El hombre que lleva las riendas de Camboya desde hace prácticamente cuatro décadas, Hun Sen, anunció la semana pasada la renuncia como todopoderoso primer ministro y el traspaso del cargo a su hijo, Hun Manet, que se hará efectivo a mediados de agosto. Así las cosas, pareciera que nos encontramos ante una dictadura dinástica al estilo de algunas de la región tan conocidas como la de Corea del Norte. Y, sin embargo, la realidad institucional camboyana es paradójica puesto que el país es una Monarquía parlamentaria, al frente de la que se encuentra el rey Norodom Sihamoni , la única figura que de momento ha impedido que esta pobre nación del Sudeste asiático de 17 millones de habitantes se convierta a todos los efectos en una autocracia.
Norodom Sihamoni (70 años) lleva en el trono desde la abdicación de su padre, en 2004. Es uno de los monarcas más desconocidos para el gran público, refractario a los grandes acontecimientos de la realeza mundial, como los recientes fastos por la coronación de Carlos III del Reino Unido, en los que la camboyana fue una de las pocas familias reales del globo que no estuvo representada. Pero, sobre todo, estamos ante un rey al que los analistas comparan con un pájaro enjaulado y al que se tacha de haber sido un mero títere en manos de Hun Sen, el hombre fuerte del Estado. Las críticas al soberano le han llegado tanto desde organizaciones de derechos humanos internacionales como desde los partidos de la oposición camboyana, hoy todos proscritos, por no haber intervenido para poner freno a los desmanes autoritarios de Hun Sen y a la degradación de la democracia y la Constitución hasta convertirse en papel mojado.
En este sentido, hace apenas nueve días se celebraron en Camboya las últimas elecciones generales, en las que la formación de Hun Sen, el Partido del Pueblo Camboyano (CPP), arrasó con el 82% de los votos. Claro que en realidad los séptimos comicios celebrados en el país desde que vio restaurado en 1993 un régimen multipartidista auspiciado por Naciones Unidas, no fueron sino una mascarada, puesto que el Gobierno ha ido eliminando a todas las formaciones opositoras. La pendiente autoritaria de Hun Sen comenzó en 2013, cuando la principal fuerza de oposición, el Partido de Salvación Nacional, logró un 44% de los votos, amenazando seriamente la continuidad en el poder del primer ministro. De modo que éste maniobró para que el CNRP fuera ilegalizado y ya no pudiera presentarse a los siguientes comicios -igual que le ha sucedido a otras fuerzas después-. Su líder, Sam Rainsy, exiliado desde hace años, es la voz con más eco en el mundo contra Hun Sen. Y ha sido duro en algunos momentos contra el mismo rey por no haber protagonizado ningún gesto de desafío hacia su megalómano primer ministro.
Un monarca neutral y simbólico
Desde el entorno de Norodom Sihamoni siempre se ha defendido que el monarca no puede intervenir en política, que está obligado a una posición de escrupulosa neutralidad como marca la Constitución y, sobre todo, que no debe hacer nada que dañe a su carácter de símbolo, aglutinante de la nación.
Al asumir el trono, el rey se comprometió a estar cerca de los camboyanos y a dedicarse cada día a promover la unidad nacional. "Nunca viviré separado del pueblo amado", declaró. "El Palacio Real seguirá siendo una casa transparente y, para mí, nunca habrá una torre de marfil. Cada semana dedicaré varios días a visitar nuestros pueblos, nuestros campos y nuestras provincias, y a serviros".
Claro que Norodom Sihamoni nunca pareció querer convertirse en rey, una carga demasiado pesada para sus hombros que se vio obligado a aceptar porque lo que estaba en juego era el mantenimiento mismo de la Monarquía, que sigue ejerciendo de pegamento en una Camboya donde no han cicatrizado aún las heridas del régimen sanguinario de los Jemeres Rojos, causantes de uno de los genocidios del siglo XX que siguen despertando tanto dolor como vergüenza.
Norodom Sihamoni es uno de los 14 hijos del venerado Norodom Sihanouk, considerado como el último rey-dios en este país profundamente budista, y de la reina Monineath. Se educó en Checoslovaquia, Francia y Corea del Norte. Y durante años ejerció como bailarín, su pasión. Cuando, ya anciano, enfermo y sin el empuje que había caracterizado su primer reinado, Norodom Sihanouk abdicó, en 2004, el Consejo de la Corona escogió como sucesor al príncipe artista: culto, sensible, refinado pero sin ningún deseo de poder. Aquella sorprendente elección se consideró una maniobra con la que Hun Sen lograba ver sentado en el trono a un monarca inexperto y sin ambiciones al que poder tratar como un títere.
Sihamoni no se ha casado nunca ni tiene hijos. Y le han perseguido siempre los rumores de una supuesta homosexualidad, aunque en Camboya rigen draconianas leyes de lesa majestad que impiden publicar cualquier cosa sobre la familia real que se considere ofensiva. Poco después de ser coronado, preguntaron a la reina madre si veía cercana una boda del soberano. Monineath contestó sorprendida: "¿Esposa mi hijo? Pero si él sólo se siente budista. Ama a las mujeres como hermanas".
Pese al escaso margen de maniobra que ha demostrado el rey camboyano, la Monarquía es la única institución en el país que Hun Sen no ha podido controlar del todo. Y el todavía primer ministro ha tenido que salir muchas veces al paso de las acusaciones de socavar las funciones del soberano. "El rey no asume el papel de primer ministro, y el primer ministro no asume el papel de rey", se defendió el mandatario por la polémica suscitada en mayo cuando suplantó a Norodom Sihamoni en la inauguración de los Juegos del Sudeste Asiático, celebrados en Phnom Penh.
Hun Sen siempre ha sabido que la Corona es intocable porque mantiene el afecto del pueblo, pero el rey ha sido para él hasta cierto punto un estorbo y un recordatorio de que sus poderes, aunque haya hecho de su capa un sayo, no son ilimitados.
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