico, pero recalca que "no teníamos otra opción".
Tras varios días en el mar, las provisiones de alimentos y agua se agotaban. Ni siquiera podían tragar los medicamentos que llevaban en la barca por tener la garganta tan seca. Como consecuencia, Nour (nombre cambiado), una anciana que sufría de hipertensión, no se salvó. "La esperanza se extinguía cada vez que los buques con agua y comida disponible decidieron no rescatarnos", relata uno de los supervivientes. Solo una embarcación se acercó para arrojar comida y agua, pero se hundió antes de que pudieran alcanzarla. Para mantenerlos con vida, uno de los supervivientes ofreció la poca comida que tenía a dos niños "que estaban al borde de la inanición". Pese a su gesto, los niños no sobrevivieron.
Al cabo de unas horas, los cuerpos de los fallecidos empezaron a oler mal debido al sol y al calor. Solo quedaba una opción: deshacerse de los cadáveres. "Pensar en tirar o ver el cuerpo de un hijo en el mar es algo impensable para nosotros, pero esta es la realidad que estas personas tienen que afrontar", afirmó Chiara Cardoletti, representante para Italia del ACNUR, a La Repubblica. Los supervivientes rezaron, lavaron los cuerpos e intentaron cubrirlos con la ropa que tenían antes de arrojarlos en el mar, atados a un chaleco salvavidas. "Se despidieron de sus seres queridos con la mayor dignidad posible", añadió.
Aunque a estos inmigrantes se les permitió desembarcar en Italia, García Calero destaca que no siempre es el caso: "Cuando la Unión Europea decidió anular su misión de rescate, empezó a financiar la Guardia Costera de Libia, que cuenta con centros de detención, donde mandan arbitrariamente a los migrantes que no llegan a Europa". Según MSF, más de 15.000 personas han sido interceptadas y devueltas al país africano este año, por lo que las ONG piden la colaboración del Gobierno italiano para proteger los derechos de los náufragos. "No solo tiene la vergüenza de haber dejado el trabajo de búsqueda y rescate, sino de habérselo pasado a otros países también, sin importar que incumplan con el derecho internacional".
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