Tres días de cumbre para deshacer tres décadas de indiferencia parecen poco. Pero por algún sitio hay que empezar. Así que la cumbre de líderes de EEUU y África, que se celebra esta semana en Washington, puede ser el punto de arranque del cambio, siempre y cuando se vaya más allá de las palabras floridas en los discursos, de los objetivos inalcanzables en los documentos, y de las promesas irrealizables en las declaraciones.
Ése es el gran objetivo para la reunión organizada por Joe Biden: evitar que la cumbre sea un despilfarro de buenas palabras y hacer que de ella salgan objetivos concretos, sobre todo porque África, aunque en vía de desarrollo, ya no es una región marcada por la miseria y, además, tiene una alternativa comercial muy clara a Occidente: China. En 2021, los intercambios comerciales de todos los países africanos con EEUU fueron de 83.600 millones de dólares (79.000 millones de euros). Con China, de 254.000 millones de dólares. Así que, sí se pregunta a los africanos a quién tienen más cerca del corazón -o de la cartera-, la repuesta es clara: a Pekín. A este ritmo, China superará en 2030 a la Unión a Europea como principal socio comercial de África.
Y África es demasiado grande como para dejarla de lado. El 17% de la población mundial vive allí. En 2050, el porcentaje será del 25%. En ese tiempo, su PIB, en relación a la economía mundial pasará del actual 3% -similar al de Francia- al 9%. Así pues, quien ignore a África está corriendo un riesgo de cara al futuro.
Agenda atractiva
Por eso EEUU está tratando de presentar una agenda atractiva para África. El punto más simbólico es proponer la entrada en el G-20 de la Unión Africana, que es la organización que agrupa a todos los países del continente con la excepción de Malí, Guinea, Sudán, y Burkina Faso, que tienen su pertenencia suspendida porque sus gobiernos llegaron al poder en golpes de Estado. El G-20 es el grupo que engloba a las 19 mayores economías de la Tierra - industrializadas o en vías de desarrollo - más la UE. Solo hay un país africano en ese grupo: Sudáfrica.
Aparte del G-20, Biden se dirigió ayer a los 49 jefes de Estado y de Gobierno y ministros de Exteriores asistentes a la cumbre con algo inusual cuando los líderes occidentales se dirigen a sus interlocutores africanos: proyectos concretos de colaboración económica y empresarial en ciberseguridad, telecomunicaciones, e infraestructuras.
Biden ha eludido dar lecciones sobre democracia o igualdad de género a unos países que tiene valores muy diferentes de los de Occidente, y ha seguido el modelo chino: negocios. Su iniciativa está a años-luz de las de George W. Bush (Pepfar, para combatir la pandemia del sida) y Barack Obama (Power África, para expandir la red electiva del continente). En vez de eso, anunció proyectos con de empresas privadas, como Microsoft o Cisco, para desarrollar la nube, fortalecer internet o conectar Àfrica con otros continentes a través de cables submarinos.
Es un cambio de estrategia de 180 grados. Washington quiere que este encuentro no acabe siendo la continuación de la primera cumbre de Líderes de EEUU y África, celebrada en 2014, cuando él era vicepresidente y Barack Obama estaba en la Casa Blanca. En aquella ocasión, el encuentro fue lo que en EEUU llamarían un "love fest", un "festival de amor", en parte debido al hecho de que los africanos se reunieron con el primer presidente negro -y, además, hijo de un africano- en la Historia de EEUU.
Hubo, así, celebración. Y hubo polémica, pues Obama aceptó como huéspedes en el encuentro a numerosos 'hombres fuertes', que siempre queda mejor que dictador. Lo que no hubo fue continuidad. La política de Washington hacia África siguió igual, es decir, inexistente. El único punto de interés de EEUU en el continente es el control de la actividad terrorista islámica, para lo cual ha mantenido una presencia militar de diverso tipo en la franja del sur del Sahara. Entretanto, China llenó África de carreteras, abrió minas, y conectó a sus ciudades y pueblos a internet.
Estrategia china
Los chinos no preguntaban por derechos humanos, elecciones limpias o igualdad de género y, a cambio de sus obras como benefactores, asumían progresivamente el control de los sectores estratégicos de los países en estrategia idéntica a la que aplicado en América Latina y que les ha dado resultados excelentes. Entre tanto, amigos, Estados Unidos y los europeos juzgaban a los africanos acerca de sus políticas de género, la discriminación por orientación sexual, o la protección de la biodiversidad, asuntos, todos ellos, importancia secundaria para los países afectados.
Las cosas fueron a peor a partir de 2017 con Donald Trump, que nunca ha ocultado su racismo, que además dejó de manifiesto con sus prohibiciones de entrada en EEUU a los ciudadanos de Nigeria (que, paradójicamente, constituyen una de las comunidades inmigrantes con nivel educativo más alto de EEUU, ya que suelen ir personas de clase alta), Tanzania, Chad, Eritrea, Somalia y Sudán, aunque la de este último país fue revocada. Trump dejo claro su interés por África cuando se refirió en 2018 a las naciones de ese continente más Haití y El Salvador como "agujeros de mierda". Poco después, en un tuit, Trump se inventó el país africano de "Nambia", acaso un híbrido de "Namibia" y "Zambia".
Ahora, Biden está tratando de dar la vuelta a esa situación. Acaso será demasiado tarde. Pero no tiene otro remedio. En la competencia por el poder en el siglo XXI, África no es ya un continente marginal.
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