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Si el Reino Unido tuviera un sistema presidencialista y no parlamentario, y las elecciones se celebraran mañana, Keir Starmer ganaría por poco a Donald Trump. De acuerdo, ésa es una comparación extrema. La gente no valora de igual forma a un líder extranjero que a otro nacional. Y, sobre todo, el Reino Unido no es una república presidencialista sino una monarquía parlamentaria que, además, no va a celebrar comicios en varios años, salvo que ocurra una crisis nacional que nadie espera. Pero la anécdota estadística está ahí.
Según la empresa de estudios de la opinión pública YouGov, el 1 de julio el 16% de los británicos tenía una valoración favorable de Trump mientras que el 70% desaprobaba su gestión. El 11 de septiembre, los números de Starmer eran del 21% (favorable) y del 71% (desfavorable). Al primer ministro británico le queda el consuelo de que, al menos, ganaría con holgura a Vladimir Putin.
Las cifras exageran la situación. Pero ponen de manifiesto una cruda realidad de la Conferencia del Partido Laborista que se inaugura hoy en Liverpool: Starmer es tremendamente impopular. Apenas 15 meses después de haber llevado a los laboristas británicos a Downing Street, por primera vez en 14 años, su aceptación es ligeramente inferior a la que tenía Margaret Thatcher cuando una rebelión interna de los conservadores acabó con su liderazgo.
La Conferencia -el equivalente de un Congreso de un partido en España- llega, así, con ruido de sables muy claro. La opinión generalizada es que, salvo un milagro, Starmer no estará en Downing Street cuando se celebren las próximas elecciones generales, previstas, salvo adelanto, para 2029. Algunos, incluso, han puesto una fecha de caducidad al primer ministro: el próximo mayo. Ese mes se celebran comicios locales en parte del Reino Unido, incluyendo Gales. Si el Partido Laborista vuelve a sufrir una derrota como este año en Inglaterra y Escocia, Starmer deberá afrontar un levantamiento de sus filas que probablemente acabe con su mandato como primer ministro.
De hecho, la rebelión ya ha empezado. La Conferencia de Liverpool comienza con la resaca de las declaraciones del alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham, un eterno aspirante al liderazgo del partido, quien ha reconocido que numerosos parlamentarios le han contactado acerca de la posibilidad de reemplazar a Starmer y que él les ha respondido que "esa es una decisión que debéis tomar vosotros". En otras palabras, que está dispuesto.
La reacción del premier ha sido fulminante, afirmando que si Burham llegara a Downing Street "infligiría un daño" al Reino Unido "similar al de Liz Truss", la primera ministra conservadora que fue aupada al poder en una rebelión interna -esta vez contra Boris Johnson- y que tiene en su haber la dudosa distinción de ser la jefa del Gobierno que menos tiempo ha durado en el cargo en el país.
Starmer basa sus críticas en que Burham, más a la izquierda que él, ya ha declarado su apoyo a la renacionalización de ciertos servicios públicos y a la relajación de la política de ajuste presupuestario que el mandatario está llevando a cabo. Para Starmer, el Reino Unido no puede permitirse aflojar en la consolidación fiscal. Y los mercados financieros comparten totalmente esa visión. El día en el que Burham declaró su buena disposición a reemplazar al premier, la prima de la deuda británica subió. Lo cierto es que el Reino Unido, al igual que Francia, no tiene margen presupuestario. Pero para gran parte del Laborismo ésa es una realidad que hay que ignorar.
La cuestión presupuestaria es sólo una parte de la gestión de Starmer que desagrada a los británicos. Pero hay más. La economía no crece. El Partido Laborista ha perdido totalmente el control del debate en la cuestión de la inmigración. Y la actitud del Gobierno ante la guerra en Gaza ha provocado el divorcio de la izquierda y el Ejecutivo.
La gran suerte de Starmer, por ahora, es que no tiene rival. Porque Burham no es miembro del Parlamento y, por tanto, no puede ser elegido para el cargo por sus correligionarios. De hecho, tras 16 años en Westminster, se fue a Manchester después de ser derrotado en dos ocasiones en el asalto al liderazgo laborista por el líder indisputable de la izquierda del partido, Jeremy Corbyn. De hecho, hay una teoría conspiratoria que dice que el alcalde de Manchester sólo está preparando el terreno para que venga otro a reemplazar al actual inquilino de Downing Street. Una frase de toques shakespearianos de los tories después del Brexit, cuando ese partido quemó cinco primeros ministros en otros tantos años, resume la clave de esa supuesta trama: "Quien lleva el cuchillo no llevará la corona".
