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La imagen inolvidable del fin de la guerra de Bosnia es la de los líderes mundiales de mediados de los 90 sin quitar ojo a los presidentes de Serbia, Slobodan Milosevic, Franjo Tudjman, de Croacia, y Alija Izetbegovic, de Bosnia y Herzegovina, mientras firman la paz de una contienda sangrienta en el corazón de Europa, que acabó con la vida de unas 110.000 personas, entre civiles y militares, y el desplazamiento forzoso de otros 2,2 millones, el mayor desde la Segunda Guerra Mundial.
Aquella ceremonia, celebrada el 10 de diciembre de 1995 en el Palacio del Elíseo de París, fue el fruto de otra firma, cuya foto se coló 19 días antes en la Historia. Fue el 21 de noviembre, en una lejana base estadounidense en Ohio, la de Dayton, vinculada a los hermanos Wright y al nacimiento de la aviación.
Bill Clinton, entonces presidente de EEUU, encargó al célebre diplomático Richard Holbrooke, en aquel momento subsecretario de Estado para Europa y Canadá, que hiciera lo que ni el Viejo Continente ni la ONU habían sido capaces: sentar a la mesa de negociaciones, aislados de presiones externas, a Milosevic, Tudjman e Izetbegovic durante tres semanas, forzando a los enemigos acérrimos a llegar a un acuerdo.
EEUU, como había hecho 50 y 77 años antes con las dos contiendas mundiales, arregló otra gran guerra en Europa. Algo similar a lo que el hoy inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, prometió conseguir en Ucrania en las primeras 24 horas de su segundo mandato, pero que no ha logrado casi un año después, a pesar de sus relaciones fluidas con Vladimir Putin. En su álbum de fotos ya está la instantánea de Sharm El-Sheikh del pasado 13 de octubre que consagró un débil alto el fuego en Gaza, pero la instantánea de Europa se le resiste.
Una Europa que, tres décadas después de Dayton, no siente ya la calma y seguridad que creía haber conseguido después de estas sangrías. Mientras la guerra en Ucrania se acerca ya a los cuatro años, la amenaza híbrida de Rusia sobrevuela al resto del continente cada vez con mayor fuerza. "Demuestra que la desintegración de los países comunistas y los conflictos sangrientos marcados por las luchas étnicas o por el nacionalismo no han acabado", explica Mira Milosevich, investigadora del Real Instituto Elcano y natural de Belgrado. "Creo que los conflictos tras el fin de la Unión Soviética simplemente se habían pospuesto", destaca esta experta.
Menciona los ciberataques, los drones rusos que sobrevuelan los suelos europeos y los sabotajes, como el ocurrido el pasado lunes en la línea de tren en Polonia que se destina al envío de ayuda a Ucrania y del que las autoridades del país culpan a Moscú. "Sin duda esta guerra se percibe como una amenaza mucho mayor a la estabilidad de Europa y de la Unión Europea que lo fueron las guerras de los Balcanes", añade Milosevich, que recuerda, eso sí, aquella frase de Churchill que decía que "los Balcanes producen más historia de la que pueden digerir".

"Tenía 10 años cuando mi madre, mi hermano y yo volvimos a Bosnia como refugiados... Recuerdo el silencio en el coche"
Javier Antón, coordinador del Grado de Ciencia Política en la Universidad de Burgos, dibuja un panorama en el que 1995 tiene poco que ver con este 2025 en lo que a geopolítica se refiere. Entonces, tras la Guerra Fría, EEUU era la única potencia y "podía imponer un cese de las hostilidades en conflictos como el bosnio", aunque "se consiguió la paz, pero no se resolvió la problemática existente".
"En la actualidad, vivimos en mundo multipolar y en Europa tenemos un conflicto interestatal que afecta a toda la arquitectura de seguridad de la Unión Europea, ya que Ucrania es un país con frontera con nuestros socios Europeos y Rusia es una potencia militar. El proyecto de pacificación de Ucrania todavía está en el aire. Dayton puede servir como lección y guía de errores que no conviene repetir, ya que la paz debe solucionar el conflicto y no frenarlo cronificando un problema de seguridad e inestabilidad", analiza Antón.
