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El verano de los submarinos: las amenazas de Trump a Rusia y la cooperación entre Reino Unido y Australia ponen de relieve la importancia del 'arma definitiva'

Estados Unidos, Reino Unido y Francia preparan la próxima generación de submarinos atómicos, China sigue expandiendo sus flotas y la India se ha sumado a los países que cuentan con ellos

El USS Ohio, atracado en Brisbane, Australia.
El USS Ohio, atracado en Brisbane, Australia.Darren EnglandEfe
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En una era marcada por misiles hipersónicos, ciberataques y enjambres de drones, los submarinos nucleares parecen haberse convertido en una de las pocas armas de la era de la Guerra Fría que, lejos de haber perdido preponderancia en el siglo XXI, la han ganado.

A medida que aumentan las tensiones en los océanos Pacífico, Índico y en el Ártico, ha crecido el papel de estos gigantes silenciosos, móviles y casi imposibles de rastrear, cuyos costes son astronómicos. Construir un submarino nuclear capaz de llevar misiles de crucero cuesta entre 2.000 y 4.000 millones de euros. Uno capaz de lanzar misiles intercontinentales puede llegar a los 9.000 millones, que es lo que cuestan los de la nueva clase Columbia de Estados Unidos. Cuando se suman los costes de mantenimiento a lo largo de tres o cuatro décadas de vida útil, la cifra prácticamente se duplica.

Estados Unidos, Reino Unido y Francia preparan la próxima generación de submarinos atómicos, mientras que China y Rusia siguen expandiendo sus flotas. India se ha sumado al grupo de países que cuentan con estas armas, mientras que Australia espera hacerlo la próxima década, con la cooperación del Reino Unido y, tal vez, de Estados Unidos. En junio, el comandante en jefe de la Armada de Italia, el almirante Enrico Credendino, declaró al diario Corriere della Sera que Roma está considerando hacerse con submarinos atómicos en la década de 2040.

Una de las causas de ese creciente uso de los submarinos nucleares es que estos ya no son solamente plataformas para la disuasión nuclear, lo que les hizo durante décadas el arma definitiva para Estados Unidos y la URSS. Hoy, estos navíos tienen múltiples funciones, desde atacar objetivos en tierra hasta cortar cables submarinos. Durante la Guerra Fría, el peso de la estrategia nuclear descansaba en estos monstruos que llegan a medir cerca de 200 metros y a desplazar más de 30.000 toneladas. Hoy, cada vez más, los submarinos son multiusos. Y los nucleares, al tener autonomía ilimitada, pueden permanecer bajo el agua mientras les dure la comida de la tripulación.

Un ejemplo de esta heterogeneidad de tareas es el estadounidense Jimmy Carter, que está especializado en misiones secretas, entre las que posiblemente se incluyan la colocación de sensores, el lanzamiento y recuperación de drones submarinos y la infiltración de soldados en territorio hostil. El ruso Belgorod parece hacer lo mismo. Pero la adaptabilidad de estas armas es enorme. Estados Unidos ha transformado cuatro de sus 18 submarinos gigantes de la clase Ohio, cuya principal función sería jugar un papel estelar en un Apocalipsis atómico, al quitarles sus 20 misiles intercontinentales y ponerles 154 misiles de crucero. Uno de esos cuatro -no han dicho cuál- bombardeó las instalaciones nucleares de Irán el 22 de junio. Es la segunda vez en la Historia -después de un ataque con más de 90 misiles de crucero lanzados contra Libia en junio de 2021 por otro submarino de esa clase, el Florida- que uno de esos cuatro sumergibles fabricados para lanzar misiles intercontinentales ha sido empleado en combate.

El viernes pasado, los submarinos estadounidenses volvieron a cobrar actualidad cuando Donald Trump anunció a bombo y platillo que dos de ellos serán enviados a "las regiones apropiadas" por las "provocativas declaraciones" del ex presidente ruso Dimitri Medvedev. Las declaraciones eran puro postureo, porque si algo define a los submarinos es la ambigüedad estratégica que confieren, o sea, su capacidad para estar donde no se les espera.

