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Por primera vez en casi cuatro años de guerra, Ucrania pretende contraatacar a la guerra del frío que el Kremlin pone en marcha por cuarto invierno consecutivo. La idea inicial fue del hoy caído en desgracia (y casi olvidado) general Sergei Surovikin en otoño de 2022, el primer año de la guerra.
¿Qué se pretende con esa estrategia, ya usada por los rusos en sus bombardeos en Siria? El plan de Surovikin buscaba convertir la electricidad, el calor y el transporte en «centros de gravedad» para forzar costes estratégicos, es decir, quebrar la vida civil y la moral: golpear la red eléctrica y de calefacción en plena temporada fría para hacer invivibles las ciudades y erosionar el apoyo social a la guerra.
Además, pretendían presionar a Kiev para que se sentara a negociar desde la debilidad, desviar las defensas antiaéreas ucranianas hacia las grandes ciudades (y así dejar el frente desguarnecido) y crear una presión migratoria sobre Europa creando flujos de desplazados, sobre todo ancianos, mujeres y niños.
Pero con imaginación, esfuerzo y una resistencia no creída por su enemigo, Ucrania ha resistido cada uno de los tres inviernos anteriores, a veces sufriendo cortes de varios días y teniendo que adaptarse a una calefacción por horas que avanzaba por barrios. Además, la misma distancia hay de Moscú a Kiev que de Kiev a Moscú.
Este invierno, por primera vez desde el inicio de la invasión, Ucrania ha decidido devolver cada golpe a Moscú, haciendo partícipe al pueblo ruso de las decisiones de sus dirigentes. En la última semana Kiev ya ha atacado con éxito dos centrales termoeléctricas en Belgorod y Briansk, dos regiones fronterizas con Ucrania, y otra en la Zaporiyia ocupada por Rusia, en ataques «espejo» de los producidos por el Kremlin contra centrales termales en Sumy, Járkiv y Donetsk.
Penurias
«Los rusos no comprenden el coste de todos estos apagones, de todas las penurias que el pueblo ucraniano experimenta y soporta durante esta guerra. Y esto ni siquiera es una cuestión de moralidad, de la que carecen, sino de percepción física. Ucrania no mata civiles. Pero deben comprender el precio que esto supone», dijo el pasado lunes el presidente Volodimir Zelenski. La mentalidad de esta medida, reflejada en una frase repetida estos días por muchos en Kiev, es «por cada ucraniano que pase frío, un ruso pasará frío».
¿Por qué Ucrania puede hacer esto ahora? Kiev ha desarrollado en tiempo récord una industria armamentística que le ha permitido lanzar sus propios drones y misiles contra Rusia, además de las capacidades que los aliados le han proporcionado, como las lanzaderas Himars y los misiles Storm Shadow, con una autonomía de 250 kilómetros. Ayer mismo, un dron de largo alcance ucraniano recorrió 2.100 kilómetros hasta estrellarse en unos depósitos de combustible. Este mismo otoño Ucrania ya ha presentado dos modelos de misiles propios, el Flamingo, cuyo alcance y capacidades están por ver, y una versión mejorada de su Neptune.
Tanto Ucrania como Rusia usan un sistema público de calefacción centralizada heredado de la antigua URSS. Es decir, si un proyectil alcanza con éxito la central termoeléctrica de cogeneración, encargada de producir electricidad y calor a partir de gas, gasoil o carbón, puede dejar toda una ciudad a expensas del frío invierno y en completa oscuridad. Lo haga quien lo haga, es un objetivo civil y supone un crimen de guerra.
Tomahawk
En ese mismo sentido está la petición de Kiev a Washington para que le venda (a través de sus aliados europeos) los poderosos misiles Tomahawk, capaces de alcanzar más de 2.000 kilómetros de distancia. Trump dijo el pasado lunes que había «tomado una decisión» sobre la entrega de este arma pero que tenía que saber, antes del envío, para qué objetivos quiere Kiev esos misiles. Fuentes cercanas a la Casa Blanca han explicado que la intención del presidente sí es entregarlos, pero muy pocos ejemplares y como palanca de presión para que Vladimir Putin acepte sentarse a negociar con Zelenski de forma sincera. Si esa negociación no se produce por la negativa del Kremlin, entonces las entregas serían mayores.
El Kremlin afirmó ayer que espera declaraciones «más claras» sobre la posible entrega de esos misiles. «Entendemos que hay que esperar, quizás, declaraciones más claras, si las hubiera», dijo el portavoz de la Presidencia rusa, Dimitri Peskov, que agregó que el presidente ruso, Vladimir Putin, ya había señalado hace unos días que el posible suministro de los Tomahawk a Ucrania supondría una escalada en las relaciones entre Moscú y Washington.
«Ucrania contraataca, atacando objetivos militares e instalaciones energéticas que venden sus recursos energéticos. Rusia vende sus recursos energéticos y luego utiliza ese dinero exclusivamente para la guerra. Por eso Ucrania está tomando medidas absolutamente justas», comentó Zelenski. «Nos están matando. No podemos permitir que se sientan cómodos. Y cuando ya no se sientan cómodos, empezarán a cuestionar a sus líderes», concluyó el presidente de Ucrania.

