Las crestas del Hindu Kush separan a dos naciones que, a pesar de compartir algunas lenguas, la fe y la sangre, llevan décadas atrapadas en un laberinto de enemistad. Afganistán y Pakistán se observan desde hace más de 70 años a través de una línea dibujada por manos británicas: una frontera invisible trazada en 1893 que, además de separar, dejó una herida que sigue muy abierta hoy en día.
El foco bélico ha apuntado en las últimas jornadas hacia varias partes de esa frontera entre estos dos países, que se extiende a lo largo de 2.600 kilómetros. El ejército paquistaní y el talibán intercambiaron disparos el sábado por la noche después de una escalada de las tensiones propiciada, según denunciaron desde Afganistán, por un ataque aéreo paquistaní a un mercado de Kabul la semana pasada.
Las fuerzas talibán aseguraron ayer que 58 militares paquistaníes habían muerto durante los ataques y que habían tomado tres puestos en la frontera norte del país vecino, mientras los paquistaníes afirmaron que destruyeron varios puestos militares de su rival y que mataron a "más de 200 combatientes talibán y terroristas". Un portavoz de los extremistas afganos rebajó la cifra a nueve combatientes afganos muertos durante los enfrentamientos. Así, de nuevo, resucita -o por lo menos vuelve a la parrilla de actualidad informativa- un viejo conflicto muy complejo con raíces en la época colonial británica.
Los orígenes se remontan a la Línea Durand, la frontera establecida unilateralmente por los británicos para dividir el entonces Imperio Británico de la India y Afganistán. Los sucesivos gobiernos afganos se han negado a reconocer esta división porque la consideraban una ilegítima imposición colonial que separaba a los pueblos pastunes, grupo étnico originario de las regiones montañosas del sur de Afganistán y el oeste de Pakistán. Este último sí que defendió ese trazado tras su independencia, en 1947.
Durante la Guerra Fría, la invasión soviética de Afganistán empujó a que Pakistán se convirtiera en el aliado predilecto de Estados Unidos y, con ayuda del dinero de Washington, canalizó armas y adoctrinamiento hacia los muyahidines que más adelanten darían forma al régimen talibán que tomó el poder en 1996.
El monstruo que habían ayudado a crear se volvió en su contra cuando Afganistán se convirtió en un refugio para los yihadistas militantes del Tehrik-i-Taliban (TTP), conocidos como los talibán de Pakistán, que llevan muchos años librando una campaña armada contra Islamabad con atentados por todo el territorio.
Una ley islámica más rígida
Este grupo militante, que busca implementar una ley islámica más rígida, ha intensificado sus ataques en territorio paquistaní después de que los talibán afganos regresaran al poder en 2021. Un informe elaborado por el Centro de Investigación y Estudios de Seguridad, con sede en Islamabad, apuntaba que las fuerzas de Seguridad paquistaníes sufrieron en 2024 el mayor número de bajas en casi una década mientras luchaban contra la insurgencia (527 miembros de las fuerzas de Seguridad paquistaníes y 489 civiles murieron en ataques). En un atentado el viernes perpetrado en una provincia fronteriza al noreste de Pakistán, reivindicado por el TTP, 23 personas murieron, entre ellas varios civiles.
Las tensiones entre ambos países han escalado estos años en múltiples ocasiones cada vez que el ejército paquistaní realizaba ataques aéreos dentro de Afganistán contra supuestos escondites del TTP. Islamabad también acusa a la Administración talibán de dar cobijo a militantes del TTP con el apoyo de India, su principal enemigo regional. Desde Nueva Delhi lo niegan.
Un funcionario de Seguridad paquistaní declaró hace unos días que el ataque aéreo sobre Kabul, que desató el actual enfrentamiento, tenía como objetivo al líder del TTP. Durante los enfrentamientos del sábado que estallaron a lo largo de la frontera, ambos ejércitos utilizaron artillería, tanques y armas ligeras y pesadas.
Los dos países se acusaron mutuamente de violar su soberanía con los ataques. Socios de ambas naciones, como Qatar, Arabia Saudí e Irán, han pedido que se priorice el diálogo y la diplomacia para mantener la estabilidad en la región.
"Afganistán está jugando un juego de fuego y sangre", dijo Mohsin Naqvi, ministro del Interior de Pakistán. Las autoridades afganas afirmaron que su "operación de represalia" concluyó en la madrugada del sábado al domingo. "Si la parte paquistaní viola nuevamente la soberanía de Afganistán, nuestras fuerzas armadas defenderán la Línea Durand del país y responderán de manera contundente", dijeron.
Esta última escalada ha coincidido con un histórico viaje oficial a la India protagonizado por el ministro de Asuntos Exteriores de Afganistán, Amir Khan Muttaqi, el primero desde el regreso de los talibán al poder. El Gobierno de Delhi dijo que reabriría la embajada en Kabul, que fue cerrada hace cuatro años. El pasado mayo, los ejércitos de India y Pakistán, dos potencias nucleares, se enfrentaron en un intercambio de bombardeos en varias regiones fronterizas.

