Afganistán "ha vuelto (...) a las políticas autocráticas del gobierno de los talibán de finales de la década de los noventa", cuando ocuparon el poder hasta que la acción concertada de la oposición y de EEUU tras los atentados del 11-S los expulsó del poder. Así lo afirma el último informe presentado por el Comité de Sanciones de Naciones Unidas al Consejo de Seguridad, hace dos meses. Hoy, cuando se cumplen dos años de la toma del poder en Afganistán por los talibán, ese país parece destinado a seguir siendo un agujero negro de la comunidad internacional, asolado por la pobreza, la corrupcion, el tráfico de drogas, las limpoiezas étnicas, y la eliminación completa de la mujer de todo lo que pase fuera de las cuatro paredes de su casa.
Estos 'talibán 2.0', como los llaman algunos tienen, sin embargo, algunas diferencias en relación a los desarrapados armados por Pakistán y financiados por Arabia Saudí que hace exactamente 29 años aparecieron, sin que nadie explicara de dónde venían, en el puesto fronterizo de Spin Buldak, cerca de la ciudad de Kandahar.
Al contrario que sus predecesores, los talibán del siglo XXI han viajado. Muchos de sus líderes tienen a sus familiares viviendo en mansiones en los países del Golfo Pérsico. Los nuevos talibán no tienen la prisa de sus padres por imponer una cultura ultrafundamentalista basada en el Islam deobandi - la escuela de esa religión que sigue el movimiento -. ni en aniquilar a sus enemigos. Tampoco se están dejando arrastrar por Pakistán para ser carne de cañón en el conflicto eterno de ese país con India por el control de Cachemira.
No es un cambio ideológico sino de estrategia. La manera metódica e implacable con la que los talibán han expulsado a las niñas afganas de la práctica totalidad del sistema educativo es el mejor ejemplo de ello. Ha sido una política lenta, premeditada, paso a paso, que no ha desencadenado el ruido mediático que podría haber causado una condena internacional.
Los talibán han declarado la guerra a la versión regional del Estado Islámico, el llamado IS-Jorasán que es, a día de hoy, la única fuerza que amenaza su control absoluto del país. La oposición al IS les ha dado el respeto del Gobierno de Joe Biden, que en junio mantuvo su primer encuentro diplomático directo y público con ellos talibán, en lo que algunos ven un primer paso, no hacia un reconocimiento del Emirato Islámico de Afganistán, que es como se llama el régimen, sino hacia una coexistencia.
Es, de hecho, una coexistencia que ya se da. Los drones estadounidenses vuelan libremente sobre Afganistán persiguiendo al IS y, cuando les queda tiempo, a los restos de Al Qaeda, muy debilitada y en crisis de liderazgo, sobre todo desde que EEUU asesinara hace justo un año en Kabul, a Ayman al-Zawahiri, el sucesor de Osama bin Laden, que estaba allí, enfermo de cáncer. Por todo eso el Gobierno de Joe Biden se ha negado a apoyar en lo más mínimo al Frente Nacional de Resistencia, una de las principales organizaciones de la oposición, pese a que ésta ha abierto una oficina para hacer presión política en Washington.
Así que estos talibán, al contrario que los de los noventa, han llegado para quedarse. De iure ni un solo país los reconoce. De facto, son el gobierno de Afganistán.
Y tienen más cartas en la manga. Los inmensos depósitos de minerales ha atraído cierto interés de China, con quien Afganistán tiene 80 kilómetros de frontera en el llamado 'Techo del Mundo', la cordillera del Pamir. Solo las reservas de litio - necesarias para las baterías de los coches eléctricos - afganas fueron valoradas por Washington en un billón de euros hace diez años. Hoy valen unos 18 billones. Es un tesoro potencialmente atractivo para Pekín y otros países que no hacen preguntas sobre los derechos de las mujeres, la protección del medio ambiente o la regulación laboral a la hora de decidir dónde invierten.
Entretanto, los talibán siguen endureciendo su control. La política afgana está monopolizada - "de una manera excluyente", según la ONU - por la etnia pashtún, que supone alrededor del 40% de la población. La aniquilación de la oposición - en especial de los tayikos del Valle del Panjshir y de los chiíes del Hazarajat - sigue. El país continúa siendo un foco del terrorismo internacional y de la exportación de drogas, donde ha añadido a su catálogo de estupefacientes el fentanilo, un opiáceo que es uns 50 veces más potente que la heroína - hasta ahora, la principal droga de Afganistán - y que solo en 2021 causó cerca de 70.000 muertes en Estados Unidos. Entretanto, la economía se ha colapsado. Al menos el 50% de los aproximadamente 40 millones de afganos que viven en el país dependen de la ayuda humanitaria internacional.
La oposición parece incapaz de presentar una alternativa - en buena medida por su falta de apoyo extranjero, pero también por su división y problemas de liderazgo -, aunque los talibán tienen exactamente el mismo problema.
Por un lado, está la tensión, típica en Afganistán, entre los líderes regionales y el poder político central, que con los talibán no está en Kabul - una ciudad, a fin de cuentas, cosmopolita y tayika - sino en Kandahar, en el corazón del territorio tribal pashtún. Además, hay otra lucha política, que enfrenta a los número uno y dos del movimiento.
Por un lado, está Hibatula Akhundzada, que oficialmente es el líder supremo de Afganistán. Por otro, Sirajuddin Haqqani, cuyo cargo es vicelider primero. Cada uno tiene una afiliación tribal, unos apoyos exteriores, y una actitud frente al uso de la violencia y el terror como herramienta política. Y, aunque en teoría son los dos máximos líderes del país, en la práctica viven, cada uno, en su esfera de influencia, que es incompatible con la del otro.
Hibatullah es un líder talibán tradicional. Rehúye la publicidad. No sale de Kandahar. Es cercano a Qatar, del país que controla a los talibán 2.0. Y pertenece a la tribu pashtún Durrani, que lleva gobernando de manera casi ininterrumpida Afganistán desde que hace 275 años el país fue establecido por, precisamente, Ahmad Shah Durrani.
Sirajuddin - 'Siraj' para los occidentales - es lo contrario. Es famoso por ser uno de los mayores terroristas del mundo. El Gobierno de EEUU ofrece diez millones de dólares por su cabeza. Heredó la llamada 'Red Haqqani' de terroristas de su padre, Jalaluddin Haqqani, que recibió gran parte de la ayuda estadounidense en la guerra contra la ocupación soviética de los ochenta. Los Haqqani siempre han sido agentes del servicio de inteligencia de Pakistán (ISI), pero ahora parecen haberse independizado y están ayudando a los talibán pakistaníes, otro grupo ultrafundamentalista que lleva a cabo acciones terroristas contra el Gobierno de Islamabad. Sirajuddin - que es el dueño del apartamento de Kabul en el que vivía al-Zawahiri cuando éste fue asesinado por EEUU - pertenece a la tribu Zadran, cuya influencia en el mundo pashtún es muy limitada.
Aunque Haqqani ha criticado el "monopolio del poder" de Hibatullah, fuentes diplomáticas creen que es consciente de que no tiene ni el pedigrí tribal ni los apoyos de Qatar para ser el líder supremo, y que Hibatullah sabe que los Haqqani son demasiado poderosos como para ir a por ellos sin desatar una guerra civil. Además, los talibán necesitan estar unidos para combatir a un Estado Islámico que sigue causando atentados y tratando de reclutar a terroristas para enviarlos a Occidente, algo que todos en el régien quieren evitar a cualquier precio porque fue uno de esos atentados - el del 11-S - lo que les costó estar dos décadas fuera del poder.


