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Diplomacia

Por qué Trump ha elegido Arabia Saudí como sede para la reunión con Rusia

La relación especial de EEUU con Arabia comenzó en 2017 cuando Trump inauguró su primer mandato optando por debutar en el extranjero con una gira que comenzó en el Reino Saudí

El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio se reúne con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman.
El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio se reúne con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman.POOL
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Trump vuelve a poner a Arabia en el centro de la diplomacia mundial. El presidente de EEUU ha elegido el país árabe como lugar de celebración de las negociaciones sobre Ucrania con Rusia y además prentende involucrarla en el futuro de Gaza. Riad se convierte así en una encrucijada para la solución de los dos conflictos abiertos más importantes a nivel global. La relación especial con Arabia comenzó en 2017 cuando Trump inauguró su primer mandato optando por debutar en el extranjero con una gira que comenzó en el Reino Saudí.

Con Ucrania, el papel del príncipe Mohammed bin Salman no es sólo el logístico-diplomático de anfitrión de la cumbre entre superpotencias. Su elección como intermediario se produce por las excelentes relaciones que Arabia tiene con Rusia, a la que está vinculada por la OPEP, el grupo de países productores de petróleo. Además, Bin Salman no se sumó a las sanciones contra Putin, lo que sitúa a Riad como una de las grandes potencias que no ha tomado partido en el conflicto ucraniano.

La cumbre de Riad adquiere pues una dimensión muy trumpiana: un triángulo de superpotencias de combustibles fósiles. Estados Unidos, Rusia y Arabia poseen una gran parte de la producción mundial de petróleo y gas. Para Trump, el Green New Deal fue un error geoestratégico, que le dio a China una peligrosa influencia para el dominio de Beijing en energía solar, baterías y automóviles eléctricos.

Otro punto crucial es el papel de Arabia en Palestina, que es aún más esencial pero más complicado de gestionar para Trump. En 2017, cuando tomó la decisión sin precedentes de asistir a la "danza de espadas" de la monarquía saudita incluso antes de visitar a los aliados históricos de la OTAN, fue duramente criticado pero sentó las bases de uno de los mayores éxitos de su diplomacia. Comenzó a hilar el tejido de los Acuerdos de Abraham con los que en 2020 varios países islámicos (Emiratos, Bahréin, luego Marruecos y Sudán) reconocieron al Estado de Israel.

Arabia era el director oculto y comenzaba a fortalecer los vínculos económicos, financieros y turísticos con Israel con el objetivo de buscar la normalización diplomática con el país hebreo.

El asunto Khashoggi -el asesinato del periodista de la oposición saudita- fue una grave mancha en la reputación de Bin Salman, que pronto fue perdonada por la administración Biden por la demasiada necesidad de la colaboración saudita para gobernar el mercado energético. Ahora tanto Trump como Bin Salman quieren retomar el camino iniciado con los Acuerdos de Abraham.

Sería la culminación de la metamorfosis saudita. Bajo el liderazgo de Bin Salman, de 39 años, Arabia Saudí ha emprendido una modernización que incluye avances en los derechos de las mujeres, la secularización y la reducción del clero. Además, Riad ha dejado de financiar la predicación yihadista de odio antioccidental en mezquitas y madrazas de todo el mundo.

La actitud hacia Israel es parte de esta transformación. El nuevo rumbo saudí ha renunciado al tradicional victimismo que vincula los éxitos israelíes con la opresión de los palestinos, o culpa de los retrasos del mundo árabe al colonialismo occidental. Para Bin Salman, el desempeño económico y tecnológico de los israelíes es un Silicon Valley de Medio Oriente que está tratando de emular. Además, el enemigo común lo vincula a Israel ya que la ambición histórica de Irán es destruir el Estado sionista y ocupar La Meca.

Para Bin Salman, el obstáculo para reanudar el deshielo con Israel es la cuestión palestina. Las últimas revelaciones de Trump no ayudan y la monarquía saudí no puede ser culpable, ante su propia opinión pública, de traicionar a los palestinos: entregar Gaza a otros y legitimar una expulsión masiva hacia Egipto y Jordania. Los dirigentes saudíes no simpatizan con los palestinos, a quienes consideran culpables de errores durante muchas décadas, incluido el apoyo a Irán, Hamas y Hizbulá.

Riad lidera una alianza de regímenes moderados o conservadores del mundo sunita, que consideran a Irán como el principal peligro para la paz, no a Israel. Sin embargo, la opinión pública árabe no toleraría la renuncia a un Estado palestino. El capital saudí será indispensable para la reconstrucción de Gaza, y la cuestión no parece prestarse a las simplificaciones de Trump.