INTERNACIONAL
Guerra en Europa

Chernóbil se blinda ante otra posible invasión rusa

Ucrania levanta nuevas defensas fronterizas con materiales llevados desde fuera de la zona de exclusión. El sarcófago del reactor 4 permanece dañado por el ataque de un dron ruso

Máscaras antigas infantiles, en la escuela de Pripiat.
Máscaras antigas infantiles, en la escuela de Pripiat.
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En febrero de 2022, cuando el régimen de Vladimir Putin dio la orden de invasión de Ucrania, Chernóbil no estaba preparado para repeler a ningún ejército. Desde la cercanísima frontera bielorrusa, decenas de miles de soldados de la Z rompieron las barreras e irrumpieron en la zona de exclusión que rodea la central. Los militares ucranianos que custodiaban el área fueron apresados por los rusos, que capturaron la planta, incluyendo la zona accidentada en 1986 y su carísimo sarcófago protector. Desde ahí emprendieron su asalto a Kiev, a una hora y media de camino, ya con una gran resistencia por parte de las tropas de Ucrania.

Hoy, los alrededores de esa central están mucho mejor protegidos. En este recorrido no se nos permite tomar fotografías de posiciones militares ni señalar ninguna de las fortificaciones construidas en los últimos meses, pero es evidente que la zona de exclusión ha cambiado desde que los ocupantes rusos fueron expulsados en abril de 2022.

Para saber más

Ucrania lleva trasladando arena, sacos terreros, dientes de dragón y otros componentes de defensa pasiva desde hace mucho tiempo hasta este lugar. A diferencia de las tropas rusas, a las que se ordenó cavar en zonas altamente contaminadas (una práctica corroborada por este reportero en 2023), el Gobierno de Kiev ha llevado materiales de construcción limpios de radioactividad desde otras zonas del país para levantar todas estas fortificaciones.

Dosímetros

Aunque Ucrania no está en guerra con Bielorrusia, la invasión hacia la capital se inició desde su frontera. Para evitar que suceda de nuevo, Kiev ha blindado todos estos pasos fronterizos. El paso de blindados es constante, aunque la radiación obliga a estos militares a mantenerse alerta con sus dosímetros para no superar dosis peligrosas. "Nadie se fía de Rusia ni de Bielorrusia. La posibilidad de que vuelvan a entrar tropas invasoras por aquí vuelve a ser muy alta, de ahí que veamos todo esto con tanta seguridad", dice Volodimir Verbytsky, nuestro contacto en la zona, antiguo trabajador de la central y uno de los liquidadores del accidente nuclear del reactor 4 que aún viven.

En el sarcófago que cubre la central, pagado entre otros por la Unión Europea, aún se aprecia el enorme agujero que dejó un dron lanzado por Rusia contra esta instalación el 14 de enero de 2025. La metralla abrió una brecha en la capa posterior cuya reparación costará 25 millones de euros. Por suerte, el ataque se produjo en una zona lejana al reactor 4; por tanto, no supuso un riesgo inminente de emisión de radioactividad, aunque fue un recordatorio de la falta de líneas rojas y límites éticos del régimen de Moscú incluso con instalaciones tan delicadas como esta.

Guardería abandonada en Chernóbil.
Guardería abandonada en Chernóbil.

Entramos en el comedor de la central, que fue saqueado por los ocupantes rusos, al igual que el resto de las instalaciones. Tras pasar por un escáner de radioactividad, que acredita que estamos limpios, nos ponemos a la cola de los trabajadores con nuestra bandeja. Tomamos una sopa borsh más que decente, un filete y una ensalada junto al resto de operarios de la central, clausurada totalmente en el año 2000, pero que aún mantiene un personal en rotación para conservar bajo control todos los elementos críticos, como el propio reactor 4 o el cementerio nuclear.

Recuperación

Poco a poco, la situación en la zona de exclusión se ha ido recuperando. Los niveles de radiación, que aumentaron con el paso de los blindados rusos y la apertura de sus trincheras, ha bajado hasta cifras habituales, ya medidas con nuevos dosímetros (los que había los robaron los rusos). En cambio, entre 70 y 80 miembros de la Guardia Nacional de Ucrania que protegían la central nuclear de Chernóbil continúan en cautiverio en Rusia. Este caso ha sido calificado por expertos y organizaciones internacionales como una violación del derecho internacional humanitario, ya que los trabajadores y guardias de instalaciones nucleares no deben ser objeto de ataques ni detenciones prolongadas. La situación sigue siendo motivo de preocupación para las autoridades ucranianas y la comunidad internacional.

En estas fechas, el entorno de Pripiat, la ciudad muerta junto a Chernóbil, que fue evacuada varios días después del estallido del reactor 4, hace difícil su contemplación apocalíptica. Los árboles se han comido las calles y tapan los edificios abandonados. "No piséis la hierba ni el musgo", dice Verbytsky, que se ha traído su propio dosímetro. En el asfalto, hay menos radiación que en la vegetación, que ha ido capturando contaminación con el paso de las décadas.

Coches de choque en Pripiat.
Coches de choque en Pripiat.

Aunque cada vez es más peligroso aventurarse dentro de los edificios por su mal estado, resulta un interesante y extraño paseo por las ruinas de la Unión Soviética. Esta ciudad, el orgullo de la URSS, se creó como el núcleo urbano más avanzado de todo el mundo soviético. Tenía incluso el primer supermercado, de estética capitalista, y un moderno restaurante. La huella radioactiva se multiplica en la zona de su parque de atracciones, jamás inaugurado. La fiesta de los trabajadores del 1 de mayo de 1986 nunca se celebró por el accidente del 26 de abril, por tanto ningún niño llegó a subir a su noria o a los coches de choque, que han quedado varados en el tiempo y en el espacio, cargados de contaminación atómica. El dosímetro se dispara si lo acercas a estas atracciones.

Los árboles han colonizado el patio de la escuela. En el comedor aún quedan tiradas por el suelo las máscaras antiguas para niños que se usaban habitualmente para los ejercicios militares infantiles propios de la educación en la Guerra Fría. Muchos libros infantiles permanecen en los pupitres, ya hinchados por la humedad. Un periódico local tirado en un pasillo anticipa la inauguración del parque de atracciones. Es del 23 de abril de 1986, tres días antes del desastre atómico.