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"Quiero que toda la sociedad sea testigo"... Las palabras de Gisèle Pelicot volvieron a resonar en Aviñón, cerca del tribunal en el que se celebró durante cuatro meses el histórico juicio, en el claustro de un convento del siglo XIV de las Carmelitas habilitado como teatro para una función muy especial. "¡Que la vergüenza cambie de bando!".
Procès Pelicot es el título de plato fuerte de este año en el Festival de Aviñón: una obra de cuatro horas, condensadas a partir de las 600 horas del famoso juicio, con la manifiesta intención de sentar en el banquillo a toda la sociedad, no solo la francesa, representada por medio millar de espectadores que fueron testigo y parte de la función (retransmitida por streaming en cines y a punto de viajar ahora a Lisboa, Belgrado y Varsovia, tras su preestreno de hace un mes en Viena).
Gisèle Pelicot, que acaba de ser distinguida con la Legión de Honor y que en enero publicará su autobiografía Un himno a la vida, dio el visto bueno a esta versión teatral que tiene la simplicidad y la fuerza de una lectura dramatizada, con el desfile de actores ante un atril y las palabras resonando con toda su carga sobrecogedora en el claustro románico.
"Hemos querido sacar el caso de la memoria colectiva y hemos elegido un espacio sagrado como una alegoría del Vía Crucis", advierte Milo Rau, el autor y director suizo especializado en llevar a escena procesos de calado histórico, de Ceausescu a las Pussy Riot. Callar ante el caso Pelicot habría sido en su opinión un "silencio cómplice" como ciudadano, comparable al mutismo ante lo que está ocurriendo en Gaza o en Ucrania.
Rau ha colaborado en el Festival de Aviñón con la actriz y dramaturga Servane Dècle, que recalca cómo el "triunfo silencioso" de Pelicot -más allá de la condena a 20 años de su ex marido y las sentencias contra los 50 hombres que la violaron y abusaron sexualmente de ella cuando estaba drogada- ha sido precisamente darle la vuelta a la "vergüenza", empoderar a las víctimas y convertir a los agresores en un espejo de "la sociedad patriarcal y machista que trivializa las violaciones".
Un enfermero, un periodista, varios repartidores de comida, un soldado, un guardia de prisiones... Un muestrario de hombres "comunes", entre 24 y 76 años, desfila ante los ojos de los espectadores como representantes de ese micro mundo sórdido de Mazan, el pueblo de 6.000 almas a los pies del monte Ventoux que tiene entre sus principales atracciones uno de los castillos del Marqués de Sade ("cruel ironía", en palabras de Fabianne Dargue en Le Monde).
A ese pueblo plácido llegaron en 2013 Dominique y Gisèle Pelicot, una vez jubilados (los dos trabajaron para Électricité de France, ella especializada en gestión logística). Vivían cómodamente instalados en una casa grande con piscina, frecuentada por sus hijos y nietos en verano, como la típica familia de clase media retirada en el sur de Francia.
En septiembre de 2020, Dominique fue retenido por los guardias de seguridad de un supermercado que descubrieron que grababa con un teléfono móvil por debajo de las faldas de las clientas. Y así fue como arrancó la investigación que culminó con la incautación de sus dispositivos electrónicos y el descubrimiento de una siniestra carpeta llamada "Abusos", con imágenes de su propia mujer abusada por hasta 70 hombres cuando estaba drogada y en un estado aparentemente inconsciente.
"Hago esto por todas las mujeres que despiertan por la mañana sin memoria de lo que pasó la noche anterior", proclama Ariane Ascaride, una de las tres actrices que interpretan a Pelicot. "No lo hago por mí, sino por todas las otras víctimas"...
"Desde la perspectiva sociológica y psicológica, este caso representa la omnipresencia del patriarcado, y cómo la cultura de la violación se infiltra en nuestras vidas, a pesar de décadas de campañas y del impacto de movimientos como #MeToo", asegura el director Milo Rau. "Es como si estuviéramos diciendo: hemos arrojado algo de luz sobre este asunto, pero hay otra parte que sigue escondida, y esa parte no ha cambiado".
Esa parte aún semioculta es la que aspira precisamente iluminar Procès Pelicot, que pretende algo así como darle la vuelta a la tortilla, en palabras del propio Milo Rau: "El juicio a puerta abierta convirtió el tribunal en un teatro, y ahora es el teatro el que se convierte en un tribunal".
La autora Servane Dècle va aún más allá y tiende un puente entre cómo "el machismo y el fascismo van de la mano hoy en día". "Conforme los hombres buscan el poder a través de la dominación, el fascismo seguirá en aumento y la sociedad patriarcal seguirá destrozando vidas", advierte Dècle. "Como artista y como activista, el caso Pelicot toca un punto fundamental de nuestro tiempo: Gisèle no es solo una víctima, sino una superviviente del patriarcado, y nos pide que miremos este juicio y al mundo que le rodea".

