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Cuando lanzó la invasión en 2022, Vladimir Putin dio un discurso en la televisión rusa declarando que su objetivo era "desmilitarizar y desnazificar" Ucrania. Se refería a convertir a Ucrania en otra Bielorrusia: con una identidad débil, un ejército controlable y un gobierno subalterno e impopular. Más de tres años de guerra han causado problemas a Rusia, pero el problema de Putin sigue siendo Ucrania, no la guerra. Por eso, tras el encuentro con Donald Trump en Alaska, afirmó que su mayor preocupación no es cómo poner fin a tres años y medio de derramamiento de sangre. Más bien, se trataba de lo que denominó la "situación en torno a Ucrania", reclamando que "se restablezca un equilibrio justo en la esfera de la seguridad en Europa y en el mundo en su conjunto".
Sólo afrontando todo esto se eliminarían lo que Putin llama una y otra vez "las causas profundas de la crisis" en Ucrania. La causa de esa percepción es la pérdida de estatus de Rusia tras el fin de la URSS. La solución es recuperar de alguna manera la hegemonía de Moscú sobre Europa Central, liquidada en favor de múltiples democracias, pero -según su visión- recuperable volviendo a proyectar allí una zona tapón y un mercado cautivo. De nuevo mediante el uso de la fuerza, o a través de un nuevo pacto bajo amenaza de una nueva escalada.
Aunque la propaganda rusa en otros idiomas habla de negociación con Moscú y de evitar el rearme europeo, su propaganda en ruso convoca a los ciudadanos a una guerra sagrada que, mediante el borrado de Ucrania, promete la liquidación de los agravios del pasado. Su guerra de conquista es el negativo de la foto del exterminio nazi de los judíos: coincidente, pero invertido. Hitler se propuso la aniquilación del pueblo judío aprovechando que no tenían un Estado; Putin prepara la aniquilación del Estado ucraniano bajo el pretexto de que no son un pueblo.
Las razones por las que estas ideas, contrarias a los mapas y los libros de historia, se han asentado en su cabeza están en cómo Vladimir Vladimirovich ha ido construyendo su visión del mundo, desde sus primeras experiencias como adulto y espía hasta su irrupción y consagración en el Kremlin, donde sus visiones fueron cada vez menos matizadas por el círculo de sicofantes que lo rodea.
EL NIÑO DE BREZHNEV
Putin fue un niño, adolescente y hombre con Leonid Brezhnev en el poder, el líder soviético que impuso la idea de soberanía limitada a los países de Europa Central, ensayada primero en 1956 en Hungría y sobre todo en 1968 reprimiendo la Primavera de Praga. Esa dosis de disciplina sólo es posible a través de dictaduras subyugadas, y esa es ahora la aventura en la que Putin está inmerso.
Sus primeras lecturas sobre Ucrania no son históricas, sino ficción: novelas de espías promovidas por el KGB de entonces, que buscaba volver a ser popular llevándolas al cine. En esas novelas aparecen los nazis ucranianos y los agentes soviéticos salvando al país en solitario. Sus ideas sobre Ucrania y el papel de los nazis en la Segunda Guerra Mundial vienen de allí, no del relato histórico. Pero como dice el teórico del eurasianismo ruso, Aleksandr Dugin, "la posmodernidad muestra que toda supuesta verdad es cuestión de creer".
EL HOMBRE DEL KGB
Maravillado por "cómo un hombre puede cambiar el curso de la historia", Putin entra en el KGB en 1975: primero en contrainteligencia y después en vigilancia del extranjero próximo, en su caso la República Democrática Alemana. El objetivo era evitar que nada se moviera en casa y, después, promover dinámicas en el exterior. Por eso, en la mente de Putin la voluntad de cambio en Rusia es fruto de injerencia extranjera, y el rumbo de Ucrania se puede cambiar mediante una injerencia -cada vez más violenta- de Rusia.
"Sus años en el KGB profundizaron su hostilidad hacia Occidente y hacia cualquier intento de soberanía popular o liberación nacional", señala Antón Shejovstov, profesor visitante en la Central European University. La operación militar especial que lanza en Ucrania en 2022, sin consultar con casi nadie, es hija de ese ‘micromanagement’ de fantasía, inspirado en cómo un hombre puede cambiar la historia él sólo, actuando en el momento adecuado pillando a todos desprevenidos.
EL POLÍTICO EN APUROS
Los temores de Putin sobre la evolución política en sus contornos están bien fundados. "Durante un tiempo Europa del Este fue vista por los soviéticos como un tapón, pero a largo plazo demostró ser una puerta de entrada que no protegió a la URSS de las influencias extranjeras", explica Jakob Mikanowski, autor del ensayo ‘Goodbye Eastern Europe’.
Destinado en la República Democrática de Alemania, Putin vivió un escenario parecido al ucraniano de los 2000: un país bajo la órbita de Moscú, pero con algo más de apertura, que se separaba cada vez más hasta motivar la ruptura y contribuir a la caída del régimen soviético. Su intervención en Ucrania en 2014 intentó reparar ese momento, esquivar esta vez esa piedra.