Por ahora, la corona está en la cabeza de Starmer. El problema es que ésta se encuentra muy deslucida. El primer ministro no tiene carisma. Literalmente, le cae mal a su propio grupo parlamentario. Su reciente remodelación del Gobierno, desatada tras la dimisión por un escándalo fiscal de la viceprimera ministra, Angela Rayner, no parece haber creado la imagen de una estrategia clara, sino de una transferencia de altos cargos de un departamento a otro que ha generado la opinión de que lo único que quiere el mandatario es cambiarlo todo para que todo siga igual. La consecuencia no es un Gobierno al borde del colapso, sino algo más insidioso: un Ejecutivo impopular, sin ideas, sin iniciativa, que se arrastra en una agonía política eterna a la espera de que alguien le dé el golpe de gracia y lo finiquite.
La mayor crítica contra Starmer es su indiferencia. Sus parlamentarios le acusan de ignorarles, algo que es suicida en un sistema como el británico en el que los miembros de la Cámara de los Comunes tienen una autonomía política con la que no podrían ni soñar los diputados españoles. Cuando era abogado de derechos humanos, Starmer tenía fama de ser tan despistado que, según dicen, un día estaba trabajando en su despacho y no se dio cuenta de que unos ladrones habían entrado en su casa y le habían robado la televisión delante de sus narices. Pero, al frente del Gobierno, ese rasgo parece, pura y llanamente, indiferencia. O arrogancia.
Dentro del Ejecutivo, ha reforzado el control de Downing Street sobre el Ministerio de Finanzas, que es clave para el futuro del Reino Unido, en detrimento de la titular, Rachel Reeves, cuya continuidad en el cargo se negó a confirmar en junio después de que los propios laboristas torpedearan en el Parlamento su proyecto de reforma del hipertrofiado sistema de bajas por enfermedad del Reino Unido.
Esos problemas de mensaje se suman a los puramente políticos. Starmer es demasiado conservador para los laboristas y demasiado izquierdista para los conservadores y, sobre todo, para Reform UK, el partido ultranacionalista que lidera todas las encuestas y que puede provocar un cataclismo político en el Reino Unido si llega al poder en las próximas elecciones generales. "Mis compañeros que cubren política nacional en la revista le dan a Reform un 50% de posibilidades de alcanzar Downing Street", comentaba el miércoles el corresponsal de geopolítica del semanario The Economist, David Rennie.
Por ahora, Farage está restando más votos de los tories (conservadores) que de los laboristas. De hecho, el Partido Conservador, que solía definirse orgullosamente como "el partido natural del Gobierno" está en tercera posición en las encuestas, tras Reform UK y el Partido Laborista, y corre el serio peligro de perder su posición dominante en la política británica. Pero es un magro consuelo para Starmer y los laboristas. Los jóvenes se van con la izquierda del Partido Verde. Y cada vez más obreros y sindicalistas se escoran hacia Reform. Cuando el caladero de votos tories se agote, el líder de Reform UK, Nigel Farage, irá a por los del laborismo, si es que estos no se han pasado ya en masa.
Así, la Conferencia, que termina el miércoles, va a suponer cuatro días de foco mediático, delegados molestos, y bases movilizadas por asuntos sensibles. El riesgo no es una rebelión formal, sino algo más insidioso: que el Congreso consolide un relato de desgaste prematuro y capital político en retirada justo cuando el Gobierno necesita autoridad para aprobar reformas.
La respuesta de Starmer no puede ser dar carisma o liderazgo, porque no lo tiene, pero sí programa. Y ahí va a hacer una apuesta arriesgada: convertir la lucha contra la inmigración irregular en el eje de su política. El primer ministro ya lo dijo el viernes, cuando declaró que "nos hemos equivocado en inmigración". Para ello cuenta con la ministra del Interior, Shaban Mahmoud, otra laborista de centro, que ha prometido que restringirá la entrega de visados a los ciudadanos de países que no colaboren en la lucha contra la inmigración ilegal. Mahmoud es una de las nuevas caras que han llegado con la remodelación del Gobierno, y parece dispuesta a ejercer el papel de halcón en materia de inmigración en el Reino Unido.
Pero, incluso aunque Starmer logre llevar a cabo esa política, los riesgos son evidentes. Para gran parte de la opinión pública, no lo hará por convencimiento, porque la idea generalizada es que no cree en nada. Para muchos en su partido, será una traición. Y para los votantes de Reform UK, que cada día que pasa son un poco más numerosos, será, simplemente, la ratificación de que ellos tienen razón.
Cambiar esa narrativa no va a ser fácil, y menos para alguien como Starmer. Pero si no lo logra en Liverpool es probable que en 2029 sea otro quien dispute las elecciones por el Partido Laborista.

