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La 'guerra de los chips' entre EEUU y China, una batalla por la hegemonía con Europa como víctima colateral

Washington pone límite a los avances tecnológicos chinos como parte de su estrategia geopolítica. Los 27 se ven atrapados en el fuego cruzado de la ofensiva tecnológica de Biden

El presidente de EEUU, Joe Biden, sostiene un microchip.
El presidente de EEUU, Joe Biden, sostiene un microchip.J. ERNSTREUTERS
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La superficie de la Tierra es de 510 millones de kilómetros cuadrados. Pero, desde el 7 de octubre, el futuro del planeta se está decidiendo en un campo de batalla tan infinitesimalmente diminuto que cabría 200.000 veces en un milímetro. Hollywood nos prometió batallas galácticas a millones de años-luz, pero la realidad es que el poder entre las dos mayores potencias del mundo, Estados Unidos y China, se está decidiendo en un campo de batalla tan pequeño que un pelo es unas 20.000 veces más grande.

Ese campo de batalla es el microprocesador, comúnmente llamado 'microchip' o, simplemente, 'chip'. Los chips avanzados se han convertido en el frente de una guerra económica sin precedentes contra China, lanzada por EEUU hace dos meses y que ha acabado atrapando, como baja colateral, a la Unión Europa. La declaración de hostilidades se produjo cuando el Gobierno de Joe Biden estableció un nuevo régimen de exportación que, en esencia, prohíbe la exportación a ese país de microprocesadores avanzados, componentes de éstos, y patentes para fabricarlos, así como de prácticamente cualquier tecnología relacionada con inteligencia artificial y la computación cuántica.

La venta a China de cualquier dispositivo o, incluso, elemento relacionado con esos sectores, en los que se va a decidir la tecnología de las próximas dos décadas, estará sometido a un régimen de autorización administrativa en el que es prácticamente seguro que la respuesta a las solicitudes de exportación será un "no" inmediato. La nueva normativa abre incluso la posibilidad de que los ciudadanos estadounidenses que trabajen en empresas extranjeras que vendan esos productos a China pierdan la nacionalidad, una medida prácticamente sin precedentes. Así es como empresas como las estadounidenses Intel, Nvidia, Qualqomm, la taiwanesa TSM, la coreana Samsung, o las holandesas NXP y ASML se han convertido en lo que fueron los gigantes del petróleo en los años 70: más que compañías normales y corrientes, en activos geoestratégicos.

Aunque diversas fuentes del sector tecnológico, así como varios observadores de China consultados por EL MUNDO, coinciden en que todavía es muy pronto para saber cuál va a ser el impacto de las medidas, todos coinciden en que el anuncio del 7 de octubre puede cambiar la economía mundial durante décadas. Pekín no tiene manera de contraatacar. Su única opción es aumentar la inversión en estas tecnologías, justo en un momento en el que su economía ha perdido las formidables tasas de crecimiento del pasado, mientras el enorme sector inmobiliario del país entra en crisis y el sistema sanitario se prepara para un incremento de los casos de Covid-19.

Según algunos analistas, hay un problema adicional, que un experto resume en una frase: "El presidente chino Xi Jinping no entiende de economía, y menos de tecnología. Lo suyo es el poder duro. Ve con desconfianza a las empresas tecnológicas porque teme que se conviertan en monstruos con influencia política, como el Big Tech de Estados Unidos. Y el equipo de colaboradores del que se ha rodeado tras el Congreso del Partido Comunista son figuras que se han forjado en la política local. Es cierto que política local en China puede suponer una provincia de cien millones de personas, pero también que en ese contexto las sutilezas de los microchips o la computación cuántica se ven como realidades muy lejanas". Si ése fuera el caso, EEUU estaría golpeando un punto débil no ya del sistema económico chino sino, también, de su ecosistema tecnológico.

La segunda economía mundial lleva desde 2014 intentado desarrollar su propia industria tecnológica. Ha volcado unos 130.000 millones de euros en ese objetivo. Pero los resultados han sido modestos, y todavía sigue dependiendo de los chips extranjeros, en especial en el diseño de éstos, donde EEUU mantiene el liderazgo. Como explica Raquel Jorge, analista encargada de la agenda digital y electrónica en el Real Instituto Elcano, "las sanciones de EEUU están afectando a Pekín porque, hasta ahora, su política de desarrollo de chips se ha centrado en el ensamblaje, que es el segmento de menos valor añadido".

Así que para China, la decisión del 7 de octubre no fue un mero movimiento estratégico de Washington en la gran partida de ajedrez en la que ambos países se disputan la supremacía en el siglo XXI. Se trató, más bien, de un intento por parte de Estados Unidos de condenar a China a la pobreza, la temida trampa de los ingresos medios -es decir, la incapacidad de muchos países para salir definitivamente de la pobreza y colocarse en el grupo de cabeza de la economía mundial- que tanto preocupa al presidente de ese pais, Xi Jinping. Para Washington, por el contrario, es un acto de realismo político. Aunque es un país capitalista (salvo en el nombre), la economía china está totalmente controlada por el Gobierno, hasta el punto de que es difícil saber quién es el dueño -si los trabajadores, las Fuerzas Armadas, o inversores privados- de algunas de las mayores corporaciones del país. Así que es absurdo tratar de establecer una distinción entre actividades comerciales, políticas, o militares. Todo forma parte del mismo entramado.