Los Acuerdos de Dayton detuvieron la penúltima guerra de los Balcanes -aún quedaría la de Kosovo, con la que la OTAN terminó en 1999, bajo el mando de EEUU, con los bombardeos sobre Belgrado-. Sirvió para que Serbia, Croacia y Bosnia y Herzegovina se reconocieran como estados soberanos y fijó el futuro del último, que celebraba por primera vez su independencia, dividida en las líneas que había dejado el frente de guerra: dos entidades, la Federación de Bosnia y Herzegovina y la República Srpska, ambas con Sarajevo como capital, y tres pueblos, los bosníacos (antes conocidos como bosniomusulmanes), los serbobosnios y los bosniocroatas.
La división política interétnica se oficializó en la Constitución, se fijó el número de representantes de cada pueblo, complicó sus instituciones hasta unos límites que hoy hacen casi imposible su deseo de adherirse a la UE y marca a fuego al pequeño país, de poco más de tres millones de habitantes. Como muestra significativa, todavía la máxima autoridad de Bosnia y Herzegovina es un representante internacional, en la actualidad el alemán Christian Schmidt, lo que le convierte en una especie de protectorado.
"Estos representantes jamás han generado consenso por la imposibilidad de contentar a todas las partes", señala el escritor y traductor gironés, "balcanófilo empedernido", Marc Casals, que vive desde hace 20 años en aquella región. "Muchas veces han pecado o de inacción o de medidas que beneficiaban claramente a un colectivo en detrimento de otros", asegura.
Para José Ángel Ruiz Jiménez, director del Instituto Universitario de la Paz y los Conflictos, "si bien en su momento los Acuerdos de Paz fueron bienvenidos porque acabaron con la guerra más mediática de los 90, a largo plazo han supuesto varias disfuncionalidades". Apunta que sus instituciones "no se han podido adaptar a las nuevas realidades distintas al escenario de posguerra".
Este profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada, que asesora a los alumnos que quieren hacer el Erasmus en los Balcanes, destaca que con Dayton se perpetuó esa división entre etnias que hace que los partidos basen sus programas en la identidad nacional, con más funcionarios de los que tenía la antigua Yugoslavia y con territorios "que viven de espaldas entre sí". Explica cómo "en la República Srpska nadie se siente bosnio sino intensamente serbio y desean, por abrumadora mayoría, la independencia o la unión con Serbia". Para él, "Dayton fue muy importante y un éxito para EEUU, después del fracaso diplomático de la ONU y de la UE, porque dejaron de matarse, pero les condenó a una estructura de estado insostenible y a un país artificial en perpetua posguerra".
"Bosnia es a nivel de territorios y estructural prácticamente una foto fija del final de la guerra", añade Casals, que vivió 10 años allí y mantiene un vínculo fuerte con el país. Traduce a sus autores, como el Nobel Ivo Andric, al español. "La población sí ha cambiado por la emigración masiva y la desmoralización de buena parte de los que se han quedado". Bosnia tiene una de las tasas de emigración per cápita más altas del mundo, especialmente entre los más jóvenes.
Su radiografía del país revela que "todo lo que se estanca se va pudriendo poco a poco, y es lo que le ha ido pasando a Bosnia. Desde 2005 no parece que el país vaya ni para adelante ni para atrás del todo, y las condiciones van empeorando". Para él, "aunque ha habido cambios políticos en los últimos tiempos como la formación de un Gobierno no estrictamente nacionalista en la Federación, una de las dos entidades que la conforman, y la destitución del presidente de la República Srpska, Milorad Dodik, las estructuras establecidas desde hace años siguen ahogando al país y, al menos de momento, no se ha producido ningún cambio de paradigma".
Eso sí, hace 30 años, aquella foto de París, la de Felipe González, Bill Clinton, Jacques Chirac, Helmut Kohl, John Major y Viktor Chernomyrdin vigilando cómo firmaban Milosevic, Tudjman e Izetbegovic acalló las armas y trajo la paz tan deseada, aunque supusiese una paz imperfecta.





