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Los 90 días en los que Trump convirtió a Europa en el mayor enemigo de Estados Unidos

Washington considera que el 'liberalismo' del Viejo Continente representa una de las peores amenazas a Occidente en la Tierra. Pero no se trata sólo de un choque en políticas económicas migratorias o de Defensa, sino de modelos de sociedad antagónicos

El entonces secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, y Ursula von der Leyen, hablan durante una rueda de prensa, en 2022.
El entonces secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, y Ursula von der Leyen, hablan durante una rueda de prensa, en 2022.GETTY
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Cuando la semana que viene se celebren las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en Washington, varios de los funcionarios de la Unión Europea que viajen a la capital estadounidense no llevarán teléfonos inteligentes ni ordenadores normales. Sus dispositivos serán teléfonos de prepago y ordenadores básicos. La razón es que, cuanto más primitivos son los dispositivos, más difícil es entrar en ellos.

Ésas son medidas de seguridad habituales en los viajes de los funcionarios de la Unión Europea a, por ejemplo, China. Pero no a un país supuestamente aliado y democrático como es Estados Unidos. Su revelación, el lunes, por el diario británico Financial Times, refleja cómo han bastado exactamente 90 días con Donald Trump en la Casa Blanca para deteriorar las relaciones entre las dos orillas del Atlántico hasta unos extremos inconcebibles antes del 20 de enero.

La alianza trasatlántica está, pura y simplemente, rota. A George Kennan, uno de los ideólogos de la estrategia estadounidense durante la Guerra Fría, se le atribuye la frase -teóricamente pronunciada antes de la invasión de Irak-: "EEUU y Europa no se divorciarán, aunque dormiremos en habitaciones separadas". Ahora, justo veinte años y un mes después de su fallecimiento, la previsión de Kennan se ha quedado corta. Con Trump, Estados Unidos parece no sólo haberse divorciado de Europa, sino que, además, piensa que el matrimonio fue un error desde el primer día.

El divorcio es por una razón muy profunda: para Estados Unidos, el modelo político, económico, social e institucional europeo es, literalmente, el enemigo. Como explicaba hace tres semanas el historiador Robert Kagan al Wall Street Journal, "cuando [Trump y su equipo] dicen ‘Europa’, lo que están diciendo es, en realidad, ‘la Europa liberal’". El presidente estadounidense admira públicamente al líder autoritario de Hungría, Viktor Orban. El vicepresidente JD Vance ha mostrado sus simpatías por el partido de ultraderecha alemán AfD. Vox tiene una relación muy estrecha con The Heritage Foundation, el think tank de Washington que diseñó el Proyecto 2025, en el que se está basando la agenda de Gobierno de Trump. Mike Gonzalez, investigador sénior de Heritage, forma parte del Consejo Asesor Internacional de Disenso, el think tank de Vox...

Pero, quitando partidos de esa ideología, el Partido Republicano de hoy ve a Europa -y muy especialmente a la Unión Europea-, como la representación en la Tierra de las peores amenazas a Occidente. La misma idea de una organización supranacional que asume competencias de los Estados miembros, que es la base de la UE, es un ataque directo al concepto, enunciado por Trump en 2017, de que "la nación-Estado continúa siendo la verdadera base de la paz y la armonía". Una de las grandes señas de identidad de la UE, la desaparición de las fronteras nacionales, se opone al eslogan "si no tienes fronteras, no tienes un país", que Trump ha repetido decenas de veces desde que la pronunció por primera vez el 16 de junio de 2015 en el discurso en el que anunció su candidatura a la presidencia, y que ha sido repetida por algunos de sus aliados, como Elon Musk.