Pero lo cierto es que los submarinos nucleares están siendo una de las estrellas geopolíticas del verano -si es que ese término es aceptable- aunque, conforme a su estilo, de la manera más discreta posible.

Eso se debe a dos razones. La primera, que están marcando la que tal vez sea la primera actuación concreta de dos de los más estrechos aliados de Estados Unidos, el Reino Unido y Australia, para crear un sistema nuclear de defensa al margen de Washington. La segunda, vinculada en parte a la anterior, es que la masiva importancia de estos barcos ha puesto de manifiesto en toda su crudeza las carencias de la capacidad industrial de Occidente para fabricar armas, justo cuando las necesidades de defensa están creciendo.

Ambas crisis se plantearon en toda su crudeza en los días anteriores al anuncio de Trump. El 25 de julio, los ministros de Defensa del Reino Unido, John Healey, y de Australia, Richard Marles, firmaban en la ciudad natal de este último, Geelong, un tratado por 50 años para el desarrollo, construcción y mantenimiento de una flota de 12 submarinos nucleares.

El Tratado de Geelong, como ya se le denomina informalmente, es un intento de Londres y Canberra de curarse en salud ante el unilateralismo de la segunda presidencia de Donald Trump. Cuatro días después de la firma, el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, había anunciado que su Departamento iba a revisar la participación en el acuerdo militar Aukus con el Reino Unido y Australia, firmado en 2022, en virtud del cual ese último país compraría a Estados Unidos entre tres y cinco submarinos atómicos de segunda mano de la clase Virginia en la próxima década antes de desarrollar los suyos propios conjuntamente con Gran Bretaña.

Algunos ven en la posibilidad de que Washington salga del Aukus, aparte de suponer un aviso a navegantes muy serio para otras alianzas, sólo una decisión promovida casi en solitario por Elbridge Colby, un alto cargo del Pentágono que se ha distinguido por su unilateralismo extremo incluso para los parámetros del Gobierno de Trump.

Pero el hecho de que Hegseth, que parece gozar de la confianza de Trump, lo apoye le da una nueva dimensión. Sobre todo porque el argumento es impecable: los dos astilleros en los que Estados Unidos fabrica sus submarinos no son capaces de acelerar la construcción de esas naves para su propia Armada. Como explicó dos días más tarde el comandante en jefe de la Armada de Estados Unidos, el almirante Daryl Claude (conocido por sus subordinados como El Tejón, un animal que en Estados Unidos simboliza tenacidad y, también, ferocidad), la primera potencia mundial tiene que aumentar su capacidad de producción de submarinos atómicos de la clase Virginia, que en la actualidad es de dos por año. De lo contrario, explicaba Claude, no tendrá submarinos sobrantes de segunda mano para Australia.

Para Australia es un golpe moral y estratégico con cierto toque de escarnio, porque Hegseth hizo el anuncio justo cuando el Gobierno de Camberra que dirige el laborista Anthony Albanese acaba de hacer el segundo pago, de 450 dólares, a Estados Unidos, una suma que además irá íntegramente (como el resto de los 2.600 millones de dólares que se ha comprometido a pagar) a la expansión de los astilleros en Lis donde se hacen los Virginia. Claro que también cabe la posibilidad de que el Gobierno de Trump quiera que Australia pague más.

La decisión de los gobiernos australiano y británico de ir por su cuenta es, así pues, una manera de mantener el Aukus a flote, aunque los Virginia no lleguen. Pero es también un desafío enorme para los dos países. El Tratado de Geelong prevé construir 16 nuevos submarinos nucleares de ataque, es decir, con misiles guiados -presumiblemente de crucero-, pero que no irán armados con bombas atómicas. Dice que esos navíos serían para Londres y Curro para Canberra.

El problema es que, para lograrlo, el Reino Unido tendrá que expandir sus astilleros y, también, sus bases, dado que en la actualidad solo tiene siete barcos de ese tipo. Para Australia, construir sus cuatro submarinos nucleares sería un desafío todavía mayor. Pero no parece que haya ningún precio lo suficientemente alto para disuadir a cada vez más gobiernos del imperativo estratégico de tener submarinos nucleares en sus flotas.