Los microchips están en todas partes. En el coche, el teléfono móvil, el ordenador, el cajero automático, la lavadora, la nevera y, también, en algunos modelos de cañas de pescar, y hasta en ciertos retretes. En EEUU hay miles de lápidas con microchips que permiten descargarse en el móvil imágenes y vídeos del difunto que descansa el sueño eterno bajo ellas. Varias docenas de millones de perros, gatos y caballos en todo el mundo llevan microchips. Y, por supuesto, también están en las armas de todo el mundo, lo que va desde algunos modelos de pistolas hasta misiles intercontinentales.

EEUU, además, está ampliando la guerra a otras áreas del mundo tecnológico. El 25 de noviembre, prohibió la venta en su territorio de dispositivos de una serie de empresas chinas, encabezados por Huawei -la compañía vinculada a las Fuerzas Armadas de ese país que ya provocó una guerra comercial entre ambos paises en 2019- y ZTE. Los teléfonos móviles de esas compañías, por ejemplo, ya no se podrán vender en la primera economía del mundo.

La Unión Europea se ha visto atrapada en el fuego cruzado de la ofensiva tecnológica de Washington. La semana pasada, en su visita de Estado a Washington, el presidente francés Emmanuel Macron marcó en términos muy agresivos las diferencias de criterio entre los dos lados del Atlántico en este sentido. Las críticas de Macron se centraron en la política estadounidense hacia China pero, también, en dos leyes aprobadas durante la presidencia de Biden a la que considera proteccionistas. Una de ellas es la Ley CHIPS (un juego de palabras entre los chips, es decir, los microprocesadores y las palabras en inglés 'Creación de Incentivos que Ayuden a la Producción de Semiconductores'), que fue aprobada en septiembre y establece una amplia gama de ayudas públicas a las empresas extranjeras que inviertan en la construcción de fabricas de microprocesadores en Estados Unidos.

Lo que no está claro es que, aparte de ejercer el derecho al pataleo, Macron vaya a conseguir mucho más. El lunes pasado, cuando los diplomáticos de Washington se recuperaban de la visita de Macron, de su chiste fácil en la embajada de Francia sobre la longitud de las baguettes francesas, y de su colonia (Agua Salvaje, de Dior, según fuentes conocedoras de la situación, que causó estragos entre parte de sus interlocutores y ha disparado la demanda del producto en la capital estadounidense), concluía a las afueras de Washington una nueva reunión del Consejo de Tecnología y Comercio (TTC, según sus siglas en inglés) de EEUU y la UE. El TTC fue creado en septiembre de 2021 a instancias de Washington, para, precisamente, tener una herramienta que permita articular las políticas tecnológicas y comerciales trasatlánticas de modo que éstas puedan hacer frente al desafío de China.

Es, en teoría, el marco idóneo para buscar una solución al contencioso. Pero la cuestión de los microprocesadores apenas fue discutida, porque un acuerdo en ella parece remoto. "El objetivo es demostrar que el TTC funciona, que genera resultados, y que es un espacio en el que se puede confiar para garantizar la relación trasatlántica en un momento tenso como el actual, tanto por la guerra de Ucrania como por el hecho de que la UE no quiere seguir la narrativa de EEUU hacia China, pero en el que tanto Washington como Bruselas se necesitan mutuamente", recalca Jorge. Dos días después de que concluyera la reunión, la agencia de noticias Reuters informaba que el Gobierno de Holanda, el país en el que están las empresas europeas punteras en la fabricación de microprocesadores, está preparando para enero un endurecimiento del régimen de exportación de esos dispositivos a China.

Estados Unidos está siguiendo al pie de la letra la filosofía política del hombre que es un apestado en el discurso político de Occidente en este 2022: Donald Trump. Las medidas de Washington son un ejercicio de unilateralismo, nacionalismo económico, y sometimiento del 'laissez faire' que supuestamente rige la economía estadounidense a las necesidades estratégicas para mantener la primacía mundial de ese país. La mayor diferencia es que Biden ha ido mucho más lejos de lo que nunca se atrevió Trump.

Aunque también el estilo es diferente. En vez de un tuit, un discurso, o una Orden Ejecutiva de la Casa Blanca, al estilo de Trump, cada nueva acción estadounidense se formaliza de la manera más aburrida posible. El nuevo marco regulatorio fue hecho público en una nota de prensa de cuatro folios emitida por una agencia de nombre tan espantosamente aburrido como Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio. El título era mortal de necesidad: Comercio Aplica Nuevos Controles a las Exportaciones de Artículos Manufacturados de Semiconductores y de Computación Avanzada a la República Popular de China. Literariamente, aquello estaba en las antípodas de los grandes textos de los primeros tiempos de la Guerra Fría, como el discurso de Churchill del Telón de Acero, o con el telegrama largo de George Kennan en Foreign Affairs. Era la definición de anticlímax. El comunicado, de hecho, fue emitido un viernes, el día de la semana en el que es más fácil que una noticia pase desapercibida. La prohibición de los dispositivos de Huawei, ZTE, y las otras compañías chinas fue anunciada el viernes 25 de noviembre, en medio de la festividad de Acción de Gracias, que es el equivalente en EEUU al Día de Nochebuena en España. Han sido unos primeros cañonazos muy humildes para una guerra en la que se decide la supremacía de la economía del mundo.

El final de la Ley de Moore

La guerra de los chips llega, además, en un momento de transformación del sector. La Ley de Moore, que ha regido el progreso de los microprocesadores desde que hace seis décadas aparecieron, está dejando de cumplirse. Eso significa que el crecimiento del poder tecnológico de los microchips, que hasta ahora se daba casi automáticamente, se está frenando, salvo que se empleen nuevas tecnologías. El desarrollo de chips está requiriendo superordenadores, nuevos tipos de software, la nube y, en el futuro, ordenadores cuánticos. De todo eso es de lo que EEUU quiere, ahora, privar a China.

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