La política en inmigración de la UE -en especial, la acogida de refugiados musulmanes de Siria que adoptó Angela Merkel en 2015- choca con la tolerancia cero en inmigración de Trump, quien desde septiembre de 2023 ha declarado en varias ocasiones que los indocumentados "envenenan la sangre de nuestro pueblo", son "bestias", "animales", "asesinos", y "violadores". Para el presidente de EEUU, Europa es el máximo ejemplo de multiculturalismo, algo a lo que él se opone, pese a que dos de sus tres esposas han sido extranjeras y a que su hija mayor, Ivanka, se convirtió al judaísmo. Como dijo el presidente al diario británico The Sun en 2018: "Es una vergüenza que Europa permita la inmigración".

Trump tampoco parece convencido de las bondades de la inmigración por una cuestión racial: es decir, que países de mayoría de población blanca estén aceptando a recién llegados de otras razas. Es algo que dejó entrever en una reunión en el Despacho Oval con un grupo de senadores en 2018, cuando preguntó: "¿Por qué no podemos atraer a inmigrantes de Noruega?" en lugar de personas "de países de mierda", en referencia a África y Centroamérica. El secularismo europeo tampoco concuerda con la visión del actual Gobierno estadounidense, cuyo Departamento de Estado ha instruido a sus funcionarios a que denuncien a sus compañeros de trabajo que "muestren sesgos anticristianos". Trump se ha mostrado orgulloso en numerosas ocasiones de haber conformado el actual Tribunal Supremo, que en 2022 autorizó a los estados de EEUU a prohibir el aborto, una práctica que, al menos en Europa Occidental, pocos se plantean prohibir.

Todas esas diferencias ponen de manifiesto que, en 2025, las diferencias entre EEUU y Europa no se limitan a políticas comerciales, a la toma por los europeos de las riendas de su propia Defensa o a la regulación por Bruselas de las grandes tecnológicas de Silicon Valley. El choque tiene que ver con el modelo de sociedad. Si mañana Europa pasara a ser autosuficiente en Defensa, eximiera a las empresas de EEUU del IVA -una demanda que Trump lleva haciendo desde su primera presidencia- y aceptara la ocupación rusa de Ucrania, las relaciones sólo experimentarían una mejoría circunstancial.

La gran falla trasatlántica seguiría existiendo, porque es una falla de valores, no de políticas. Y Trump continuaría sintiéndose más cómodo con Vladimir Putin que con Ursula von der Leyen o Keir Starmer. "La simpatía de Trump por Putin se debe a que este último es iliberal", declaraba al Journal Kagan, que no es precisamente un dechado de europeísmo. El historiador perteneció al grupo de los neoconservadores que ideó la invasión de Irak, y es el creador de la frase "los estadounidenses son de Marte; los europeos, de Venus", para referirse a la supuesta valentía de los primeros y al presunto hedonismo de los segundos.

Para EEUU, Europa es el modelo a evitar si el país va a sobrevivir. Como dijo JD Vance en una entrevista con la cadena de televisión trumpista Fox News en 2018: "Europa está en peligro de cometer el suicidio de su civilización". Vance ha jugado el papel de ariete en esta ofensiva antieuropea, como cuando en febrero, en una bofetada diplomática para los libros de Historia, afirmó en la Conferencia de Seguridad de Múnich ante la élite de la defensa de Occidente: "La mayor amenaza para Europa no es externa. No es Rusia, no es China. Es la amenaza interior". Una amenaza que, según él, radica en el rechazo de las instituciones europeas a los partidos políticos de ultraderecha, su tolerancia del islam radical y la oposición a la injerencia rusa en los asuntos internos de los países.

En julio pasado, Vance afirmó que "el Reino Unido puede convertirse en el primer país islámico que tenga armas nucleares", en referencia a la importante comunidad musulmana británica, soslayando así que Pakistán tiene la bomba atómica -gracias a la ayuda de EEUU- desde finales de los años 80. El lunes, la web trumpista británica UnHerd (un juego de palabras que podría traducirse como "No ser del rebaño") publicaba una entrevista con el vicepresidente, en la que éste decía: "Francamente, si los europeos hubieran sido un poco más independientes y estado un poco dispuestos a alzarse, acaso hubiéramos sido capaces de evitar al mundo el desastre estratégico que fue la invasión estadounidense de Irak". Vance, así, distorsionaba el hecho de que varios países, como Francia y Alemania, se habían opuesto en redondo a la guerra, hasta el punto de no permitir el uso de su espacio aéreo a los vuelos militares que llevaban a los soldados de Estados Unidos al frente.