Cuando Putin asiste en 1989, en su garita de Dresde, a los tumultos tras la caída del muro, Moscú no reacciona y él se ve obligado a volver a la URSS, que se derrumba. Putin prueba suerte en política y se convierte en vicealcalde de San Petersburgo, pero su jefe pierde las elecciones. Desde entonces, Putin es escéptico respecto a la competición electoral abierta y recurrente, y como presidente ve con irritación la continua rotación de líderes en Ucrania, que impide hacer tratos y forjar clientelas y alianzas contra la UE.
EL PRESIDENTE PEQUEÑO
Cuando Putin llega al Kremlin, es desafiado por el extremismo del Cáucaso y reacciona cancelando las elecciones regionales dentro de Rusia. Pero las elecciones en otros países de la vieja URSS (que en su cabeza también son comicios regionales) no las puede cancelar. Y Putin pierde esas elecciones: Georgia, en 2003; Ucrania, en 2004. Una de las "causas del conflicto" es que la dictablanda que enarbola en Rusia funciona cada vez menos en el extrarradio.
Putin preside el país más grande del mundo, que, sin embargo, nunca había sido tan pequeño. Llega como un presidente joven, paga las deudas y cabalga el alza de hidrocarburos. El resquemor de Putin con la OTAN es impostado, pues empieza a mostrarse no cuando ingresan naciones europeas, sino cuando empieza a tener dinero para plantear desafíos. La injerencia en Ucrania en 2014 es sólo una continuación del experimento de 2008 en Georgia.
La victoria del pueblo sobre el partido es, para el chekista Putin, una humillación. El trabajo del KGB es que el poder pueda más que el pueblo. Ucrania simboliza ese fracaso, que hay que enderezar.
EL PRESIDENTE VIEJO
Con su regreso al Kremlin en 2012, Putin se topa con manifestaciones en su contra por primera vez, de las cuales -igual que del giro europeo de Ucrania- culpa a Estados Unidos. De pronto, Putin en 2013 es impopular, pero consigue recuperar sus buenas cifras con la invasión limpia de Crimea en 2014. Incluso en sectores descontentos con él resultó, a partir de entonces, fuera de lugar promover la idea de devolver Crimea a Ucrania. Crimea es la criptonita que impide a los liberales conectar con la gente. En 2021 el efecto Crimea se ha evaporado; por eso piensa en un plan similar, pero más ambicioso: tomar Ucrania y desafiar a Europa.
Durante el Covid, Putin permanece aislado, visitado por un par de amigos nacionalistas. Leyendo y escribiendo junto a ellos se va radicalizando todavía más sobre Ucrania y contra Occidente, aburrido de las tareas de gobierno, mientras la idea de la muerte pasa a estar más presente por culpa de la pandemia y el paso del tiempo. Y concibe la reconquista como una manera de prolongar su régimen en medio de las amenazas del descontento, los límites constitucionales y sobre todo la vejez.
Antón Shejovtsov es uno de los autores que más ha escrito sobre las razones de Putin. La atea URSS no podía vender una vida después de la muerte, pero tras la Segunda Guerra Mundial se presenta una eternidad colectiva, que se alcanza contribuyendo a la gloria del Estado eterno. "El trauma de Dresde en 1989 y el colapso del poder soviético parecen haber llevado el prejuicio antioccidental de Putin a un nuevo nivel, destrozando la armadura psicológica que lo había protegido del miedo a la muerte con la promesa de sobrevivir mediante la permanencia del Estado soviético". De esta manera, "para Putin la eliminación de Ucrania representa una forma de fortalecer a Rusia y, por extensión, de reforzar la ilusión de su propia permanencia". A medida que se hacía más poderoso como presidente de Rusia -y se acercaba a la muerte física-, Putin vio cada vez más la victoria de Occidente en la Guerra Fría, junto con la existencia del proyecto nacional ucraniano, como rupturas históricas que podían revertirse mediante la guerra, reclamando la promesa de su inmortalidad simbólica.
Una parte central del esfuerzo de Putin por reformular el orden posterior a la Guerra Fría ha sido su intento de debilitar o destruir la relación transatlántica creada después de la Segunda Guerra Mundial y ampliada desde 1991 con la admisión a la OTAN de naciones de Europa Central. Según esta lógica, incluso la primera ronda de ampliación de la Alianza Atlántica en 1999, que incorporó a Polonia, la República Checa y Hungría, debería considerarse la causa de la actual guerra desatada por Rusia contra Ucrania. Putin ni siquiera estaba en el poder, pero se presenta como un líder al que se le ha acabado la paciencia.
Al acercarse a los 70 y toparse con los límites constitucionales a su mandato -mientras todos sus enemigos son mucho más jóvenes que él-, su decrepitud le hizo desconfiar de las naciones o personas que pueden ser más poderosas en 10 años, cuando su vigor se apague. Por eso intentó destruir Ucrania y mató a Alexei Navalny: antes de que ellos sean algo más fuertes y él sea algo más débil.
