Después de ser derrotado en la guerra civil por el Ejército Rojo de Mao Zedong, el Gobierno nacionalista del Kuomingtang se exilió en Taiwan los últimos días de diciembre de 1949, convirtiendo a la isla en una fortaleza anticomunista custodiada por el general Chiang Kai-shek. Las fuerzas revolucionarias de Mao, agotadas tras la contienda, decidieron asegurar su dominio en el continente, donde todavía se mantenían algunos frentes dispersos, y no gastar más esfuerzos en perseguir a Chiang hasta Taiwan.
Aquello fue el comienzo de las dos Chinas, una bajo control de los comunistas y la otra gobernada por los derrotados nacionalistas, quienes contaron con el respaldo diplomático de Estados Unidos hasta que la administración de Jimmy Carter, en 1979, rompió con Taiwan, cambiando su reconocimiento oficial a la República Popular de Mao como el único gobierno legal de China.
Han pasado 75 años de la partición entre China y Taiwan. Desde Pekín, el Partido Comunista invoca a la historia pasada para reclamar la soberanía de Taiwan: la isla quedó bajo control del imperio chino, según los registros históricos, en el siglo XVII. Desde 1895 hasta 1945 fue colonia japonesa, volviendo a manos chinas tras la Segunda Guerra Mundial.
Desde Taiwan, los recientes gobiernos democráticos también tiran de historia, una más reciente, para argumentar que su país nunca ha formado parte de la China moderna, que se separó durante el levantamiento en 1911 que derrocó a la dinastía Qing y que permaneció bajo el control de los nacionalistas tras la victoria de Mao en la guerra, cuando la oficialmente pasó a llamarse República de China, nombre que todavía conserva.
En el centro de Taipei se levanta una estatua gigante de bronce de Chiang Kai-shek, un dictador que estuvo al frente de la isla durante un periodo conocido como el "terror blanco", casi cuatro décadas de sangrienta represión sujetada por una ley marcial. Taiwan no alcanzó una democracia plena hasta las primeras elecciones presidenciales con sufragio universal en 1996. Entonces, los sondeos oficiales reportaban que sólo el 17,6% de los encuestados se identificaban como taiwaneses, frente al 25,5% que lo hacían como chinos y el 46,4% como ambos. Ahora, según las encuestas más recientes, más del 60% de la población se identifica como taiwanesa.
En Taipei, probablemente por la continua amenaza de invasión de su poderoso vecino, reivindican continuamente que su democracia es una de las más vibrantes del mundo. Pero una de sus grandes contradicciones es que mantienen un mausoleo en el centro de su capital dedicado a su dictador, así como varias estatuas de Chiang por todo el país.
Este año, en la isla se ha debatido mucho sobre varias propuestas de retirar todos esos polémicos monumentos. Más de 760 estatuas o bustos de Chiang permanecen en lugares públicos, a lo que hay que sumar los más de 250 que se encuentran en cuarteles militares. Muchos legisladores del gobernante Partido Democrático Progresista (PPD) defienden la ruptura total con la figura de un dictador que representa un pasado autoritario y que tiene profundas raíces precisamente en el régimen que ahora amenaza con invadir Taiwan.
El Ejecutivo del presidente Lai Ching-te ha propuesto eliminar todas las estatuas de Chiang, pero se está encontrando con la resistencia de la parte más conservadora y nacionalista de las fuerzas armadas de la isla. Fuentes de Taipei dicen que la mayoría de proyectos para borrar los recuerdos de Chiang se han paralizado porque el Gobierno no quiere provocar una fuerte división dentro del ejército en un momento de especial tensión con China.