Europa y Estados Unidas tienen una larguísima historia de desacuerdos. La guerra de Suez -cuando el presidente Eisenhower obligó a Francia y Gran Bretaña a suspender su invasión conjunta de Egipto con Israel-, la salida de Francia de la OTAN por De Gaulle, la ruptura del patrón oro por Nixon, el despliegue de los euromisiles y, por supuesto, Irak, fueron momentos de tensión en las relaciones trasatlánticas. Pero eran desavenencias por políticas específicas, no por creencias básicas.

Otros cambios, más profundos, no cuestionaban las premisas del vínculo. Desde que Obama anunció el "pívot hacia el Pacífico" en 2011, Estados Unidos ha mirado más hacia Asia que hacia el Atlántico y Oriente Próximo. Pero ése era un cambio inevitable, dado el nuevo reparto del poder global y el auge de India y, sobre todo, China.

Europa y EEUU tenían una alianza estratégica. Washington bendijo el proceso de integración europea desde el principio, apoyando incluso a Jean Monnet cuando éste dio los primeros pasos en esa dirección. Nadie se había tomado en serio las palabras del filósofo de la London School of Economics John Gray, quien en 1998 escribió en su libro False Dawn ("Falso amanecer") que "aunque siguen compartiendo intereses vitales, Europa y Estados Unidos se están alejando cada vez más en sus culturas y valores. Puede que el periodo de colaboración masiva que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta los años inmediatamente posteriores al final de la Guerra Fría sea considerado como una aberración en las relaciones de EEUU con Europa".

Las palabras de Gray han cobrado ahora sentido. La antipatía no es por políticas de Estado, sino visceral. Cuando el periodista Jeffrey Goldberg destapó el Signalgate -la alucinante filtración de un chat de Signal en el que los altos cargos del Gobierno de Trump planificaron, del 11 al 15 de marzo, un bombardeo a gran escala de Yemen-, quedó de manifiesto cuánto detesta el equipo de Trump al Viejo Continente. "Odio rescatar a Europa otra vez", escribió Vance a sus interlocutores. "Comparto totalmente tu odio por Europa. Es PATÉTICA", respondió el secretario de Defensa, Pete Hegseth. "Por orden del presidente, estamos trabajando con Estado y Defensa para compilar los costes de esto y cargárselos a los europeos", terció el consejero de Seguridad Nacional, Mike Waltz.

La conversación es significativa, porque no era, al contrario que las declaraciones de Vance, algo preparado para lanzar un mensaje público. Era un chat entre colegas discutiendo asuntos de la máxima importancia estratégica, que teóricamente nunca iba a hacerse públicos. En privado, los líderes de la política exterior estadounidense hablan tranquilamente de cuánto odian a Europa minutos antes de comentar que es importante que los bombardeos no tengan impacto sobre Arabia Saudí. Quien quiera pensar que los desplantes constantes de Washington hacia Europa son una táctica negociadora para obtener concesiones comerciales o más apoyo frente a China, que espere sentado.

La "geopolítica de la simpatía" de la que ha escrito Kaarel Piirimäe, de la Universidad de Tartu, en Estonia, para referirse precisamente a las ideas de Kennan, ha sido reemplazada en sólo 90 días en la relación transatlántica por la "geopolítica de la más profunda antipatía". Es la antipatía que siente Trump y su equipo por Ucrania, un país que tiene como modelo a la UE y que está bajo la amenaza de desaparición a manos de una potencia iliberal: Rusia. Si no fuera porque supone una amenaza económica y militar, incluso la China de Xi Jinping tendría mejor valoración para Trump que Europa.